Todos, en algún momento de la vida, hemos sentido que todo está perdido; que no tenemos ninguna oportunidad para salir adelante. Seguro que no falta el “amigo” que, con una falsa cara de dolor, nos diga que lo siente mucho pero que no lo intentemos, que ya no hay nada que hacer. Frente a esas situaciones tenemos dos posibilidades bien claras y definidas:
1. Nos damos por venidos y entregar todas nuestras “armas” diciendo que nada hay que hacer. Esta es una posibilidad que muchos asumen, declarándose vencidos antes de salir al último asalto. Esa opción nos deja amargados, tristes y derrotados. Es una decisión que nos deja con la pregunta interior de qué hubiera pasado si hubiéramos intentado un último esfuerzo. No es extraña este tipo de actitudes en una sociedad que predica el facilismo, la magia y teorías que invitan a alcanzar el éxito o el triunfo sin el esfuerzo necesario. Es fácil tomar la decisión de dejarse vencer por la situación, pero es difícil aceptar las consecuencias que se derivan después.
2. Dar la batalla con todas las fuerzas y luchar con la seguridad que todo se puede revertir y que toda adversidad se puede vencer. Para ello hay que prepararse, elegir la mejor estrategia y luchar con todas las fuerzas. Es la decisión de ir a la batalla a dar lo mejor. Por supuesto que estamos arriesgándonos, porque uno va a la pelea sabiendo que es posible que salgamos derrotados; pero y qué, igual perderemos si no lo intentamos. Pero hay una diferencia entre estos que nos se mueren hasta que se mueren, y los que no pierden los partidos hasta que se acaban.
Te propongo que no te desanimes frente a las adversidades, que no creas que ya estás perdido, que seas capaz de ceñirte como un valiente y enfrentar esa adversidad –por muy difícil que parezca- con la certeza de que vas a vencer. Puedes darte por vencido, puedes tirar la toalla pero, insisto, hay diferencias entre perder sin intentarlo o perder dando la batalla. Por eso saca fuerzas de desde dentro y date cuenta que puedes hacer lo mejor. Creo que debes trabajar sobre tres confianzas fundamentales para toda batalla:
1. Confía en ti mismo, para ello debes tener claro que eres una persona con las aptitudes que se requieren para la batalla, sabiendo que Dios ha puesto en tu corazón muchos talentos que no puedes despreciar. Esa confianza en ti se debe manifestar en una actitud decidida y constante.
2. También hay que confiar en aquellos con quienes hago equipo. Siempre necesitamos ayuda y es necesario creerle al otro. Saber que igual que yo, los que me rodean tienen valores, aportan cosas importantes, son talentosos. En la vida no sólo basta con lo que hago, siempre necesito un aporte más que yo mismo no puedo dar. Y en mi equipo hay quienes tienen esa ayuda oportuna que requiero.
3. Y, claro, una confianza plena y total en Dios. Él es el Dueño de la vida, y nos da su ayuda siempre. Ayuda que implica nuestro esfuerzo y no es mágica. Estoy seguro de que con esas confianzas y un plan de trabajo inteligente y real, podremos revertir todas las situaciones difíciles que tenemos; y si no tendremos la satisfacción de haber dado todo, esto no nos quita el dolor de la derrota, pero nos da un fresquito que nos hace sentir mejor.
Eso fue lo que les dije a los jugadores de Junior el martes antes del partido. Ellos, que son auténticos guerreros, lo creyeron e hicieron de ese partido una experiencia de triunfo que los junioristas no van a olvidar pues forma parte de las leyendas que tendrán para contar a sus hijos. Ahora no toca a nosotros mostrar que también podemos dar la batalla y ganarla; de tal manera que podamos sonreír. Creo en ti y estoy seguro que puedes hacer lo mejor. Ánimo.
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miércoles, 21 de diciembre de 2011
martes, 16 de agosto de 2011
ASUSTAO PERO LIBRE
Leer el libro de los Números me ha posibilitado volver a reflexionar sobre una de las situaciones humanas más fuertes: el miedo a la libertad. Sí. Los relatos teológicos de este libro, que buscan mostrar la experiencia del pueblo bíblico por el desierto y su encuentro permanente con el Dios que los ha liberado, deja constancia de la continua queja y rebelión del pueblo ante la necesidad de asumir las consecuencias de ser libre.
En su travesía por el desierto es normal que el pueblo tenga que enfrentar muchas dificultades. Igual que nosotros. Esa es la condición humana: enfrentar dificultades y luchar para vencerlas y solucionarlas. La reacción del pueblo –que retrata bien la de muchos de nosotros- es rebelarse, quejarse, maldecir y añorar la tranquilidad de la esclavitud. Una manera de no querer asumir las consecuencias de ser libre. Esa es la paradoja, queremos ser libres, luchamos por serlo, pero nos da miedo asumir las consecuencias de serlo ¿Cuáles son estas? Planteamos algunas:
1. Tenemos que ganarnos el “pan” cotidiano: El esclavo recibe migajas. Estas nunca faltan. No alcanzan, no llenan, pero no faltan. El libre tiene que caminar el sendero de la incertidumbre, del esfuerzo valeroso y del fracaso para conseguir el pan. No tiene nada asegurado. Comprobará que a veces tanto esfuerzo no alcanza para obtener lo deseado. Aún así es mejor ser libre.
