domingo, 16 de octubre de 2011

Aprendiendo a ayudar

Una de las experiencias más extrañas que voy teniendo en la vida es ir constatando que a las personas que más ayudas son también las que más problemas te causan y hasta, en ocasiones, se vuelven tus enemigos y tratan de dañarte. Lo que al principio es un favor, luego se vuelve una obligación; que si no sigues ayudando te puede causar las peores consecuencias.

Al que ayudas con ganas y ánimo no responde con la misma actitud, sino que -a veces- tiene actitudes totalmente contrarias a las que esperas y que explican por qué les estaba yendo mal antes de tu intervención. Si le invitas a trabajar contigo y no hace bien las cosas; entonces le pides que se vaya, ahí inventa lo que sea para demandarte y hacerte pagar con creces tu buena intención de ayudarlo. No te extrañes que pronto olvide que le ayudaste, que cuando se sienta fuerte se haga tu mal competidor y busque dañarte y acabarte. No se te haga raro  que tu ayuda sea criticada y hasta ridiculizada por el exigente “necesitado” que no acepta cualquier ayuda.

 El Padre García-Herreros con su ironía -propia de la escuela francesa a la que pertenecemos- decía: - Qué extraño que este me ataque tanto; sino le he hecho ningún favor.

 Y Los Diomedes –el papá y el Dionisio- Gritan en La Gran Verdad: “Hubo una vez que yo tuve un gran amigo, y sin pedirle nada a cambio lo ayude, y tengo a Dios de mi lado y de testigo, que yo quería en futuro verlo bien…ahora el quiere verme hundido porque ya se le olvidó, y no se acuerda ni un poquitico, que el lo sacó adelante fui yo…”
 
Parece que es una dinámica de vida: aquellos a los que ayudamos, terminan siendo nuestros enemigos o atacándonos y haciéndonos infelices. ¿Qué hacer? Esa es la pregunta. Varias respuestas.

 

Podríamos decidir ser los peores seres humanos y no ayudar a nadie. Es decir, para no tener enemigos cercanos, no ayudemos a ninguno. Simplemente hacer lo que nos toque bien y punto. Pero esa no es una actitud sana. No puedes ser igual al que se comporta mal. Tú eres, y quieres, ser distinto, mejor y ser de bien. Creo que debemos seguir ayudando, siendo consciente de las posibles consecuencias, haciéndolo de manera inteligente y sana. Sin violentar límites y sin esperar más de lo que realmente la gente puede dar. Ayudar con desinterés, con amor e intensamente. Analizar y tratar de entender por qué le está yendo tan mal; esto nunca es gratis y siempre hay algunas razones en la manera de ser de esta persona. Seguro hay más variables que influyen en este resultado, aunque nos cueste aceptar que le esté yendo mal, a pesar de ser el mejor de los trabajadores, la mejor de la persona, el más aplicado. Hay algo que no funciona, eso es cierto. Hay que sospechar de esos malos resultados, de lo contrario podrás comprobar con muchas preocupaciones y dolores que era así. Lo que más me anima a hacer el bien y tender la mano al necesitado es que el Dueño del Apartamento Azul sabe bien qué hay en nuestros corazones y qué quisimos hacer.  Decidimos seguir ayudando a pesar de lo que nos vendrá de vueltas, pero sabiéndolo hacer.
También es importante reflexionar cómo somos nosotros mismos. No podemos quedarnos en la lógica de mirar siempre y sólo a los demás. ¿Cómo eres tú?  ¿Eres agradecido, leal y sabes responder adecuadamente ante la ayuda de los otros? ¿Cómo te comportas ante aquel que estás ayudando? Muchas veces somos quienes ocasionamos que los otros actúen mal, cuando en vez de ayudar lo que hacemos es humillar y hacerles sentir que somos superiores. Eso hay que analizarlo y tratar de ver. Estoy seguro de que nada justifica el comportarse de manera desagradecida y desleal; pero hay que revisar bien cómo actuamos frente a los otros.
 

