domingo, 2 de septiembre de 2012

El derecho a cambiar de opinión

Siempre ha sido muy interesante conversar con mi papá sobre política. Él es un tipo lúcido, muy inteligente, con muy buen humor además, que siempre en las reuniones familiares le pone la alegría y las bromas a las conversaciones. Uno de mis tíos tiene siempre el pesimismo alborotado, no le gusta nada, siempre cree que las cosas van de mal en peor, y que en unos años todos vamos a estar por debajo de cómo estamos ahora en todo sentido. Siempre discuten, pero tranquilamente, siempre exponen sus puntos de vista y cada uno va argumentando los domingos por la tarde y se les pasan las horas comentando todos los sucesos de la vida nacional. Mi padre siempre ha sido muy prudente con las palabras, es algo que admiro profundamente de él. Sabe qué cosas decir y cómo decirlas, y sabe qué cosas callar y por qué hacerlo. En una de esas conversaciones hablaban todos y mi papá dijo algo que a mi tío no le gustó mucho, y especialmente no le gustó porque decía mi tío que hace 10 años mi papá pensaba completamente lo contrario. Entonces mi papá le dijo: “bueno, ¿qué tal que uno no pudiera cambiar de opinión? Aún estaría pensando como cuando tenía 15 años, y no, eso no.” Me pareció genial, me pareció una respuesta brillante que muestra no sólo lo que logran los años en la vida de las personas, que les dan perspectiva, y carácter y horizontes de pensamiento, y por eso es tan importante que muchos de ustedes pierdan el afán de tomar ciertas decisiones definitivas tan pronto, porque cuando vengan los años y la vida les de algunas vueltas alrededor del sol, van a tener otros elementos para juzgar y tomar decisiones, elementos que ahora ni siquiera conocen. Pero además, la respuesta me gustó porque me recordó a uno de mis profesores de filosofía, que nos decía: “algo que no se le puede negar a nadie, es el derecho a cambiar de opinión”. Y es grandioso entender, aceptar y lograr vivir eso en nuestra vida. No siempre vas a pensar como piensas hoy, no sólo porque naturalmente llegarán nuevas ideas y nuevos conceptos que van a nutrir tu forma de leer la vida y de interpretarla, sino además porque no tienes que pensar igual siempre. A veces pensamos que la autenticidad es una especie de pacto de fidelidad a muerte con las cosas que hemos pensado y creído alguna vez. Y me parece a mí que es un poco negarse a evolucionar, a darle permiso a la cabeza de entender las cosas nuevamente, de una manera distinta. Atreverse a pensar distinto no implica solamente que hagas un esfuerzo por distanciarte de los mayores, de las personas que tienen un pensamiento tradicional o conservador sobre ciertas cosas, o que te resistas a darle la razón a los otros. Pensar distinto es también pensar diferente a como pensabas antes, y saber que tus ideas de hoy no son eternas. Además, aprender a reconocer el derecho que tienen los demás y que tienes tú mismo, a cambiar de opinión, es una manera increíble de ser mejores cuando nos damos cuenta que estábamos equivocados.