2. Tenemos que asumir las consecuencias de lo que hacemos: Normalmente el esclavo sabe que el culpable de todos sus males es el amo, del cual reniega pero quien sirve como consolador de cualquier sentimiento de culpa que lo presione. El libre no tiene esa posibilidad, sabe que es dueño de sus decisiones, de sus emociones y que tendrá que responsabilizarse de ellas sin usar el espejo retrovisor para culpar a otros. Si fracasó es su fracaso. Si triunfa es su triunfo. Esa incertidumbre es la que le da mucho sentido a la vida libre.
3. Tenemos que construir nuestro propio destino: El destino del esclavo no le pertenece sino que está decidido por el amo. El no es más que un actor que tiene que interpretar el libreto escrito por el amo. El libre tiene que hacer su propia vida, la cual se le presenta como una página en blanco que tiene que llenar con sus propias decisiones y acciones. Será lo que decida ser. Siempre es más calmado saber que todo está decidido, que tener que sentarse a discernir qué hacer y medir bien las actuaciones.
4. Tenemos que enfrentar las duras condiciones del camino: El esclavo normalmente está seguro, cómodo y dispuesto a seguir la rutina. Su vida, aunque gobernada por el amo, trascurre en cierta tranquilidad, la de hacer lo que le toca hacer. El libre tiene que enfrentarse a las incomodidades de tener que decidir qué hacer, a la fragilidad de su inteligencia que muchas veces le permitirá equivocarse, a la lentitud de la dinámica de la vida que muchas veces le privará de lo que necesita ya, a los ataques de los “otros” y del viento en contra que muchas veces le mostrará un camino espinoso.
Por estas razones no me extraña que muchos prefieran ser esclavos y vendan su libertad al mejor postor y prefiera decir como el pueblo de Israel anhelando la esclavitud de Egipto: “Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos, y melones, y puerros, y cebollas, y ajos…” (Números 11,5). O prefieran la muerte en la tranquilidad de la esclavitud que las luchas de la libertad: “!Ojalá hubiéramos muerto en Egipto o en este desierto, ojalá muriéramos! ¿Por qué nos ha traído el Señor a esta tierra? ¿Para qué caigamos a espada y nuestras mujeres e hijos caigan cautivos? ¿No es mejor volvernos a Egipto?
No sé, hoy a pesar de todas las consecuencias que tengo por ser libre, doy gracias a Dios por la libertad y me afirmo en ella para seguir luchando y salir adelante. Prefiero pagar caro mi libertad que ser esclavo. Es tu turno responder a la pregunta ¿Prefieres ser esclavo y tenerlo todo o ser libre y conquistar lo que necesitas?
En su travesía por el desierto es normal que el pueblo tenga que enfrentar muchas dificultades. Igual que nosotros. Esa es la condición humana: enfrentar dificultades y luchar para vencerlas y solucionarlas. La reacción del pueblo –que retrata bien la de muchos de nosotros- es rebelarse, quejarse, maldecir y añorar la tranquilidad de la esclavitud. Una manera de no querer asumir las consecuencias de ser libre. Esa es la paradoja, queremos ser libres, luchamos por serlo, pero nos da miedo asumir las consecuencias de serlo ¿Cuáles son estas? Planteamos algunas:
1. Tenemos que ganarnos el “pan” cotidiano: El esclavo recibe migajas. Estas nunca faltan. No alcanzan, no llenan, pero no faltan. El libre tiene que caminar el sendero de la incertidumbre, del esfuerzo valeroso y del fracaso para conseguir el pan. No tiene nada asegurado. Comprobará que a veces tanto esfuerzo no alcanza para obtener lo deseado. Aún así es mejor ser libre.
2. Tenemos que asumir las consecuencias de lo que hacemos: Normalmente el esclavo sabe que el culpable de todos sus males es el amo, del cual reniega pero quien sirve como consolador de cualquier sentimiento de culpa que lo presione. El libre no tiene esa posibilidad, sabe que es dueño de sus decisiones, de sus emociones y que tendrá que responsabilizarse de ellas sin usar el espejo retrovisor para culpar a otros. Si fracasó es su fracaso. Si triunfa es su triunfo. Esa incertidumbre es la que le da mucho sentido a la vida libre.
3. Tenemos que construir nuestro propio destino: El destino del esclavo no le pertenece sino que está decidido por el amo. El no es más que un actor que tiene que interpretar el libreto escrito por el amo. El libre tiene que hacer su propia vida, la cual se le presenta como una página en blanco que tiene que llenar con sus propias decisiones y acciones. Será lo que decida ser. Siempre es más calmado saber que todo está decidido, que tener que sentarse a discernir qué hacer y medir bien las actuaciones.