Lo cierto es que tenemos que trabajar más en torno al valor y la virtud del “agradecimiento”. Tenemos que ser agradecidos y enseñar a otros a serlo. Sin esa actitud de agradecimiento no hay verdadera humanidad. Creo que lo que más me hace humano es poderle decir al otro Gracias, y decirselo con la vida y cada uno de mis actos. La lealtad al que nos ayuda debe ser eterna. No digo sometimiento, ni lambonería digo lealtad verdadera, de ojos abiertos y palabra clara pero corazón agradecido.

domingo, 9 de octubre de 2011

MIS AMIGOS LOS ENEMIGOS

Nos enseñaron a odiar a nuestros enemigos; pero Jesús nos invita a amarlos. A veces, meditando esta enseñanza de El Maestro, me pregunto cómo lograr amarlos, y la única manera es encontrar el bien que me hacen. ¿Me hacen algún bien mis enemigos? Sí. Creo que sí.

Cuando alguien es tu enemigo está atento a encontrar tus errores, tus fallos, es un buscador de tus defectos para decirlos y seguro que no de la mejor manera. Pero los dice y así te enfrenta a tu propia verdad, te ayuda a ver y te da templanza.

Ese es un gran bien que te hace. Pues la mejor manera de crecer, de madurar, es asumirse con total claridad y verdad. Quien nos ataca, también provoca reflexiones, análisis, nuevos trabajos existenciales, es decir, nos da la oportunidad de elaborar caminos de crecimiento. ¿Cómo no amar a quien nos hace crecer? Se trata de mirarlo de otra forma, de aprender a pensarlos de una manera distinta. Esto implica que seamos amplios y libres al acercarnos a su realidad.

Esto no supone que, ante los ataques, no podamos defendernos digna y asertivamente. Ni tampoco que seamos estoicos en asumir dolores que podemos evitar; mucho menos pretender que otros comprendan lo que, en definitiva, no les interesa comprender. De lo que se trata es de evaluar si la mirada del ‘enemigo’ es correcta, cierta, y está mostrando algo en lo que debo trabajar.

Para ello habría que desapegarnos de cualquier orgullo malsano y darnos cuenta de que nada que lo que se me diga me hace menos de lo que soy; es decir, debo aprender a hacerme responsable de mis emociones.

Yo las decido y no ninguna palabra pronunciada por otro, ni un acto de quien me quiera destruir. Soy y punto. Ni bueno, ni malo, simplemente soy. Que el otro me vea mal, no significa que lo sea; que aquel me vea bien, tampoco significa que lo sea. Tengo que aprender a ser libre a esos comentarios; tanto de ataques, como de adulaciones.

Los comentarios dicen más de quienes los hacen que de mí; expresan más debilidades, envidias e inseguridades de sus creadores, que algo realmente mío. Entonces no vale la pena engancharme, ni desgastarme, en ellos; es mejor dejarlos pasar. Y cuando dicen una verdad, los aprovecho para crecer y ser mejor. No porque lo diga él o ella, éste o aquel, sino porque dice una verdad y me reta a mejorar.

Le tengo que quitar al otro el poder de dañarme. Que haga lo que quiera; pero no dejo que me dañe. Que me quite cosas, que me quite espacios, que me eche de sitios míos, que me maldiga… pero no le permito que me dañe. Eso lo decido yo. Y no le doy ese poder a ninguno.

Sus acciones, hasta eliminarme, las hará sabiendo que en mis labios habrá una sonrisa y no en mis ojos una mirada de odio o de dolor. Por momentos imagino la escena los verdugos de Jesús escuchando decir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”… e imagino su desconcierto; porque definitivamente no hay nada más extraño para el “malo”, que no poder dañar al bueno, y más que éste le devuelva con misericordia su acción.

