viernes, 13 de noviembre de 2009

ENEMIGOS POR MI BIEN...

¿Qué hacer con la gente que no nos quiere y se comporta como nuestros enemigos? Así me pregunta la señora, con cara de tristeza y de angustia. Le respondo que debe comenzar por hacer realidad la petición que nos hace el evangelio de amar a nuestros enemigos (Mateo 5,43-48). Sí, en el evangelio se nos pide que en nuestro corazón no haya odio, ni rencor, ni ansias de venganza contra nadie, ni aún contra aquellos contra los que tendríamos razones para tener esos sentimientos. Es más, se nos pide orar por nuestros enemigos, y ¡Pilas! Estoy seguro de que esa oración que se nos pide por ellos es de bendición y prosperidad. No te imagino diciéndole a Dios Amor ¡elimínalos! No. Eso no cabe en la lógica de misericordia de Dios. Teniendo esta petición del Señor como presupuesto le propuse a la señora las siguientes reflexiones:

1. Hay gente que no nos quiere y tienen razón para no hacerlo, pues nosotros le hemos fallado o, simplemente, le hemos hecho daño –algunas veces sin darnos cuenta y otras veces con toda la intención- y están resentidas. A ellas debemos pedirles perdón y hacer un cambio de actitud que no nos permita dañarlos más. Tenemos que ser conscientes de quiénes somos y de qué hacemos, sabiendo comprender las reacciones de los demás ante nuestros comportamientos. Es obvio, que ninguna acción justifica una reacción violenta; pero también es claro que, algunas veces, nos hemos ganado -por nuestros comportamientos y actitudes- el no-cariño de los otros. La solución es pedir perdón. Ahora, si la otra persona no nos quiere perdonar está claro que no podemos hacer nada más. Recordemos que no podemos obligar a nadie a que nos perdone. Esta es una decisión personal. Por ello les invito a ser humildes en reconocer sus faltas y estar dispuestos a pedir perdón.
2. La gente que no nos quiere, con sus criticas y con sus ataques nos hace mucho bien. Por eso Maquiavelo decía que era necesario escoger bien a los enemigos. Cuando alguien te ataca, o te critica duro, muy seguramente te muestra flancos de tu vida que son débiles y que debes trabajar para fortalecerlos. Es decir, nadie te ataca por la parte más fuerte que tengas, ni te critica por lo bueno que eres y haces. Luego entonces, sus críticas te pueden servir para descubrir qué no estás haciendo bien o en qué te estás equivocando. Eso es una ganancia, ya que te hace conocerte más y saber que es lo que proyectas hacia los otros.
3. Hay que defenderse. En medio de la civilidad. Con control de las emociones. Sin miedos. Cada uno tiene derecho -y para eso está la ley – a su buen nombre, a la salvaguardar su integridad, a los espacios necesarios para desarrollarse. Uno nunca debe creer que la violencia es una solución, pues ella engendra más violencia. Sin embargo hay que aprender a plantarse y a saber que hay derecho a decir que no, con firmeza y claridad, y hacerse respetar. El peor enemigo es el miedo; a éste no lo podemos dejar anidar en nuestro corazón, sino que hay que ser contundentes con él. Al fin y al acabo, estamos en las manos de Dios. Como dice Pablo: “Si vivimos vivimos para Cristo y si Morimos, morimos para Cristo”.
4. Hay algunos a los que no hay que pararle bola. Ya que muchas de esas personas no nos quieren, gente de malos sentimientos, que por su envidia o por sus complejos, nunca tratan de hacer el bien, sino se empeñan en hacer el mal, y creen que su cielo es el infierno de los demás. No vale la pena desgastarse con ellos. Mucha gente está pendiente de lo que te sucede o no te sucede para sufrir, eso no debe atraparte. Tienes que vivir con algo de indiferencia esos temas.
5. Tener claro que Dios te protege. Eres inteligente y Responsable. Vives sabiendo qué hacer y cómo comportarte; pero confiando en el poder de Dios. Él lo es todo y tienes que estar seguro de su presencia en tu vida. Di muchas veces lo que dice el salmista: Mi ayuda viene del Señor, Creador del cielo y de la tierra. ¡Nunca permitirá que resbale¡ ¡Nunca se dormirá el que te cuida! No. Él nunca duerme; nunca duerme el que cuida de su pueblo. (Salmo 121,2-4). Hay que vivir por tanto con la seguridad de la fe.