4. Tenemos que enfrentar las duras condiciones del camino: El esclavo normalmente está seguro, cómodo y dispuesto a seguir la rutina. Su vida, aunque gobernada por el amo, trascurre en cierta tranquilidad, la de hacer lo que le toca hacer. El libre tiene que enfrentarse a las incomodidades de tener que decidir qué hacer, a la fragilidad de su inteligencia que muchas veces le permitirá equivocarse, a la lentitud de la dinámica de la vida que muchas veces le privará de lo que necesita ya, a los ataques de los “otros” y del viento en contra que muchas veces le mostrará un camino espinoso.
Por estas razones no me extraña que muchos prefieran ser esclavos y vendan su libertad al mejor postor y prefiera decir como el pueblo de Israel anhelando la esclavitud de Egipto: “Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos, y melones, y puerros, y cebollas, y ajos…” (Números 11,5). O prefieran la muerte en la tranquilidad de la esclavitud que las luchas de la libertad: “!Ojalá hubiéramos muerto en Egipto o en este desierto, ojalá muriéramos! ¿Por qué nos ha traído el Señor a esta tierra? ¿Para qué caigamos a espada y nuestras mujeres e hijos caigan cautivos? ¿No es mejor volvernos a Egipto?
No sé, hoy a pesar de todas las consecuencias que tengo por ser libre, doy gracias a Dios por la libertad y me afirmo en ella para seguir luchando y salir adelante. Prefiero pagar caro mi libertad que ser esclavo. Es tu turno responder a la pregunta ¿Prefieres ser esclavo y tenerlo todo o ser libre y conquistar lo que necesitas?
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lunes, 1 de agosto de 2011
PENSANDO LA FAMILIA
La familia es el laboratorio en el cual aprendemos a ser persona. Por eso es tan importante que una y otra vez reflexionemos sobre ella y tratemos de comprender su situación y lo que tenemos que hacer para que pueda cumplir mejor ese rol en la sociedad. Es evidente que el primer objeto de nuestro análisis tiene que ser la propia familia, aquella en la que nosotros vivimos y con la que compartimos nuestras luchas diarias. Creo que una familia debe girar en torno a 4 ejes fundamentales:
1. Amor: Es la razón de ser de la familia. Ella se crea por amor y se define desde el amor. No es una reunión cualquiera de seres, es la reunión de seres que se aman y que están interesados el uno en el otro porque tienen claro que la felicidad de cada uno está determinada por la felicidad de los otros. Se necesita que este amor sea explicito. Esto es, que esté expresado en palabras, en actitudes, en acciones diarias. Muchas familias se han olivado que es el amor lo que las tiene que caracterizar, se les ha olvidado vivir de cara al otro. Sin indiferencias, sin desprecios, sin rencores. Buscando que el otro sea feliz. Cuando alguien que comienza su proceso de crecimiento –como un niño- no encuentra el amor como el espacio característico corre el riesgo de quedarse sin aprender a amar y a dejarse amar. Pero cuando alguien en el ocaso de su vida –como puede ser la situación de una persona mayor- no encuentra relaciones de amor en su familia podría terminar solo y amargado, porque sin amor nadie puede vivir. Insisto en que no es un amor nominal, es una experiencia viva y contundente. Es un darse por el otro, es un hacerle sentir al otro que es importante y que cuenta.
2. Tolerancia: La familia está marcada por la diferencia. En ella convivimos seres de diferentes características físicas, emocionales, espirituales, sociales. No somos iguales al interior de la familia. Convivimos adultos mayores, adultos, adolescentes, niños. Todos tratando de respetarnos, amarnos y aceptarnos tal cual somos. La tolerancia no se puede entender como indiferencia, como un no me meto con el otro, sino que tiene que ser vivida como un amar desde la realidad, como una comunicarnos desde lo que somos, como un compartir espacios desde los límites y las posibilidades que el ser diferentes nos da. Respetamos los roles que cada uno tiene que en la comunidad familiar. Se valora y se comprende la autoridad modélica de los padres, el querer aprender a toda carrera de los hijos, la sabiduría de los mayores. Se sabe que cada uno en la etapa cronológica y existencial en la que está tiene mucho que aportar al desarrollo familiar.
3. Disciplina: Los seres humanos para poder vivir con otros tenemos que aprender a vivir los límites y las obligaciones que tenemos con los demás y con nosotros mismos. Darnos cuenta que nos nuestras acciones tienen consecuencias y que somos irremplazables al asumirlas es una de las experiencias en las que el hogar nos aportarà mucho. Sacrificarnos, luchar, esforzarnos, saber medir y controlar nuestras emociones lo aprenderemos en la interrelación familiar. Es muy difícil que quien no haya aprendido a respetar la autoridad paterna pueda cumplir las leyes sin problemas. Sin en la familia se priva a los hijos de hacerles vivir en disciplina se les ayuda a crear un mundo irreal en el cual solo podrán vivir con psicopatologías o enfermedades psíquicas y emocionales. El mundo está marcado por el dolor y la tristeza y ellas las aprendemos a afrontar cuando en la familia se nos disciplina también.