domingo, 19 de agosto de 2012

Ser Eudista, un reto, una bendición, un feliz manera de ser

Soy Eudista. Es decir, pertenezco a la “escuela de santidad” que fundó Juan Eudes en 1643 para servir a Jesucristo, el Señor, y a su Iglesia. Pertenezco a esta Congregación porque me dejé seducir por su propuesta de vida; porque me siento sintonizado por las intuiciones pastorales que la mueven; porque me gusta vivir en la libertad de los seres que se aceptan tal cual son y se ayudan a ser cada día mejores seres humanos; porque en ella me he sentido acogido, animado y respaldado para formar-evangelizar con pasión y teniendo a Jesucristo como el Centro de la vida. Tengo 19 años de haber firmado la Incorporación y de jurar ante Dios que quería vivir y morir siendo eudista. En este tiempo he vivido muchas experiencias gratificantes y he tenido muchos aprendizajes, ha sido un tiempo de bendición y crecimiento para mí. Conocí a los Eudistas en el Seminario Regional Juan XXIII, allí ellos eran formadores y con sus inteligentes propuestas académicas, su sólida y actual vida espiritual, sus estrategias pastorales conformes a los tiempos que vivimos, me impactaron. Nunca me invitaron a seguirlos, ni a estar en su Congregación; nunca permitieron que hablara con ellos de estos temas, pero su vida se hacía atractiva y me invitaba a pensar que esa podría ser la manera como yo pudiera seguir a Jesucristo en mi, deseado, presbiterado. No tenían necesidad de hacer pastoral vocacional entre nosotros; su vida era demasiado sugerente y a través de ella el Señor nos llamaba a pertencer a la petite comunitate. No me arrepiento de haber dicho que sí, ni de pedir el ingreso a la Congregación, realmente en ella he sido feliz. Mañana celebramos a Juan Eudes en la Iglesia Católica y por eso quisiera hablar de lo que busco ser como Eudista? 1. Ser un hombre totalmente cristo-céntrico. Quiero tener claro que el referente de mi vida es la vida de Jesús. No quiero vivir siguiendo otros criterios, quiero vivir jesusmente. Quiero amarlo con todas las ansias de mi corazón y tratar de mostrarlo en la libertad de mis actos, en la obediencia total al Padre Dios y en la aceptación incondicional de mis hermanos. Quiero tener como programa de vida la frase del santo francés: ¡Nada quiero, y lo quiero todo; Jesús es mi todo: fuera de él todo es nada; quítame todo, pero dame ese solo bien y todo lo tendré, aunque no tenga nada! Por eso sé que todo lo que uno puede tener es nada en comparación con Jesús, y que la única manera de tener bastante es ser generoso y darlo todo, hasta darse uno mismo como lo hizo el Señor en la Cruz. 2. Ser un hombre que vive con los pies en la tierra. Sé que no soy de este mundo. Que no le pertenezco al espíritu que lo guía. Pero vivo en él y no quiero vivir en la luna, ni aislado de sus realidades. No desprecio lo que se va generando en este mundo, ni me asustan las tecnologías, ni me escondo miedoso tras de viejas estructuras buscando ser protegido del dinámico cambio de hoy. Me siento invitado a dejar que la tecnología re-cree muchas dimensiones de mi vida y re-haga muchas de las categorías mentales con las que he vivido. En ellas está también la bendición de Dios y allí habría que gritar que Dios es el quien da sentido a la existencia. Quiero ser un hombre del siglo 21 y vivir mi experiencia de Dios sabiendo quién soy y para quién vivo. 3. Ser un hombre que vive en la Comunidad eclesial. No tengo pretensiones de vivir aislado y lejos de la comunidad. Sé que la experiencia de Dios nos lanza siempre hacia al otro en una continua pro-existencia. Entiendo que somos diferentes y que en la barca de la Iglesia cabemos todos y podemos todos ayudarnos a para que Jesús viva y reine en nosotros, sin pretender que la unidad sea uniformidad. No me siento mejor que nadie pero tampoco inferior a nadie y quiero servir, de verdad, y con todas las ganas que tengo en el corazón. Eso es lo que me define como eudista-caribe hoy, en este momento. Eso es lo que me mueve a estar en todos los espacios mediáticos posibles y en el diálogo permanente –con una crónica falta de tiempo- con los hermanos con los que comparto la existencia. Eso es ser Eudista, para mí hoy.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Decepción de decepciones…