A veces aprendo más de un enemigo que desnuda mis debilidades, que de cien amigos y sus comentarios salameros que me disfrazan en mis incapacidades. Tengo que ser capaz de enfrentar lo que soy. Asumirlo y vivirlo con libertad y responsabilidad. Nuestra tarea es ser, cada vez, mejor seres humanos; gente sana interiormente, que sabe relacionarse con los demás y que deja espacios para que todos puedan crecer y ser.

Cuando soy capaz de comprender esto, no le tengo miedo al ridículo, ni a no ser tan bueno como los otros, ni a no recibir elogios. Entiendo que me basta con ser y amarme de verdad, sólo así podré dejar ser a los otros y amarlos en verdad. Es hora de que comprendas por qué tienes que amar a tu enemigo. Estoy seguro de que hacerlo te hará mejor ser humano.

domingo, 2 de octubre de 2011

Los problemas y su bendición

He oído en repetidas ocasiones que los problemas son lecciones que debemos aprender, detrás de cada dificultad hay bendiciones y debemos darle gracias a la vida porque nos permite enfrentar vientos en contra y nos posibilita pelear batallas duras, difíciles. Recuerdo que un amigo al oír una de estas expresiones gritó: ¡Entonces estoy haciendo un doctorado en eso, porque que pocotón de problemas los que tengo por estos días!

Creo que aprendemos mucho de estas situaciones que nos hacen sufrir; de esas que nos duelen y no quisiéramos tener. También me parece que tendríamos que trabajar más en el cómo hacer que esas experiencias duras, difíciles, se vuelvan trampolín para llegar a estadios mejores de nuestra vida. Hoy quisiera reflexionar eso con ustedes:
1. Reconocer las dificultades y los problemas que tenemos, pues nada hacemos negando la realidad y tratando de huir de ella. Si tenemos una situación dura, lo primero que debemos hacer es aceptarla. Tomar conciencia de qué es realmente, cómo se produjo, qué actores están presentes y por qué, cómo puedo solucionarla. No culpes a nadie. Encontrar culpables no soluciona los problemas; a veces lo que hace es agravarlos. Es bueno ver quiénes son los responsables, para ver qué se puede hacer; pero de nada sirve vivir señalando con el dedo índice a los otros hermanos con los que compartimos la vida.

2. Es necesario ser valientes. No podemos desesperarnos, ni angustiarnos, frente al problema; sino debemos decirnos: ¡soy capaz de solucionarlo! Siempre hay una solución. Hay que desterrar el negativismo de nuestra manera de pensar. Hay que hacerse sordo a todos esos comentarios de los “dificilitadores” que tratarán de desanimarte y decirte que te des por vencido.

3. Es bueno pensar en batallas anteriores que he dado y en las que he salido victorioso. Es fundamental que estos recuerdos los tengamos vivos y nos sirvan de inspiración para creer que somos capaces de vencer. ¿Si en el ayer pudiste resolver el conflicto porque ahora no vas a poder? Ten la certeza que ahora estás más -y mejor- preparado que en el ayer; luego hay más posibilidades de poder resolver el tema.

4. Hay que analizar con cuidado, con detenimiento, de qué se trata. Si no comprendes el problema no lo vas a solucionar. Recuerda que muchas veces las cosas no son lo que parecen, ni el problema está en lo que aparece más evidente. Hay que discernir con mucha inteligencia para descubrir la dinámica de la situación y ver, realmente, cómo se puede solucionar.

5. Revisa qué cualidades se te exigen tener para solucionar ese problema y salir vencedor. Mejor ¿Con qué cualidades de tu ser puedes vencer esos problemas? Estoy seguro de que aquí puede estar la bendición, la lección que la vida quiere darte y que vas a aprender. Cuando nos dedicamos a solucionar la situación que tenemos vamos desarrollando esa cualidad, esa virtud que nos hacía falta.