4. Espiritualidad: El hombres sin espiritualidad es un ser incompleto. Tenemos que aprender y encontrar lo que es esencial al hombre y no pasa por lo útil, por lo valioso y material. Tenemos ir más allá de lo que podemos tocar, pesar, ver. Esa experiencia existencial sólo se puede vivir en casa. No se imaginan lo que sufro como predicador o formador de jóvenes cuando trato de propiciarles experiencias espirituales a jóvenes que pertenecen a familias que adora en el templo de los centros comerciales al dios venta-compra y que creen que el sentido de la vida se agota en la chequera, la tarjeta de crédito o los billetes que tengan. Es muy complicado que alguien que no ha visto que sus padres comprendan que el sentido trasciende lo histórico pueda gozar un rito o un momento de encuentro con el absoluto. Es en la familia dónde lo espiritual tiene que forjarse. El problema es que las familias de hoy desprecian esta dimensión y por eso más tarde –algunas veces muy tarde- la buscan de rodillas.
Esas son las familias que tenemos que formar. Desde estos ejes se despliega todo lo demás. Si no fortalecemos las familias les aseguro que vamos a asistir a la degradación del ser humano. Les bendigo y los invito a reflexionar en torno a sus familias.
1. Amor: Es la razón de ser de la familia. Ella se crea por amor y se define desde el amor. No es una reunión cualquiera de seres, es la reunión de seres que se aman y que están interesados el uno en el otro porque tienen claro que la felicidad de cada uno está determinada por la felicidad de los otros. Se necesita que este amor sea explicito. Esto es, que esté expresado en palabras, en actitudes, en acciones diarias. Muchas familias se han olivado que es el amor lo que las tiene que caracterizar, se les ha olvidado vivir de cara al otro. Sin indiferencias, sin desprecios, sin rencores. Buscando que el otro sea feliz. Cuando alguien que comienza su proceso de crecimiento –como un niño- no encuentra el amor como el espacio característico corre el riesgo de quedarse sin aprender a amar y a dejarse amar. Pero cuando alguien en el ocaso de su vida –como puede ser la situación de una persona mayor- no encuentra relaciones de amor en su familia podría terminar solo y amargado, porque sin amor nadie puede vivir. Insisto en que no es un amor nominal, es una experiencia viva y contundente. Es un darse por el otro, es un hacerle sentir al otro que es importante y que cuenta.
2. Tolerancia: La familia está marcada por la diferencia. En ella convivimos seres de diferentes características físicas, emocionales, espirituales, sociales. No somos iguales al interior de la familia. Convivimos adultos mayores, adultos, adolescentes, niños. Todos tratando de respetarnos, amarnos y aceptarnos tal cual somos. La tolerancia no se puede entender como indiferencia, como un no me meto con el otro, sino que tiene que ser vivida como un amar desde la realidad, como una comunicarnos desde lo que somos, como un compartir espacios desde los límites y las posibilidades que el ser diferentes nos da. Respetamos los roles que cada uno tiene que en la comunidad familiar. Se valora y se comprende la autoridad modélica de los padres, el querer aprender a toda carrera de los hijos, la sabiduría de los mayores. Se sabe que cada uno en la etapa cronológica y existencial en la que está tiene mucho que aportar al desarrollo familiar.
3. Disciplina: Los seres humanos para poder vivir con otros tenemos que aprender a vivir los límites y las obligaciones que tenemos con los demás y con nosotros mismos. Darnos cuenta que nos nuestras acciones tienen consecuencias y que somos irremplazables al asumirlas es una de las experiencias en las que el hogar nos aportarà mucho. Sacrificarnos, luchar, esforzarnos, saber medir y controlar nuestras emociones lo aprenderemos en la interrelación familiar. Es muy difícil que quien no haya aprendido a respetar la autoridad paterna pueda cumplir las leyes sin problemas. Sin en la familia se priva a los hijos de hacerles vivir en disciplina se les ayuda a crear un mundo irreal en el cual solo podrán vivir con psicopatologías o enfermedades psíquicas y emocionales. El mundo está marcado por el dolor y la tristeza y ellas las aprendemos a afrontar cuando en la familia se nos disciplina también.
4. Espiritualidad: El hombres sin espiritualidad es un ser incompleto. Tenemos que aprender y encontrar lo que es esencial al hombre y no pasa por lo útil, por lo valioso y material. Tenemos ir más allá de lo que podemos tocar, pesar, ver. Esa experiencia existencial sólo se puede vivir en casa. No se imaginan lo que sufro como predicador o formador de jóvenes cuando trato de propiciarles experiencias espirituales a jóvenes que pertenecen a familias que adora en el templo de los centros comerciales al dios venta-compra y que creen que el sentido de la vida se agota en la chequera, la tarjeta de crédito o los billetes que tengan. Es muy complicado que alguien que no ha visto que sus padres comprendan que el sentido trasciende lo histórico pueda gozar un rito o un momento de encuentro con el absoluto. Es en la familia dónde lo espiritual tiene que forjarse. El problema es que las familias de hoy desprecian esta dimensión y por eso más tarde –algunas veces muy tarde- la buscan de rodillas.