Insisto en lo que ideal es no tener enemigos; pero si, por esas condiciones humanas aparecen, hay que saber actuar frente a ellos y no temer. Quien vive con miedo no puede ser feliz. Eso sí, tampoco se trata de ser un “gallito de pelea”, porque esos siempre terminan en la olla del sancocho.

jueves, 5 de noviembre de 2009

DIAS GRISES DE 24 HORAS

Todos los seres humanos tenemos días tristes que parece coloreados con un gris intenso, días nublados en los que no dan ganas de salir de casa y, realmente, no dan ganas de hacer nada. Días en los que estamos más sensibles y nos cuestionamos sobre el sentido, es decir, el por qué y el para qué, de todo lo que sucede y sobre todo de la vida misma.

Son días en los que la tristeza sea hace dueña nuestra y sentimos en el pecho, en los ojos, en la boca, en el corazón, en los tobillos, mejor dicho, en todas partes. Días en los que las palabras son tacañas, difíciles de encontrar y no cumplen su función de ser puente entre lo que tenemos “dentro” y lo que está afuera. A veces, tenemos claro por qué estamos así, conocemos la situación que ha desencadenado esas sensaciones, en cambio otras ni sabemos el por qué, pero eso no hace que neguemos que existen ese cúmulo de sensaciones.

Ya, al inicio, dije que todo pasamos por esos días, todos nosotros los humanos. Porque muchos, como me ven sonriente, con ganas de tragarme la vida, apasionado por cada situación y tratando de ser siempre un portador de esperanza o de ánimo para todo el que encuentro, dudan sobre si tengo o no esos sentimientos; o, simplemente, me conceden poderes “sobrenaturales” que no tengo, ni creo que existan. Por ello, quiero compartirte lo que hago en esos días para levantarme el ánimo, una experiencia mía que pueda servir de luz que pueda iluminarte sobre cómo salir de esa sensación pasajera y volver a la habitual actitud animada y entusiasta:

1. Recuerdo lo bueno que me ha pasado. Me centro en todas las cosas chéveres de mi vida. Hago flash back por todo lo que he disfrutado y gozado. Sabiendo que eso no me lo quita ya nadie, porque lo viví y está en mi corazón, lugar inviolable. No dejo que mis apreciaciones “cáusticas” le quiten brillo a esos recuerdos. Tengo mi propio palmarés y, de alguna manera, mi propia vanidoteca, y en días grises, vale la pena visitarla. Esto para que quede claro: ninguna situación me podrá hacer creer alguien no soy valioso, ni mucho menos hacerme sentir que no puedo continuar triunfando en la vida.
2. Converso con gente que me quiere, me anima y me acompaña. Hay mucha gente que no lo quiere a uno –algunos con razón y otros por envidia o incompatibilidad de caracteres- esa gente –que es muy útil para otros momentos, pues nos hacen ver errores y dicen verdades pesadas, duras, dolorosas, que ayudan- hay que evitarla en esos días. No podemos propiciar encuentros con los negativístas, los “baja caña”, los destructores, a esos hay que zafarlos en estos días. Hacerlo sería como juntar fuego con gasolina. ¿Te imaginas, uno medio “depre” y estos manes “carboneando” con comentarios más negativos. Es el momento para hablar con gente que tiene palabras de animo, de fuerza, de gozo, de agradecimiento para con uno. Molestando en mis conferencias digo que, en días cómo estos, llamo a Santa Marta, donde la Señora Rosina Gómez de Linero y le pregunto ¿quien es el mejor cura del mundo? A lo que ella –siempre tan objetiva y neutral, cuando se refieren a cosas de sus hijos- grita que yo, y saben que le creo, y eso hace que el gris trate de pasar.
3. Uso mi disciplina para hacer algo. No me quedo allí. No me encierro. No dejo que la depre tome el control de mis días, no dejo que todo siga oscuro. Hago algo. Lo que me gusta. Lo que me hace estar pendiente de otras cosas. Muchas veces voy a servir y ayudar a los otros, eso siempre es bueno. Otras veces es jugar al fútbol-aunque sigo sin mucha movilidad, claro que hago todavía hago mis goles- juego baloncesto –aunque mis rodillas se nieguen a saltar como antes- o tenis –en el que soy un principiante, pero que me hace sudar y concentrarme en otras cosas-. Hago algo. Por ningún motivo me quedo tirado en la cama. Eso hace el día más gris. Otras veces me voy a ver el mar, que tiene para mí una inspiración bárbara.
4. Vivo mi fe. ¿Saben? Es lo bueno de creer. En días como estos mi fe me hace tanto bien. Reflexiono, medito, oro, despierto mi relación con Dios Padre, que me ama y me da todo, sin importar nada de lo que vivo (Romanos 8,31-39); me trato de ver en los ojos tiernos y firmes del Resucitado que sufrió como sufro yo, pero me enseñó que debemos ser fieles al Padre en todo; y me dejo mover por el Espíritu Santo que me invade, desde dentro actúa en mí y me llena de esa fuerza que requiero para salir adelante. Son días en los que vuelvo a leer y hacer mío al profeta Habacuc 3,15-17: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas del aprisco, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en el Señor, y me gozaré en el Dios de mi Salvación. Yahvé el Señor es mi fortaleza.”