Todos experimentamos -en algún momento de nuestra vida- frustraciones y tenemos que aprender a experimentarlas como fuentes de crecimiento personal. No podemos pretender que todo nos salga bien, ni creer que se puede lograr una vida sin tropiezos, ni dificultades. Todos tenemos problemas y ellos son excelentes maestros para ser mejores seres humanos. Hoy quisiera que reflexionáramos en torno a una de las fuentes de frustración más común y es la de sentirnos decepcionados por la actuación o no-actuación de alguien. No son pocas las veces en las que esperamos algo de alguien que éste no da o no realiza y terminamos sintiéndonos frustrados, decepcionados y muy tristes. La madurez humana pasa por la capacidad de comprender que las personas no están obligadas a pensar y actuar como nosotros esperamos. Cada uno es libre y dueño de su proceder, y sabe cuáles son las fuerzas interiores –valores- que lo impulsan a actuar y muy probablemente estos son diferentes a los nuestros. Comprender esto no es fácil; pero es lo que debemos hacer. En estos días alguien me decía: pero es que yo no hubiera actuado así. Claro, tú no habrías actuado así, pero eso no significa que esa otra persona este obligada a hacerlo. Cuando nos ponemos en esta situación somos capaces de frustrarnos menos y aceptar los comportamientos de los otros como lo que son: acciones que yo puedo juzgar mal o bien, que pueden ser correctas o no –según los criterios que se tengan- pero que no tienen porque afectarte interiormente. Se trata de aprender a no esperar nada de los otros, son nuestras expectativas las que nos llevan a esas frustraciones. A veces nuestras expectativas son absolutamente “locas”, porque esperamos lo que los otros no van a hacer. Y los demás no son responsables de esa frustración, sino nosotros mismos. Por eso siempre cuando estoy frente a un grupo o comenzando un proyecto, siempre digo lo que estoy dispuesto a dar, lo que puede esperar de mí, para que no termine esperando lo que no voy a dar, ni quiero dar. Que tenga claro qué estoy ofreciendo y con qué me estoy comprometiendo. Esto en las relaciones afectivas tienen que ser muy claro. Algunos a veces creen que el otro les está jurando amor eterno y así lo esperan, y resulta que el otro lo que está proponiendo es una relación efímera y basada en el placer. Luego vienen los dolores y las depresiones por estar esperando lo que nadie va a dar. Les propongo que tengamos claro estos elementos para evitar sufrir frustraciones y decepciones innecesarias: 1. Dejar claro a través de una comunicación asertiva qué estoy ofreciéndole a la otra persona, en todas las dimensiones. 2. Analizar si lo que estás esperando de la otra persona es real o es más fruto de tu imaginación o deseo. 3. Comprender que cada uno tiene derecho a expresar, hacer y construir su vida desde su singularidad y esa es totalmente diferente a la nuestra, no necesariamente mejor, ni peor. 4. No reclamar por lo que no es un derecho. Ni pretender que los otros den lo que para nosotros es una obligación; pero realmente no lo es. 5. Saber que siempre nos podemos levantar de una situación de frustración y que esta no es más que una de las tantas experiencias que nos hacen crecer y ser mejores seres humanos. Así evitaríamos muchos de los sufrimientos que tenemos y no tendríamos que decir como Mark Twain: “Soy un hombre viejo y he sufrido muchas y grandes desgracias, muchas de ellas nunca sucedieron.”