Esas son las familias que tenemos que formar. Desde estos ejes se despliega todo lo demás. Si no fortalecemos las familias les aseguro que vamos a asistir a la degradación del ser humano. Les bendigo y los invito a reflexionar en torno a sus familias.
sábado, 12 de junio de 2010
Piensa bien, vive bien
La manera de pensar influye mucho en el actuar. Casi podría decirte: dime cómo piensas y te diré cómo actúas. Por eso, es bien importante que cada uno de nosotros se dé cuenta de cuál es la calidad de sus pensamientos. Estoy seguro de que se puede elegir la manera de pensar. Cada uno puede elegir una mentalidad de perdedor o de ganador.
Alguien que tiene un modo de pensar centrado en lo malo que hay en su vida y en la de los demás, que es pesimista, que desconfía de sí mismo y de los otros con los que entra en relación, que vive pensando en sus incapacidades y en las actuaciones del ayer en el que falló, ese muy probablemente perderá todas las batallas en las que participe y si es deportista, es muy seguro que, antes de que salga del camerino, ya estará derrotado.
Esa es una mentalidad perdedora, que está centrada en las incapacidades, en los defectos y en las experiencias de fracaso del pasado. Si nos relacionamos desde esta mentalidad seguro que nuestras relaciones van a ser conflictivas y a generar muchos problemas. Imagino las relaciones de pareja de alguien con mentalidad perdedora: sin duda estarán llenas de dolor, tristeza, fracasos y se parecerá mucho al infierno que tantas veces nos han descrito los literatos.
Por ello, creo que es importante elegir una mentalidad de ganador. Esto es, tener unos pensamientos “positivos” que nos impulsen a vivir de una manera constructiva. Cuando estamos llenos de pensamientos ganadores, somos empujados a la apertura del corazón y a descubrir todo lo “bueno” que la vida en los otros sujetos y en su desarrollo mismo trae. En una relación de pareja es fundamental que se tenga una mentalidad ganadora, una mentalidad positiva, porque eso hará que tanto la manera de ver, como la de relacionarse con el conyugue, esté planteada desde el amor, desde lo bueno que tiene para mí y no desde sus errores e incapacidades.
Te propongo algunas reflexiones sobre el cómo lograr una mentalidad ganadora, cómo alcanzar una transformación de tus pensamientos y que en vez de estar siendo impulsado por lo negativo puedas sentirte animado a ver lo “bueno” de la vida.
1. Hacer conciencia de que tengo una mentalidad negativa y está impactando de manera muy destructiva a mi ambiente. Sin esa conciencia no hay nada que hacer. Si eres terco y te mantienes en que esa manera de pensar es la correcta y sin capaz de sospechar sobre ella y darte cuenta de qué calidad son tus pensamientos, muy seguramente vas a sufrir una y otra vez.
2. Ser capaz de ver una y otra vez las cualidades que tienes y que tienen las personas que están a tu alrededor. Tienes que enfocarte en esas cualidades y capacidades para que desde ellas construyas la vida. No dejes que el pesimismo o el negativismo se apoderen de tu mente. Necesitamos elogiar a las personas con las que vivimos y evitar la constante crítica, pues nadie responde a buen elogio con rabia u odio.
3. Trata de mantener siempre frescos en tu mente los logros que has tenido. Es muy importante que tus experiencias actuales estén matizadas por esas experiencias positivas que la historia te ha permitido tener. Es fundamental beber aguas de triunfo y no quedarte soportando la hiel de los fracasos.
4. Disfruta la belleza del paisaje, la calidez de una buena melodía, la compañía de un buen libro, la caricia del mar o del agua en la que te bañas. Trata de conectar tu espíritu con valores trascendentales como la belleza, la armonía, la bondad. Te aseguro que eso te dispondrá a vivir de una manera distinta.
5. Una buena experiencia espiritual. Una centrada en el amor, que no genere miedos ante la diferencia y que no te esté acusando con el dedo índice siempre. Una que te ayude a aceptarte, valorarte y amarte tal cual eres y que te haga respetar al otro, aunque sea distinto y piense diferente, de una manera sana. Una que te haga ver con libertad a la gente, porque el pecado no está afuera sino dentro.
Estoy seguro de que puedes tener una mentalidad ganadora. Una mentalidad de alguien que es capaz de disfrutar la vida y hacérsela disfrutar a los que están al lado. Uno que puede sonreír a carcajadas porque comprende que todo es pasajero. Si logras pensar como ganador, actuarás como un ganador y levantarás las manos en victoria siempre.
PD. Comienza el mundial. Ya Argentina ganó su primer partido haré fuerza por todos los latinamericanos menos por Brasil, espero que salga eliminado en la primera ronda. Por ahora me preparo con los de mi barra para sentarnos con el mate a ver a la albiceleste, aguante Alex, aguante Hollman.
Alguien que tiene un modo de pensar centrado en lo malo que hay en su vida y en la de los demás, que es pesimista, que desconfía de sí mismo y de los otros con los que entra en relación, que vive pensando en sus incapacidades y en las actuaciones del ayer en el que falló, ese muy probablemente perderá todas las batallas en las que participe y si es deportista, es muy seguro que, antes de que salga del camerino, ya estará derrotado.