Disculpen que les haya hablado de mí; pero eso es lo que hago en esos días tan grises, tan grises. Espero les ayude en algo a salir del gris oscuro de 24 horas que pueden estar atravesando hoy.

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viernes, 9 de octubre de 2009

La fórmula de la Felicidad

La búsqueda de la felicidad como se nos presenta en televisión: alguien sentado en un gran sofá en una casa llena de lujos, frente a un gran televisor, con unos ventanales tremendos que dan a una playa de mil tonos de azul, en total tranquilidad y demás; esa búsqueda, de esa imagen mentirosa y mezquina, nos ha hecho despreciar el esfuerzo, el sacrificio y el compromiso. O ustedes se imaginan cómo sería el segundo año de ese estar ahí sin nada más que hacer, te aseguro que termina siendo un infierno.

Pero esta confusión se da, fundamentalmente, porque hemos confundido felicidad con placer y se nos olvida que todo placer es efímero y se desgasta fácil y rápido; por ello, cuando nos dicen una vida feliz, soñamos con una en la que no hay esfuerzo, ni sufrimiento, ni compromisos, una especie de paraíso del hacer nada. Sin embargo, el diario vivir nos enseña que la felicidad como experiencia de plenitud o de satisfacción plena, como realización existencial, supone el paso por esas otras tres experiencias.

1. Sufrimiento: no es sólo una desgracia, no es sólo algo horrible y desastroso que nos acontece; pues en él también existen lecciones de vida, oportunidades de crecimiento, momentos de reflexión profunda sobre lo que somos y hacemos. El dolor es una manera de proteger nuestra vida, de avisarle al cuerpo que algo no está funcionando bien; del mismo modo, el sufrimiento nos acompaña en la existencia para revolcar la vida y sacarnos de una comodidad que más bien se parece a letargo, a falta de libertad verdadera. El sufrimiento no es algo que se busca, pero sí que se asume, que se supera, que se vive sin tratar de huir a esconderse. La vida está cosida por el sufrir, por eso todo el que te diga que puede hacer que dejes de sufrir es un mentiroso; mientras vivamos nos encontraremos con situaciones que nos resultarán dolorosas, pero es nuestro deber pasar de ellas y volvernos más fuertes cada vez.

2. Sacrificio: una palabra que nos ha enseñado a detestar. Sacrificio nos suena a tontería; pensamos que los que se esfuerzan demasiado son una especie de tontos, de gente sin sentido, de pobres de espíritu. Creemos que sacrificio es contrario a alegría, a felicidad, porque el sacrificio es algo gris y espantoso que forma parte de valores del siglo pasado. Cuando en realidad el sacrificio es la puesta total de lo que somos al servicio de algo que es más grande que nosotros. Un sacrificio es el ejercicio total de la libertad y las fuerzas de nuestro ser a favor de algo que creemos que vale la pena. Nos sacrificamos cuando descubrimos que vale la pena hacerlo. Es poner el empeño en una realidad que queremos alcanzar y por la que hacemos una apuesta existencial.