viernes, 27 de julio de 2012

De su odio sacamos bendiciones

Se acerca una fina señora de modales muy educados, de palabras musicales, de mirada aceituna y de actitud inquisidora, dogmática, expresando el deseo de mostrarse más que los otros. La llamaré para el caso “Josefa Matías”. Me hace muchas críticas por mis actuaciones evangelizadoras en los distintos medios en los que trabajo –la gran mayoría de ellas equivocadas y desconociendo los contextos en las que se dan sin entender las opciones existenciales que hay detrás; otras, con razón y posibilitándome aprendizajes que inmediatamente decido vivir-, la miro con tranquilidad, la escucho con atención y me acuerdo de Juan 15,18-21: “Si el mundo los odia, sepan que primero me odio a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que YO los elegí sacándolos del mundo por eso el mundo los odia. Recuerden lo que les dije: un siervo no es más que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán: si cumplieron mi palabra, también cumplirán la de ustedes”. Creo que en estas palabras de la segunda parte del evangelio de Juan –cuando Jesús inicia su regreso al Padre- nos permiten unas claves de actuación para vivir en medio de la hostilidad que el mundo –concepto importante en Juan: todo aquello que se opone al plan de Dios- ejerce sobre los discípulos de Jesucristo. Es obvio que la primer reacción que uno tiene frente a esas hostilidades es querer defenderse, atacar también y recordar lo que uno sabe del otro; pero hacerlo, de alguna manera, nos convierte en seres del “mundo” y nos iguala a aquellos que nos atacan. Por eso la invitación es aprender a permanecer unidos al Señor y hacer del amor la fuerza que nos motiva a vivir aún en medio de esas adversidades. El texto me permite por lo menos 3 claves de vida: 1. Contemplación del crucificado: Lo primero que debemos comprender es que no se trata de nada personal. No es un ataque de odio a nosotros por ser nosotros, ni es una manifestación de simple envidia; sino que se trata de la dinámica del “mundo”, de la forma cómo el mal se enfrenta a la propuesta existencial de Jesús. Hay que comprender que están criticando y atacando es la propuesta de vida de Jesús. Es a Él a quien han llevado a la cruz y a quien quieren seguir destruyendo. Por eso lo que se necesita es arrodillarse frente al crucificado y pedirle que nos dé la fuerza que se requiere para permanecer firmes en el amor y en la opción de vida que evita cualquier manifestación de violencia y de odio. 2. Tomar conciencia de que no somos del mundo: El mundo en su afán de homogeneizarnos a todos, desprecia y a ataca a todo lo que es diferente. Nos quiere configurados con su espíritu egoísta, violento e injusto. Debemos tener claro que no somos del mundo, que bajo ninguna circunstancia nos podemos comportar como él se comporta. Nosotros tenemos una estructura de pensamiento, un esquema de valoración y una manera de aprehender la realidad bien distinta a la que campea en el mundo. Es normal que los quieran insultar y atacar: “Bastante tiempo en el pasado han vivido como los paganos, practicando el libertinaje, vicios, borracheras, orgías, comilonas e intolerables idolatrías. Ahora, como ustedes ya no los acompañan en los excesos de su mala vida ellos los insultan” 1Pedro 4,3-4 3. Seguir hacia delante en el seguimiento del Señor: No podemos evitar que otros nos critiquen, nos ataquen, nos persigan; pero podemos impedir que nos anclen en un punto muerto y no podamos seguir creciendo en el Señor. Por eso es importante que cada uno sea capaz de no perder el tiempo en discusiones inútiles y algunas veces inocuas que lo único que hacen es retrasar tu proceso de seguir a Cristo. Tú eres discípulo suyo y quieres llegar a ser como Él, por eso sigues adelante. Lo importante es que tengas tus convicciones claras y definidas, que sepas porque actúas de esa manera y no de otra, que sepas dar razón de tu esperanza (1Pedro 3,15). Engancharse con esas personas que tanto critican te hacen perder el tiempo que necesitas para seguir configurando con Cristo, tu Señor. Le di las gracias por sus comentarios-críticas a Josefa Matías, le prometí orar por ella y me aleje de ese sitio pensando en Mateo 7,3-5; dándome cuenta de que hay algunos que sólo saben ver la pequeña pelusa del ojo ajeno, pero siguen sin ver la viga de su propio ojo. No la juzgué –hubiera podido, nunca faltan argumentos, ni palabras-, sino comprendí que ella forma parte de una mentalidad que desconoce al Señor y lo que quiere para nosotros. En ese momento pensé que lo mejor era mejor escribir esta nota, pues estoy seguro de que ustedes también tienen su “Josefa Matías”.