Esa es una mentalidad perdedora, que está centrada en las incapacidades, en los defectos y en las experiencias de fracaso del pasado. Si nos relacionamos desde esta mentalidad seguro que nuestras relaciones van a ser conflictivas y a generar muchos problemas. Imagino las relaciones de pareja de alguien con mentalidad perdedora: sin duda estarán llenas de dolor, tristeza, fracasos y se parecerá mucho al infierno que tantas veces nos han descrito los literatos.
Por ello, creo que es importante elegir una mentalidad de ganador. Esto es, tener unos pensamientos “positivos” que nos impulsen a vivir de una manera constructiva. Cuando estamos llenos de pensamientos ganadores, somos empujados a la apertura del corazón y a descubrir todo lo “bueno” que la vida en los otros sujetos y en su desarrollo mismo trae. En una relación de pareja es fundamental que se tenga una mentalidad ganadora, una mentalidad positiva, porque eso hará que tanto la manera de ver, como la de relacionarse con el conyugue, esté planteada desde el amor, desde lo bueno que tiene para mí y no desde sus errores e incapacidades.
Te propongo algunas reflexiones sobre el cómo lograr una mentalidad ganadora, cómo alcanzar una transformación de tus pensamientos y que en vez de estar siendo impulsado por lo negativo puedas sentirte animado a ver lo “bueno” de la vida.
1. Hacer conciencia de que tengo una mentalidad negativa y está impactando de manera muy destructiva a mi ambiente. Sin esa conciencia no hay nada que hacer. Si eres terco y te mantienes en que esa manera de pensar es la correcta y sin capaz de sospechar sobre ella y darte cuenta de qué calidad son tus pensamientos, muy seguramente vas a sufrir una y otra vez.
2. Ser capaz de ver una y otra vez las cualidades que tienes y que tienen las personas que están a tu alrededor. Tienes que enfocarte en esas cualidades y capacidades para que desde ellas construyas la vida. No dejes que el pesimismo o el negativismo se apoderen de tu mente. Necesitamos elogiar a las personas con las que vivimos y evitar la constante crítica, pues nadie responde a buen elogio con rabia u odio.
3. Trata de mantener siempre frescos en tu mente los logros que has tenido. Es muy importante que tus experiencias actuales estén matizadas por esas experiencias positivas que la historia te ha permitido tener. Es fundamental beber aguas de triunfo y no quedarte soportando la hiel de los fracasos.
4. Disfruta la belleza del paisaje, la calidez de una buena melodía, la compañía de un buen libro, la caricia del mar o del agua en la que te bañas. Trata de conectar tu espíritu con valores trascendentales como la belleza, la armonía, la bondad. Te aseguro que eso te dispondrá a vivir de una manera distinta.
5. Una buena experiencia espiritual. Una centrada en el amor, que no genere miedos ante la diferencia y que no te esté acusando con el dedo índice siempre. Una que te ayude a aceptarte, valorarte y amarte tal cual eres y que te haga respetar al otro, aunque sea distinto y piense diferente, de una manera sana. Una que te haga ver con libertad a la gente, porque el pecado no está afuera sino dentro.
Estoy seguro de que puedes tener una mentalidad ganadora. Una mentalidad de alguien que es capaz de disfrutar la vida y hacérsela disfrutar a los que están al lado. Uno que puede sonreír a carcajadas porque comprende que todo es pasajero. Si logras pensar como ganador, actuarás como un ganador y levantarás las manos en victoria siempre.
PD. Comienza el mundial. Ya Argentina ganó su primer partido haré fuerza por todos los latinamericanos menos por Brasil, espero que salga eliminado en la primera ronda. Por ahora me preparo con los de mi barra para sentarnos con el mate a ver a la albiceleste, aguante Alex, aguante Hollman.
viernes, 13 de noviembre de 2009
ENEMIGOS POR MI BIEN...
¿Qué hacer con la gente que no nos quiere y se comporta como nuestros enemigos? Así me pregunta la señora, con cara de tristeza y de angustia. Le respondo que debe comenzar por hacer realidad la petición que nos hace el evangelio de amar a nuestros enemigos (Mateo 5,43-48). Sí, en el evangelio se nos pide que en nuestro corazón no haya odio, ni rencor, ni ansias de venganza contra nadie, ni aún contra aquellos contra los que tendríamos razones para tener esos sentimientos. Es más, se nos pide orar por nuestros enemigos, y ¡Pilas! Estoy seguro de que esa oración que se nos pide por ellos es de bendición y prosperidad. No te imagino diciéndole a Dios Amor ¡elimínalos! No. Eso no cabe en la lógica de misericordia de Dios. Teniendo esta petición del Señor como presupuesto le propuse a la señora las siguientes reflexiones:
1. Hay gente que no nos quiere y tienen razón para no hacerlo, pues nosotros le hemos fallado o, simplemente, le hemos hecho daño –algunas veces sin darnos cuenta y otras veces con toda la intención- y están resentidas. A ellas debemos pedirles perdón y hacer un cambio de actitud que no nos permita dañarlos más. Tenemos que ser conscientes de quiénes somos y de qué hacemos, sabiendo comprender las reacciones de los demás ante nuestros comportamientos. Es obvio, que ninguna acción justifica una reacción violenta; pero también es claro que, algunas veces, nos hemos ganado -por nuestros comportamientos y actitudes- el no-cariño de los otros. La solución es pedir perdón. Ahora, si la otra persona no nos quiere perdonar está claro que no podemos hacer nada más. Recordemos que no podemos obligar a nadie a que nos perdone. Esta es una decisión personal. Por ello les invito a ser humildes en reconocer sus faltas y estar dispuestos a pedir perdón.