3. Compromiso: para cosechar primero hay que sembrar, cuidar, regar, podar, etc. No se dan las cosechas de la noche a la mañana sin que hagamos el proceso primero. El compromiso es necesario para que podamos ver los frutos aparecer en nuestras vidas. Es meterle todo y saber que por decisión propia estamos trabajando duro para conseguir un resultado. Es no quitarse al primer escollo, cuando aparezcan las dificultades o lleguen unas andanadas de problemas. Comprometerse es estar dispuesto a vencer mis propias limitantes, no negarlas, sino ampliar el límite, ir cada vez un poco más allá. Es tener disciplina y no ser marioneta de los deseos o de los caprichos que hoy quieren algo y mañana ya no; es hacer lo que corresponde aunque no quiera –como cuando a mí me toca levantarme a las 4:30 de la mañana para irme a televisión, cuando quiero quedarme en la cama hasta tarde, es decir hasta las 6:30- porque uno sabe que las grandes cosas en la vida no se consiguen con un golpe de suerte, sino con muchos golpes de compromiso y disciplina.

La felicidad no es un estado sin sombras y sin conflictos, no es una eterna carcajada; sino un modo de asumir nuestra vida, una apuesta por lo importante y una libertad interior para ir asumiendo y dejando, dejando y asumiendo, todo lo que la vida nos va poniendo en el camino que recorremos. Busca bien, seguro hallarás, si es que sabes lo que buscas. Ah… se me olvidaba, no hay fórmulas para encontrar la felicidad. Sé feliz.

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sábado, 19 de septiembre de 2009

Dios ¡Cree en ti!