6. La espiritualidad es fundamental. Dios es el centro de la vida, y es el que pronuncia Palabras de vida eterna, el que sana con su Palabra. Necesitamos tener una relación íntima e intensa son Él, necesitamos amarlo y dejar que su presencia, su poder, su Espíritu, nos guíe y nos haga crecer. Cuando llegan los dolores, Él nos consuela. Cuando llegan las derrotas, Él está a nuestro lado para levantarnos. Cuando estamos a oscuras, Él es la luz que se enciende y nos orienta. Pero sobre todo cuando estamos en relación con Él, sabemos que todo lo que nos sucede es para nuestro bien (Romanos 8,28-37)

Piensa que este problema que estás viviendo no es para tu destrucción; sino para que crezcas y seas mejor. Te invito a leer Isaías 43,1-7 y Habacuc 13,16-17

martes, 20 de septiembre de 2011

Nadie cambia a nadie

Una de las tendencias humanas más fuertes en las relaciones interpersonales es la de pretender producir cambios en las personas con las que interactuamos. Nos gusta pensar que podemos hacer que los otros sean de una manera distinta. Estoy pensando -por ejemplo- en las parejas que se dedican con todas las fuerzas de su corazón a tratar a cambiar aquel con quien viven. Para ello usan manipulaciones emocionales, económicas y toda clase de artimañas para que el otro sea como ellos quieren que sea. Porque es uno de los puntos más “arbitrarios” de la humanidad, este deseo de cambiar al otro que cambie según lo que yo necesito, quiero y pienso que debe ser.

1. Nadie cambia a nadie. Esto hay que tenerlo bien claro. Ningún ser humano cambia realmente por la presión de fuera. Si logra cambiar, lo hace porque ha tomado consciencia del error en el que se encuentra y lo dañino que es para los demás y para sí mismo, así decide interiormente cambiar y hacer las cosas de otra forma. Es una decisión personal e íntima. Esto lo entienden bien quienes han vivido con adictos y han hecho hasta lo imposible para que deje la sustancia que los está destruyendo, pero no lo han conseguido, pues sólo se dará ese ruptura cuando el adicto tome conciencia y decida por sí mismo cambiar.

2. Nadie cambia solo: Esta es la otra cara de la moneda. Ninguno puede decir que va a cambiar aislado de todos los demás. Esto es imposible. Siempre se necesita ayuda de aquellos con los que convivimos y de los que están preparados idóneamente para ayudarme. Por eso, es importante escuchar, analizar y tratar de comprender bien lo que los otros me dicen, porque es importante para cualquier decisión de ser y de actuar de manera distinta.

3. El amor y la aceptación es la mejor manera de ayudar a cambiar: Mientras tengamos que defendernos de los ataques de alguien, nos sintamos presionados u obligados a ser distintos a como somos, es muy probable que no cambiemos. Por inercia humana –válganme el concepto- no queremos dejarnos imponer nada de nadie. Cuando nos sentimos amados, aceptados y valorados, seguro somos capaces de comprender y aceptar lo que se nos está pidiendo e intentamos hacer lo mejor para actuar y hablar de forma distinta. Quien me ama, me ayuda a cambiar sin obligarme, amenazarme, ni manipularme. Cuando me siento amado, cualquier proceso de cambio es posible.

4. Hay cosas que no se pueden cambiar: También debemos saber lo que estamos pidiendo al otro que cambie, porque hay realidades humanas que definen la personalidad, que son estructurales y que no se pueden cambiar. Hay otras que forman parte de la dinámica de la personalidad y seguro que pueden ser distintas. En algunos casos es mejor tomar distancia de alguien que intentar cambiar lo que es imposible que cambie, porque eso lo define y lo hace ser quien es. .

5. Dios ayuda pero no lo hace solo: Sé que para algunos es fácil decir: Dios me cambia. Seguro que Dios tiene poder para cambiar a quien quiera pero ¡ojo! Recordemos que en la historia de salvación hay una clara opción de Dios por respetar la libertad de los hombres, por no obligarlos a nada sino por dejarlos ser. Pues entonces, para que Dios te ayude a cambiar, tienes que dejarlo actuar, tienes que tomar la decisión de hacerlo y luchar por tu cambio. Si no es pura cometa elevada al viento, con apariencia de verdad teológica y nada más.