lunes, 18 de junio de 2012

Aprender a renunciar, aprender a ser feliz

Saben que el relato de Bartimeo (Marcos 10,42-56) me gusta mucho. De hecho lo he comentado aquí en varias oportunidades; pero quiero volver a compartir con ustedes un dato que me parece iluminador para este día: el ciego Bartimeo arroja su manto y da un salto y llega donde Jesús (50). Es un acto de renuncia y de liberación; pero a la vez de fe en Jesús, el Señor. El manto tiene un significado muy importante en el contexto bíblico: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás a la puesta del sol. Porque eso es su única cubierta; eso es su vestido para cubrir su cuerpo. ¿Con qué más ha de dormir? Cuando él clame a mí, yo le oiré; porque soy misericordioso. (Éxodo22, 25-26). Este hombre, ante la invitación de Jesús, deja todo lo que es valioso para él, sin embargo es aquello que, a la vez, le impide encontrarse con el Señor. Revisa su vida y se da cuenta de qué es lo que obstaculiza su encuentro con el Señor y se libera de eso. Creo que eso es lo que muchos tenemos que hacer para que el Señor sea el dueño de nuestra vida: aprender a renunciar y “a dejar ir”. Ese es uno de los caminos que conduce a la madurez y al verdadero encuentro con Cristo Jesús. Imagino a más de uno de los que me lee en este momento, diciendo que no es posible renunciar, que eso va en contra de la dinámica de la vida que exige siempre atesorar, codiciar; pero estoy seguro de que sólo quien pueda ser libre frente a todas las cosas podrá abrir el corazón de tal manera que Dios acontezca en su corazón con una acción liberadora y realizadora. Muchas veces somos incapaces de dejar aquello que nos está dañando y que nos impide ver la realidad desde el corazón de Dios. Y no lo dejamos por miedo, pues creemos que sin esa realidad o sin esa persona, no vamos a poder ser felices. Estamos tan acostumbrados a ello que no entendemos la vida sin eso. Se necesita libertad y decisión. Cuántos de los que me leen están sufriendo por una persona que les dijo que la relación había terminado, o porque perdieron “algo” que consideraban muy importante. A ellos debo decirles que es necesario tratar de comprender por qué se dan estas experiencias y abrirse a las nuevas posibilidades que la vida les trae. No podemos vivir esclavizados a lo que ya no es nuestro o simplemente nos está dañando. Hay que abrir la mente y ser capaces de mirar con esperanza la renuncia que estamos viviendo. Toda renuncia nos da siempre nuevas experiencias y posibilidades de realizarnos. Eso fue lo que hizo Bartimeo, no lloró por dejar el manto; sino que se abrió a la bendición que se hacía presente en Jesús. Eso lo sanó y lo hizo vivir de una manera nueva. Esa actitud le transformó la vida. Lo hizo pasar de ciego, mendigo y de ver pasar la vida sin caminar; a ser alguien que ve, que es dueño de sus decisiones y se vale por sí mismo siendo capaz de construir camino “tras de Jesús”. Esa es la fe, ser capaz de dejarlo todo para entregar el corazón a Dios. ¿Cuáles son las renuncias que tendrías que hacer tú? ¿Estás aceptando con inteligencia y sabiduría las pérdidas que has tenido en tu vida?

martes, 12 de junio de 2012

Humanas Relaciones

Las relaciones humanas son complejas, de eso estoy seguro. Y digo no son fáciles, tan fáciles como algunos creen; así como tampoco son imposibles de ser bien llevadas como creen otros. Hay que encontrar el justo equilibrio que las hace saludables, placenteras, deseables. Lo que puede ser algo delicioso y sano, algunas veces termina siendo una especie de infierno, tormentoso y horrible. Construimos relaciones complicadas cuando no queremos entendernos; cuando no buscamos comprender al otro, sino que el otro me comprenda a mí; que busque lo que yo busco y quiera lo que yo quiero, que le guste lo que me gusta y haga lo que creo que debe hacer. Cuando el otro no hace eso, no quiere ser títere de mi voluntad, entonces se complica todo. Y la libertad del otro se vuelve una desgracia; tanto que la descubro como un problema. Y la solución del problema, la más fácil, la que espero, es precisamente, que el otro haga eso que creo que debe hacer. Que me complazca. Y ahí se vuelve más problema el problema. Porque el otro está en todo su derecho de no hacer lo que yo quiero que haga. Es más, esto se vuelve más problema porque el otro tendrá la pretensión de que yo haga lo que él quiere. También de aquel lado me piden que sea lo que no soy Debemos buscar el equilibro, saber que los seres humanos no existimos para ser el ideal de nadie, que no tenemos que ser como otros quieren, ni otros serán lo que queramos. Las relaciones sanas se construyen a partir del reconocimiento de la ‘otredad’, de la inigualable singularidad del resto de las personas, que es tan válida y tan importante como mi propia singularidad, como mi originalidad es válida y pido respeto para ella, pues de igual forma tengo que procurar valorar y darle importancia a la de los otros. Cuando dejo de pretender que me complazcan, cuando espero que los otros sean como son y los acepto, entonces tengo menos problemas con ellos. Porque ya no estarán predispuestos a pelear contra quien consideran un invasor de su personalidad o un contricante que busca derrotarlos en la lucha por ser ellos. Si quieres mejorar tus relaciones, mejora tu percepción de los otros; especialmente mejora tu tendencia a imponer lo que crees que deben ser o hacer, vivir o sentir. Déjalos ser libres como esperas ser libre y verás la diferencia que hay entre la relación tormentosa que tienes ahora y la que podrás tener con ellos. Siempre vas a necesitar relacionarte con alguien, siempre tendrás que estar en sociedad, porque los seres humanos tenemos que vivir con otros, los necesitamos, entonces qué mejor forma que encontrar en el respeto y la valoración, una convivencia más sana, más incluyente, más amable. Seguro que también los demás responderán de la misma forma, aunque se tome su tiempo. Seguro que gradualmente verás los frutos de tu cambio de mentalidad; verás que puedes encontrar resistencias al principio, que otros crean que lo que haces es sospechoso, pero se convencerán cuando vean que no es flor de un día, sino una nueva forma de pensar y de actuar con respecto a ellos.