Somos hombres de fe. Esto es, somos seres humanos que saben que el sentido de la vida no se encuentra encerrado en las estructuras de la historia; sino que la trasciende y le viene de Dios. Estamos seguros –a partir de las experiencias existenciales que hemos tenido- que Dios nos ha creado por una decisión de amor y quiere lo mejor para nosotros. Sabemos que cada una de las circunstancias cotidianas que vivimos debe ser vivida y construida desde una relación amorosa e íntima con nuestro Creador. Esa fe se manifiesta en la certeza de no sabernos solos en el mundo, de saber que contamos con la ayuda divina y que Él –aunque nunca nos suplanta en las luchas diarias, ni hace magia en nuestra vida- está siempre presto a actuar en nosotros para que logremos lo que hemos soñado. Por ello, somos optimistas y alegres a la hora de vivir pues sabemos que quien todo lo puede –el que vive en el apartamento azul- nos ayuda a salir adelante.
Pero esa fe debe que traducirse en actitudes de vida. Una de ellas es ir más allá de lo inmediato, de lo material y de lo útil. Es ser capaz de captar lo que está más allá de lo que vemos y tocamos. Es darnos cuenta de que debemos ser capaces de trascender para descubrir el significado de cada situación y así tener esperanza y paz en el corazón. Sin esa capacidad de trascender, nos hundimos en el mar de las preocupaciones, de los miedos y nos doblamos ante el peso del problema. Pero si trascendemos -y vemos más allá de lo que está ante nuestros ojos- podemos sentir la fuerza interior de Dios y darnos cuenta de que detrás de esos problemas, hay lecciones para aprender a vivir.
No te ahogues en el mar de lo inmediato; navégalo en la barca de la fe y ve al puerto seguro que se esconde detrás. También sé capaz de ir más allá de lo material, de lo que se puede tocar o de lo que brilla y pesa. Esto puede ser importante, valioso, para la vida; pero no es lo único, ni es lo absoluto. Es hora de que seas capaz de revisar tu pirámide de valores y de darte cuenta cuál es el que la preside. Ese será el eje de los esfuerzos de tu vida. Y te aseguro que quien tiene en la cúspide: lo material, el dinero, el billete, la fama, el poder, ese no podrá ser feliz plenamente porque hay cosas que el dinero no puede comprar y que los besos, la amistad, la solidaridad, sí.
No puedes ahogarte en el mar de lo útil. ¿Cuántas cosas aparentemente inútiles son necesarias y fundamentales en la vida? La vida no se hace sólo de lo que nos sirve para algo, hay cosas que no nos sirven para nada pero nos hacen seres humanos. Nuestra capacidad de dar significación nos ayuda a no caer arrodillados ante el imperio de lo útil. Esas son manifestaciones de tu fe. En eso tendría que notarse tu fe.
Hoy te quiero invitar a que vivas tu fe en el instante en el que estás, no importa qué estás padeciendo o gozando, allí debe notarse tu fe. No puedes comportarte como uno que no cree, como uno que no sabe del poder de Dios. Tú tienes que ir más allá de la oscuridad que está ante tus ojos y darte cuenta de que Dios es la luz que lo ilumina todo. Tú tienes que ir más allá de toda enfermedad y darte cuenta de que con una sola palabra del Señor basta para que sanes. Tú tienes que ir más allá de toda división y darte cuenta que el Espíritu Santo nos une y nos llena de su paz.
Sí, mi hermano, no puedes dejar que las dificultades te hagan tener un día sin ganas y sin fuerzas. Muestra que tienes fe, creyendo en ti, en que lo mejor está por venir y en el poder triunfador de Dios en tu vida. Hoy tienes que confiar en el poder de Dios y luchar con todas las fuerzas. No eres un perdedor. Eso lo sabes y hoy muestra esa fe en Dios dejando ver que sabes triunfar y que sabes lanzarte hacia delante. Te bendigo y te animo a seguir en la lucha. Confía en el poder de Dios. Quisiera invitarte a que participes hoy de una experiencia de oración y de predicación bien interesante a partir de las 4:00 de la tarde en el estadio Romelio Martínez con el Canta-predicador Martín Valverde y con mi participación. Estoy seguro de que será un recargar baterías para seguir creyendo y venciendo. Ánimo. Sé feliz.

P. Alberto Linero Gómez, Eudista
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martes, 16 de junio de 2009

¿Se puede cambiar al otro?

Es más fácil la crítica que la autocrítica y más sencillo detectar defectos ajenos. Digo esto porque siempre nos damos cuenta del error del otro o de lo que éste tiene que cambiar. Es mucho más fácil tomar conciencia de lo ajeno, que de los propios errores y de las propias equivocaciones. Es más, queremos ayudar a esa persona equivocada cambie. Todos tenemos la pretensión de cambiar a alguien. Es una buena intención.

Aunque se nos olvida que nadie cambia a nadie. Que el cambio es, siempre, fruto de la toma de conciencia personal de que algo no estoy haciendo bien; o nace cuando percibo en mí eso que soy –o que muestro- no es lo correcto y decido cambiar. El cambio es un hecho personal, que se da en el espacio inviolable de la conciencia, en ese espacio al que solo tengo entrada directa yo -y nadie más-.

Para ayudar a que otros vivan mejor, tengamos conductas positivas, generen mejores relaciones y crezcan; lo que podemos hacer es tratar de provocar espacios, situaciones, acciones, que les permitan reflexionar y hacerse cargo de sí mismos para intentar un cambio. Pero más no podemos, ni obligarlos, ni buscar varitas mágicas o pócimas secretas que hagan el trabajo que ellos no quieren hacer, ni llevarlos donde algún gurú que en media conversación transforma bandidos en gente. En esto siempre me pasa, que a mi oficina llevan a más de uno obligado, porque creen que yo puedo “cambiar” personas, como si tuviera bodegas de seres humanos para hacer trueques o poderes divinos para decir dos cosas y transformar al otro… y eso no lo hace ni Dios si el hombre no abre el corazón y toma la decisión de cambiar.