2. La gente que no nos quiere, con sus criticas y con sus ataques nos hace mucho bien. Por eso Maquiavelo decía que era necesario escoger bien a los enemigos. Cuando alguien te ataca, o te critica duro, muy seguramente te muestra flancos de tu vida que son débiles y que debes trabajar para fortalecerlos. Es decir, nadie te ataca por la parte más fuerte que tengas, ni te critica por lo bueno que eres y haces. Luego entonces, sus críticas te pueden servir para descubrir qué no estás haciendo bien o en qué te estás equivocando. Eso es una ganancia, ya que te hace conocerte más y saber que es lo que proyectas hacia los otros.
3. Hay que defenderse. En medio de la civilidad. Con control de las emociones. Sin miedos. Cada uno tiene derecho -y para eso está la ley – a su buen nombre, a la salvaguardar su integridad, a los espacios necesarios para desarrollarse. Uno nunca debe creer que la violencia es una solución, pues ella engendra más violencia. Sin embargo hay que aprender a plantarse y a saber que hay derecho a decir que no, con firmeza y claridad, y hacerse respetar. El peor enemigo es el miedo; a éste no lo podemos dejar anidar en nuestro corazón, sino que hay que ser contundentes con él. Al fin y al acabo, estamos en las manos de Dios. Como dice Pablo: “Si vivimos vivimos para Cristo y si Morimos, morimos para Cristo”.
4. Hay algunos a los que no hay que pararle bola. Ya que muchas de esas personas no nos quieren, gente de malos sentimientos, que por su envidia o por sus complejos, nunca tratan de hacer el bien, sino se empeñan en hacer el mal, y creen que su cielo es el infierno de los demás. No vale la pena desgastarse con ellos. Mucha gente está pendiente de lo que te sucede o no te sucede para sufrir, eso no debe atraparte. Tienes que vivir con algo de indiferencia esos temas.
5. Tener claro que Dios te protege. Eres inteligente y Responsable. Vives sabiendo qué hacer y cómo comportarte; pero confiando en el poder de Dios. Él lo es todo y tienes que estar seguro de su presencia en tu vida. Di muchas veces lo que dice el salmista: Mi ayuda viene del Señor, Creador del cielo y de la tierra. ¡Nunca permitirá que resbale¡ ¡Nunca se dormirá el que te cuida! No. Él nunca duerme; nunca duerme el que cuida de su pueblo. (Salmo 121,2-4). Hay que vivir por tanto con la seguridad de la fe.
Insisto en lo que ideal es no tener enemigos; pero si, por esas condiciones humanas aparecen, hay que saber actuar frente a ellos y no temer. Quien vive con miedo no puede ser feliz. Eso sí, tampoco se trata de ser un “gallito de pelea”, porque esos siempre terminan en la olla del sancocho.
1. Hay gente que no nos quiere y tienen razón para no hacerlo, pues nosotros le hemos fallado o, simplemente, le hemos hecho daño –algunas veces sin darnos cuenta y otras veces con toda la intención- y están resentidas. A ellas debemos pedirles perdón y hacer un cambio de actitud que no nos permita dañarlos más. Tenemos que ser conscientes de quiénes somos y de qué hacemos, sabiendo comprender las reacciones de los demás ante nuestros comportamientos. Es obvio, que ninguna acción justifica una reacción violenta; pero también es claro que, algunas veces, nos hemos ganado -por nuestros comportamientos y actitudes- el no-cariño de los otros. La solución es pedir perdón. Ahora, si la otra persona no nos quiere perdonar está claro que no podemos hacer nada más. Recordemos que no podemos obligar a nadie a que nos perdone. Esta es una decisión personal. Por ello les invito a ser humildes en reconocer sus faltas y estar dispuestos a pedir perdón.
2. La gente que no nos quiere, con sus criticas y con sus ataques nos hace mucho bien. Por eso Maquiavelo decía que era necesario escoger bien a los enemigos. Cuando alguien te ataca, o te critica duro, muy seguramente te muestra flancos de tu vida que son débiles y que debes trabajar para fortalecerlos. Es decir, nadie te ataca por la parte más fuerte que tengas, ni te critica por lo bueno que eres y haces. Luego entonces, sus críticas te pueden servir para descubrir qué no estás haciendo bien o en qué te estás equivocando. Eso es una ganancia, ya que te hace conocerte más y saber que es lo que proyectas hacia los otros.