Tenemos que aprender a respetar y a amar a las otras personas tal cual son. Igual que tener claro que ese es el mejor camino para actuar con los demás. Antes de comprometernos con alguien -o hacernos socios- lo mejor que debemos hacer es conocerlos suficientemente –sé que a nadie conocemos totalmente, pero intentarlo al máximo- para así minimizar el margen de error.

martes, 13 de septiembre de 2011

Que te perdone... que te perdone...

Uno de los temas reiterativos en las relaciones humanas es el perdón. Todos hemos necesitados ser perdonados y hemos recibido la invitación a perdonar a alguien.

Hoy quisiera proponerles algunas reflexiones -desde mi experiencia espiritual- en torno al perdón desde estas preguntas: ¿Qué es el perdón? ¿Por qué perdonar? ¿Cuántas veces hacerlo? ¿Cómo perdonar?

¿Qué es perdonar? Muchas definiciones he leído en torno a esta experiencia humana, pero quisiera compartir con ustedes dos: primero, es la decisión por recuperar la paz perdida. No un sentimiento sino una acción de nuestra voluntad para volver a vivir en la armonía que alguna situación nos hubiese quitado.

En este orden de ideas todos podemos perdonar, porque todos tenemos la capacidad y la posibilidad de tomar esa decisión.

Segunda definición, que me gusta por la relación que se ha establecido desde siempre entre el olvido y el perdón, dice que “perdonar es recordar sin dolor”. Está claro que hay cosas que no vamos a olvidar -y es necesario que no hacerlo- pero no podemos sufrirlo cada vez que lo recordamos.

¿Por qué perdonar? Estoy seguro de que hay muchas razones para tomar esta decisión. Perdono porque es lo mejor que me puede pasar, pues soy el primer beneficiado de mi decisión. Perdono porque el resentimiento, como decía mi abuela, es un veneno que me tomo, para que se muera el otro. Perdono porque sé que todos necesitamos una nueva oportunidad. Perdono porque le creo al Señor Jesús y Él nos ha invitado a hacerlo como una manera de ser cada día mejores.

¿Cuántas veces perdonar? Desde la perspectiva que estamos reflexionando, creo que siempre hay que perdonar. Cuando Pedro le pregunta lo mismo a Jesús, el Maestro responde con la parábola del siervo sin entrañas (Mateo 18, 23-35), quien primero pide perdón al Rey de sus grandiosas deudas y éste se lo da; pero luego condena a su hermano por una deuda mucho menor.

Este pasaje tiene un sentido bien claro: “Debemos perdonar al hermano todas las veces que queramos que Dios nos perdone”. Es la dimensión social-fraterna de nuestra experiencia de fe. Nada hacemos con tener una buena relación con Dios; sino la tenemos con aquellos con los que vivimos. Es de “descarados” pedir perdón y ayuda a Dios, mientras no se la damos a los hermanos con los que vivimos. Esta es una esquizofrenia que no podemos vivir como cristianos.

¿Cómo perdonar? Pregunta compleja y respondida desde distintos ángulos. Te propongo lo que a mí me ha resultado:

1. Trato de comprender las razones que tiene la otra persona para haber actuado de esa manera. Sé que no justifica su proceder, pero me hace verlo de una manera distinta. No es un monstruo que quiere hacerme lo peor, sino es un “humano” que falla y que no atinó a hacer lo correcto.

2. Recuerdo lo importante que es para mi proyecto de mi vida estar en paz y seguir adelante en la vida.

3. Entiendo que si yo tuviera los mismos condicionantes y las mismas experiencias, seguro que hubiera actuado de la misma manera.