De acuerdo a lo anterior, quiero invitarte a reflexionar sobre algunos puntos concretos en este sentido:

1. Todos somos diferentes y debemos aceptarlo así. Ni nuestros hermanos, con los que compartimos el mismo Adn y con quienes vivimos en los mismos espacios sociales, somos iguales. Eso hay que aceptarlo y nuestras relaciones tienen que partir de allí, de la insoslayable diferencia que existe entre un ser humano y otro. Por más parecido que haya, también hay mucho que nos hace distintos, aunque no desiguales.

2. Todos tenemos "peros", nadie es como el otro quiere que sea. Todo el mundo tiene sus propias características que pueden ser molestas y dañinas para el otro; incluso detrás de lo que era una virtud. No se puede pedir que alguien sea organizado, sin que quiera incluirte en sus cosas por organizar; ni se puede querer que alguien sea tranquilo, sin que llegue un momento en el que quisieras que actuara más rápido. Hasta en momento pudiéramos llegar a cantar con Adriana Lucía: “lo que antes te gustaba, es lo que ahora te molesta”.

3. Todos somos dueños de nosotros mismos y de lo que hacemos. Hay una responsabilidad que es individual y que nos exige un compromiso personal. Por mucho que los otros traten de meterse en estos espacios no lo logran. Y así como peleamos con uñas y dientes por ese espacio personal, por nuestra propia libertad; también debemos reconocer y validar la lucha de los otros por lo mismo. Pretender gobernar los gustos, las necesidades y las decisiones de los otros, además de molesto, es completamente inútil, lo más que lograremos es que se pongan máscaras frente a nosotros.

4. Todos podemos propiciar, a través del buen ejemplo, de la coherencia de vida y de las palabras asertivas, espacios de reflexión y de acción para que los otros cambien. Servimos de espejo a las acciones de los demás, posibilitamos reflexiones con palabras precisas, propiciamos encuentros para que evalúen; pero más no podemos. Tengamos en cuenta que nada de esto se logra por imposición, por fuerza o por coacción.

5. Es necesario tomar la decisión de gozarnos a los otros o de tomar distancia de ellos -sin violencias- para poder vivir en paz. Eso sin la pretensión de jugar a ser dioses que cambian a los otros con palabras mágicas. Hay gente que me conviene y otra que no. Si tengo claro que no puedo vivir con ellos, si siento que me dañan, si estoy seguro de que no me aportan nada bueno; entonces debo buscar otros espacios, encontrar otros círculos sociales que me ayuden.

6. Sólo el amor verdadero, que aceptación plena, genera procesos de transformación en el otro. Es claro, el único camino para ayudar a transformar a los demás es amarlos; sin eso, estamos perdiendo el tiempo. Sólo influimos en quienes nos aman o nos admiran, sólo soportamos los errores de aquellos que valoramos por encima de su equivocación, sólo puedo tener relaciones sanas con aquel que es importante para mí, aunque tenga conductas por mejorar.

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jueves, 7 de mayo de 2009

A Dios rogando y…

Se la leí alguna vez a Clara Lubich… y, desde ese momento, fue una frase que me ayudó a comprender mi relación con Dios: “Confía en Él como si todo dependiera exclusivamente de Él y Trabaja como si todo dependiera exclusivamente de ti”. Estos dos verbos definen mi acción como hombre que se relaciona, que ha tenido un encuentro con Dios, y trata de vivir conforme a esto: Confiar y Trabajar. Creo y lucho. Espero y conquisto. Agradezco y celebro. Soy un creyente, pero también un combatiente. En la fe cristiana esas realidades no se oponen, sino se retroalimentan. Quien sólo cree y no trabaja es un fanático. Quien sólo trabaja, pero no trasciende, es un humanoide. Necesitamos tener las dos actitudes para ser un buen seguidor de Cristo.

Traigo hoy esta reflexión porque considero que, desde esta frase, podemos proponernos enfrentar la “epidemia” de estos días, la gripa porcina. Necesitamos tomar todas las medidas higiénicas, saber qué se debe hacer y estar todos comprometidos para prevenir una infección. Pero, también, debemos saber que estamos en las “manos de Dios”, esto es, hay que tener fe para salir adelante. Ni nos achantamos a que todo lo haga Dios, ni entramos en pánico creyendo que todo está perdido.