domingo, 3 de junio de 2012

Lo realmente importante

En la vida, no todo tiene la misma importancia. No es lo mismo una pelea de barrio, que una guerra mundial; no es lo mismo ganarse una rifa de un televisor, que una lotería de miles de millones de pesos. Así entonces, en la vida hay gente que es importante para nosotros y otra que no. No es que esté despreciando a nadie, aclaro, sino que quiero que entendamos que no todos tenemos la misma influencia en los otros, como así los otros no pueden tener la misma influencia en nosotros. Digo esto, porque veo que más de uno deja que su paz se pierda por cualquier cosa. Tengo un amigo que especialista en pelear y perder la paz cuando conduce; se la pasa insultándose y gritándose con cualquiera en la calle. Después termina amargado, protestando todo, tratando de cambiar el mundo a las patadas. Yo, en cambio, estoy convencido de que no debemos engancharnos en todas las disputas que la gente nos proponga. Tenemos que saber escoger el momento y las respuestas. Para ello hay que tener mucha capacidad de análisis y de conocimiento personal. Tenemos que tener control de nuestras emociones y sobre todo ubicar a cada persona en su lugar. A veces nos dejamos ofender por personas que realmente no tienen nada que ver con nosotros y que debiéramos mirar con cierta indiferencia. Insisto, no se trata de despreciar a nadie pero si tener presente que hay niveles de relación y que no todos están en el mismo lugar. Ahora, es importante tener claro que la mejor manera de responder a chismes o a comentarios es vivir honesta y rectamente. La vida es la mejor respuesta a muchos comentarios que cualquiera pueda hacer. Nosotros nos encargamos de hacer creíbles o inverosímiles las cosas que puedan llegar a decir acerca de quiénes somos y qué hacemos. Otra realidad es que no podemos vencer el mal con mal, cuando consideremos que alguien está usando métodos “bajos” tenemos que tener claridad que no los debemos usar nosotros, hay que cuidarnos de terminar siendo iguales a quienes criticamos por criticarnos. Sé que puedes estar pasando por una dificultad en tu vida. Puede que ahora lleguen los días difíciles, que no pasen las tormentas, que pareciera que la vida se confabula en tu contra. Sé que puedes estar amargado porque no salen las cosas como quisieras. Sé que puedes estar dolido porque alguien hizo algo que no esperabas, te sentiste herido, defraudado. Es posible que pases por una situación de enfermedad que está perturbando tu vida; sientes que te asfixias, que ya no puedes más, que es demasiado doloroso. O tal vez pasas por esas situaciones de ruptura, porque alguien que amabas ya no está, ya no forma parte de tu vida y debes adaptarte a una nueva normalidad que no deseas, que no quisieras vivir. Pues bien, en medio de esas situaciones humanas de las que está llena la vida, debes levantarte. Y reconocer que estas situaciones límite, que te estrellan contra la debilidad de tu vida y que generan dolor; también te muestran que hay algo más importante –de lo que no puedes olvidarte y pasar de largo- y es que tienes vida. Mientras vivas tendrás problemas, nadarás contra corriente, tendrás que asumir dolorosas circunstancias. Pero lo fundamental es la vida; y en esta vida la esperanza de que mañana tendrás una oportunidad diferente para construir esa realidad vital en la que quisieras estar. Pero mientras tanto, pon todo en orden y llénate de fuerza, de aguante y de una robusta esperanza.