4. Oro por esa persona. Pido a Dios lo mejor, que le vaya súper bien y que pueda estar bien para que no tenga más necesidad de hacerle daño a nadie.

5. Y, claro, tomar la decisión de hacerlo, a pesar de todas las emociones que tengo en este momento.

Por último vuelvo sobre una distinción, que he hecho muchas veces y que causa algunas discusiones en los espacios espirituales: es que en el ámbito humano perdonar no siempre es reconciliarse. Muchas veces te perdono; pero tengo que distanciarme de ti. Otras veces sí puedo perdonarte y seguir contigo. En el ámbito de la relación con Dios sí es lo mismo. Siempre que nos perdona nos reconcilia consigo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

AMORES HUMANOS

Me impresiona la cantidad de matrimonios que se acaban. No tengo estadísticas pero sé que muchos que acompañé al altar, como testigo excepcional de su matrimonio, han decidido que cada uno siga con su proyecto personal de vida de forma individual y distanciado del otro.

Entiendo que esa pueda ser una decisión consciente e inteligente y por ello respeto a todos los que la han tomado. Sin embargo todas estas experiencias me genera una duda ¿Es el amor eterno? ¿Se acaba el amor? ¿Es normal que los que antes morían el uno por el otro se dejen de amar? ¿Pueden los humanos caracterizados por ser efímeros y pasajeros tener experiencias eternas? (No quiero revisar el tema desde la experiencia teológica, ya que estoy seguro que el amor de Dios es eterno. Quisiera que nuestra reflexión fuera antropológica); lo cierto es que me impresiona mucho encontrarme con la dura afirmación –¡Ya no la amo! ¡Lo que sentía por el ya no lo siento! Pero si yo los vi parpadear emocionados manifestando el consentimiento matrimonial y jurando amor para siempre, ¿qué pasó? ¿en qué momentos se agotó esa fuerza que los hacía hacer hasta lo imposible por estar juntos y tenerse el uno al otro? Cómo algún día ya compartí con ustedes en estas reflexiones a veces lo que creo no es que el amor se muere sino que lo matan, esto es, que después de vivir el momento excepcional de encontrarse y descubrir que se aman se dedican con desgano, rutina, pocas expresiones, manipulaciones, heridas, etc, a matar el amor. Hasta que este muere de verdad.

Es como si Joaquín Sabina tuviera razón: “Yo no quiero un amor civilizado/con recibos y escena del sofá;/yo no quiero que viajes al pasado/y vuelvas del mercado/con ganas de llorar. Y morirme contigo si te matas/y matarme contigo si te mueres/ porque el amor cuando no muere mata/ porque amores que matan nunca mueren…”

También veo parejas que se mantienen unidas a pesar de todas las dificultades y los problemas existenciales que han tenido y me encuentro con las siguientes constantes:

1. Han entendido que la felicidad es una actitud ante la vida, una manera de vivir y no la satisfacción repetitiva y contante de los deseos. Han sido capaces de ser felices a pesar de los momentos de dolor, tristeza y de los conflictos que han tenido.

2. Se han aceptado tal cual son. Han comprendido que nadie es perfecto y que amar a alguien es comprender que está lleno de defectos pero que tiene unas cualidades que lo hacen incomparable.

3. Tienen buena comunicación. Saben dialogar, compartir sus sentimientos. En términos prácticos saben escuchar y saben hablar. No dejan que los gritos, las ofensas y los silencios sean las características de su relación.

4. Tienen una creativa y madura relación sexual. Han comprendido las intensidades que la sexualidad tiene según a etapa cronológica de la vida en la que se encuentran. Son tiernos, afectuosos, apasionados y creativos a la hora de expresarse todo lo que sienten el uno por el otro.

5. Han comprendido que la relación de pareja es el eje de la familia, y que todas las otras relaciones familiares deben estar en un segundo plano frente a esta. No se les olvida que antes que padres son pareja y amantes.