Tenemos que ser responsables ciudadanos que cuidan y propenden por la salubridad pública, como también orantes que confían en el poder de Dios, en su protección y su cuidado. Enfrentamos las situaciones que formen parte de nuestra propia historia y que sean ocasionadas por nuestras decisiones y acciones; pero, a la vez, tenemos que leer los contextos, ese cúmulo de acciones y relaciones de la historia, desde la fe.

Los creyentes no entramos en pánico; sino que hacemos lo que nos toca hacer. Y, además, lo hacemos de manera exigente y perfeccionista. La diferencia están en que luego -al final de todo- descansamos en las manos del Señor, y le decimos ahora te toca a Ti. Todo esto tiene que ser motivo de serenidad y seguridad; pues a través de la historia de salvación –la del pueblo de la Biblia y la nuestra propia- hemos podido corroborar su amor por nosotros y su decisión de ayudarnos a que todo salga bien. Nos esforzamos al máximo, al mismo tiempo que nos abandonamos a su providencia, sabiendo que Él nunca nos falla.

Por eso creo que ningún creyente de verdad puede dejar que esta situación le haga perder el sentido, ni mucho menos que lo lance a la desesperación. Los que confiamos en Dios siempre salimos adelante. Aunque pase lo peor, sabremos leerlo desde su amor y allí tratamos de encontrar la bendición para nosotros. Nuestra vida no sólo queda expuesta a lo que podemos hacer, sino que nos sostiene y nos alienta la esperanza puesta en Dios.

No somos unos esclavos limitados y únicamente posibilitados por nuestras capacidades; sino que somos seres que viven confiados en al amor de Dios. Tenemos más allá, trascendemos, oteamos la realidad, salimos del presentismo, nos caracteriza la esperanza en Él. No todo termina donde terminamos nosotros. Somos conscientes de que trascendemos. Esa experiencia, el encuentro que hemos tenido con Aquel que nos ama y que nos protege siempre, es lo que no nos deja ser presas del pánico; la certeza de Dios en nosotros no nos permite percibirnos desesperados, ni angustiarnos hasta perder el control. Sabernos espirituales nos da la paz que se requiere para seguir actuando con inteligencia y fortaleza en la vida.

Ahora, está claro: quien no esfuerza no debe pedir a Dios ayuda –como si fuera una especie de mago que saca realidades de la nada- pues aquel que no sale a conquistar sus metas no puede pretender que Dios lo bendiga con la realización de ellas. Damos lo mejor de nosotros. Estamos dispuestos a todo. Sabemos que la vida se hace con pasión y dedicación; pero contamos con el amor de Dios que nos llena de todo. Así somos los creyentes a la manera de Jesús.

No sé cuál sea tu situación en este momento, ni sé tu problema, ni tu angustia; pero quiero invitarte a luchar, a dar lo mejor de ti, a construir respuestas inteligentes, a sacar todo lo que tienes, a descubrir tu capacidad de lucha, de aguante, de conquista. Y del mismo modo te invito a confiar, a creer y esperar en Dios, a confiar en su poder. No te desesperes, no pierdas el control que nada te podrá destruir pues eres de Dios. Nada podrá acabar contigo, porque tu vida y el sentido de ella, trasciende todo esto. Nosotros no nos ahogamos en el mar de la intrahistoria, nosotros sabemos trascender, nosotros somos creyentes que vamos con el mazo dando.

lunes, 27 de abril de 2009

La pelea es peleando

Hay una canción del grupo cristiano “Alfareros” que me gusta mucho, se llama: El Luchador. Cuenta la historia de alguien que entiende la vida como una lucha continua, como un sobreponerse a las dificultades y a los problemas, alguien que comprende que la vida está marcada por dificultades, por problemas y que quien quiera gozarla deberá tener el temple suficiente para enfrentarlos y vencerlos.