6. Han sabido perdonarse. Una y otra vez han abierto el corazón, y se han valido del amor, para perdonar las ofensas, las heridas que el otro le ha hecho, descubriendo la honestidad de su pareja que arrepentida pide una nueva oportunidad.

7. Se esfuerzan por hacer feliz al otro. Tienen claro que la mejor manera de seguir juntos es que cada uno se esfuerce porque el otro sea feliz. Sabiendo que el que da recibe. El amor necesita compromiso y esfuerzo para mantenerse vivo.

8. Tienen proyectos juntos. Sueñan y trabajan juntos por realizar muchos planes que han elaborado.

9. Son compasivos el uno con el otro. No quieren dañarse sino ayudarse.

10. La experiencia espiritual. Saben trascender ir más allá de lo relativo en búsqueda del absoluto.

Estas experiencias me hacen creer que si se puede amar para siempre. Que los amores no mueren. Y que quienes se dedican a amar son capaces de amar para siempre a la misma persona.

martes, 30 de agosto de 2011

Tomar decisiones con Dios

Quien ha descubierto a Jesucristo como el Señor de su vida, sabe que ninguna decisión puede hacerse si no es de cara a Él. Esto es, quien ha descubierto la presencia salvadora de Jesucristo y comprendido la revelación del Padre que nos ha hecho y ha recibido el Don del Espíritu Santo ninguna decisión se puede tomar a espaldas de Él. Por eso lo primero es entrar en un proceso de oración, de diálogo, de captación de su voluntad en nuestra vida.

Dice San Juan Eudes, el fundador de mi comunidad: “La tierra que nos sostiene, el aire que respiramos, el pan que nos alimenta, el corazón que palpita en nuestro pecho, no son tan necesarios para la vida humana como la oración para llevar una vida cristiana… La oración es una elevación respetuosa y amorosa de nuestro espíritu y nuestro corazón a Dios. Es dulce diálogo, santa comunicación, divina conversación del cristiano con su Dios”. Si es de cara a Dios cómo el hombre puede conocerse y puede conocer cómo hacer su futuro. Es en un continuo diálogo con Dios en el que se descubre el misterio del corazón del hombre.

Para Juan Eudes está claro que la finalidad del hombre es conocer y amar a Dios y eso sólo lo puede lograr en la oración. Hay que tener presente que la felicidad no está en hacer cosas sino en seguir a Jesús. Para ello revisemos la escena del Joven Rico: “Al salir él, Jesús, para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios. Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces Jesús, mirándolo, le amó y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Cuán difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el Reino de Dios”. (Marcos 10,17s).

Sino nos damos cuenta la pregunta del joven rico es ¿qué hacer para ganar la vida eterna? Está preguntado por qué cosas tienen que hacer para ganar la vida eterna. Como muchos está convencido que la felicidad está en la Hacer. Pero ha hecho todo lo que manda la ley y aún así no es feliz, porque la ley, el hacer no da felicidad. Lo que da felicidad es la relación con Jesús, es colocar a Jesús en el primer lugar del corazón y actuar desde Él.

Por eso la invitación de Jesús a seguirlo. Ir tras de Jesús es lo que hace feliz al hombre. Es por esto que lo primero que un hombre que está haciendo un discernimiento sobre su vida, quien esté frente a una decisión fundamental de la vida y se pregunte cuál es el camino correcto, lo que debe hacer es hablar con Dios. Orar. Ponerse en contacto con el Dueño de la vida y preguntarle como lo hizo Pablo: ¿qué debo hacer Señor? (Hechos 22,10).

En este sentido la oración no es decirle al Señor lo que se siente y se piensa sino que es escucharlo. Afinar el oído y tener despierto el corazón para captar lo que me está diciendo. No hay manifestaciones mágicas, ni voces de ultratumba; sino la capacidad de percibir qué dice para mí, porque de alguna manera mi vocación no es algo que me invento sino algo que encuentro desde mi Dios.