A veces idealizamos la vida como una experiencia de total serenidad y ausencia de conflictos. Soñamos con esa vida y sufrimos por no tenerla. Pero la verdad es otra; la vida está llena de conflictos, de situaciones críticas y alguna que otra situación límite. No nos podemos substraer a esa condición de la humanidad. Esto queda bien expresado en la metáfora espiritual de la guerra. La vida es una guerra, una guerra espiritual. No estoy hablando de violencias insanas, ni de actitudes hostiles contra los otros, sino de la batalla que da el ser, todos los días, frente a la nada para imponerse en la existencia; o la del amor que debe batirse contra la indiferencia y el odio para hacernos consciente de que la ternura puede más que todas las manifestaciones violentas; la batalla del bien que no quiere ser considerado de otra época y tiene que dar la pelea ante el mal, sin hincar rodilla en el campo de lucha. Sí, la vida es una guerra. Una guerra que creemos ganada. Sí, en Cristo Jesús nosotros hemos considerado esa batalla ganada, el murió en la cruz para que cada uno de nosotros viva como triunfador.

Hay un texto del Deuteronomio que me encanta porque da dos claves para que cualquiera –que crea y que confíe en el poder de Dios- se prepare para la batalla de la vida: “Si al salir ustedes a combatir a sus enemigos ven que ellos cuentan con caballería y carros de guerra, y con un ejército más numeroso que el de ustedes, no les tengan miedo, pues ustedes cuentan con el Señor, su Dios, que los sacó de Egipto. Y cuando llegué la hora de la batalla, el sacerdote se dirigirá al ejército y dirá: Escuchen, israelitas, hoy van a luchar contra sus enemigos. No se desanimen n tengan miedo; no tiemblen ni se asusten porque el Señor su Dios está con ustedes; Él luchará contra los enemigos de ustedes y les dará la victoria”. Creo que hay cuatro claves a interiorizar:

1. Debemos ser capaces de analizar contra quién se está batallando. Hay que conocer al enemigo. No se puede ser ingenuo, ni fanático, a la hora de ir a batallar, es una actitud necesaria el revisar con qué armas cuenta el enemigo, cómo está preparado para el combate. Negarse a eso es una manera de perder -de salida-. Los combatientes que nos son buenos analistas de la vida, terminan perdiendo muchas batallas. Hay que revisar, de manera inteligente y serena, cada situación para salir a enfrentarla.

2. El resultado de ese análisis no nos puede llenar de miedo, sino nos ayuda a encontrar caminos de solución para esta batalla. Hay enfermedades que se presentan mejor armadas que nosotros, pero no por eso vamos a darnos por vencidos sino buscaremos la mejor manera para enfrentarlas. Hay situaciones de soledad, infidelidad, rupturas o dolores, que nos ocasionan impresiones poderosas, pero no por eso vamos a decir que todo está ya perdido.

3. La relación con Dios es el soporte para saber que vamos a salir adelante. Dios nos debe servir para algo. No podemos tener un Dios inútil, recluido a un templo que no nos acompaña a la batalla, sino que no sale del culto. Un Dios así no nos sirve, porque nosotros no vivimos en el culto sino en la vida, y es ésta la que llena de sentido el espacio del culto. Mi relación con Dios tiene historia, porque me ha dado victorias anteriormente, pues bien, tenemos que pensar en ellas y tenerlas presentes para salir a combatir y triunfar. Es un Dios que nos ha dado la vida, que nos ha hecho triunfar en otras situaciones; luego entonces, tenemos que seguir hacia adelante. Un elemento bien bacano de esta fe es que este Dios sale a combatir con sus amigos, Aquel que está de parte de quien confía en Él. Eso nos hace estar seguros de que saldremos en victoria. La justicia es el criterio. Dios siempre está peleando a favor del justo.

4. Hay afirmaciones bien concretas: No te asustes, no tiembles, no tengas miedo… se trata de vivir en la actitud correcta, estar sereno y seguro para tomar las decisiones que corresponden. Cuando no estamos en esa tónica, seguro fallamos y hacemos las vainas mal.

Ahora te toca a ti asumir estas claves y ponerlas en perspectiva de las batallas que estás librando. Tú sabes cuáles son y cómo las estás viviendo. Es hora de llenarte de valor para continuar y triunfar.


P. Alberto Linero Gómez, Eudista

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