3. Hay que defenderse. En medio de la civilidad. Con control de las emociones. Sin miedos. Cada uno tiene derecho -y para eso está la ley – a su buen nombre, a la salvaguardar su integridad, a los espacios necesarios para desarrollarse. Uno nunca debe creer que la violencia es una solución, pues ella engendra más violencia. Sin embargo hay que aprender a plantarse y a saber que hay derecho a decir que no, con firmeza y claridad, y hacerse respetar. El peor enemigo es el miedo; a éste no lo podemos dejar anidar en nuestro corazón, sino que hay que ser contundentes con él. Al fin y al acabo, estamos en las manos de Dios. Como dice Pablo: “Si vivimos vivimos para Cristo y si Morimos, morimos para Cristo”.
4. Hay algunos a los que no hay que pararle bola. Ya que muchas de esas personas no nos quieren, gente de malos sentimientos, que por su envidia o por sus complejos, nunca tratan de hacer el bien, sino se empeñan en hacer el mal, y creen que su cielo es el infierno de los demás. No vale la pena desgastarse con ellos. Mucha gente está pendiente de lo que te sucede o no te sucede para sufrir, eso no debe atraparte. Tienes que vivir con algo de indiferencia esos temas.
5. Tener claro que Dios te protege. Eres inteligente y Responsable. Vives sabiendo qué hacer y cómo comportarte; pero confiando en el poder de Dios. Él lo es todo y tienes que estar seguro de su presencia en tu vida. Di muchas veces lo que dice el salmista: Mi ayuda viene del Señor, Creador del cielo y de la tierra. ¡Nunca permitirá que resbale¡ ¡Nunca se dormirá el que te cuida! No. Él nunca duerme; nunca duerme el que cuida de su pueblo. (Salmo 121,2-4). Hay que vivir por tanto con la seguridad de la fe.
Insisto en lo que ideal es no tener enemigos; pero si, por esas condiciones humanas aparecen, hay que saber actuar frente a ellos y no temer. Quien vive con miedo no puede ser feliz. Eso sí, tampoco se trata de ser un “gallito de pelea”, porque esos siempre terminan en la olla del sancocho.
jueves, 5 de noviembre de 2009
DIAS GRISES DE 24 HORAS
Todos los seres humanos tenemos días tristes que parece coloreados con un gris intenso, días nublados en los que no dan ganas de salir de casa y, realmente, no dan ganas de hacer nada. Días en los que estamos más sensibles y nos cuestionamos sobre el sentido, es decir, el por qué y el para qué, de todo lo que sucede y sobre todo de la vida misma.
Son días en los que la tristeza sea hace dueña nuestra y sentimos en el pecho, en los ojos, en la boca, en el corazón, en los tobillos, mejor dicho, en todas partes. Días en los que las palabras son tacañas, difíciles de encontrar y no cumplen su función de ser puente entre lo que tenemos “dentro” y lo que está afuera. A veces, tenemos claro por qué estamos así, conocemos la situación que ha desencadenado esas sensaciones, en cambio otras ni sabemos el por qué, pero eso no hace que neguemos que existen ese cúmulo de sensaciones.
Ya, al inicio, dije que todo pasamos por esos días, todos nosotros los humanos. Porque muchos, como me ven sonriente, con ganas de tragarme la vida, apasionado por cada situación y tratando de ser siempre un portador de esperanza o de ánimo para todo el que encuentro, dudan sobre si tengo o no esos sentimientos; o, simplemente, me conceden poderes “sobrenaturales” que no tengo, ni creo que existan. Por ello, quiero compartirte lo que hago en esos días para levantarme el ánimo, una experiencia mía que pueda servir de luz que pueda iluminarte sobre cómo salir de esa sensación pasajera y volver a la habitual actitud animada y entusiasta:
1. Recuerdo lo bueno que me ha pasado. Me centro en todas las cosas chéveres de mi vida. Hago flash back por todo lo que he disfrutado y gozado. Sabiendo que eso no me lo quita ya nadie, porque lo viví y está en mi corazón, lugar inviolable. No dejo que mis apreciaciones “cáusticas” le quiten brillo a esos recuerdos. Tengo mi propio palmarés y, de alguna manera, mi propia vanidoteca, y en días grises, vale la pena visitarla. Esto para que quede claro: ninguna situación me podrá hacer creer alguien no soy valioso, ni mucho menos hacerme sentir que no puedo continuar triunfando en la vida.
2. Converso con gente que me quiere, me anima y me acompaña. Hay mucha gente que no lo quiere a uno –algunos con razón y otros por envidia o incompatibilidad de caracteres- esa gente –que es muy útil para otros momentos, pues nos hacen ver errores y dicen verdades pesadas, duras, dolorosas, que ayudan- hay que evitarla en esos días. No podemos propiciar encuentros con los negativístas, los “baja caña”, los destructores, a esos hay que zafarlos en estos días. Hacerlo sería como juntar fuego con gasolina. ¿Te imaginas, uno medio “depre” y estos manes “carboneando” con comentarios más negativos. Es el momento para hablar con gente que tiene palabras de animo, de fuerza, de gozo, de agradecimiento para con uno. Molestando en mis conferencias digo que, en días cómo estos, llamo a Santa Marta, donde la Señora Rosina Gómez de Linero y le pregunto ¿quien es el mejor cura del mundo? A lo que ella –siempre tan objetiva y neutral, cuando se refieren a cosas de sus hijos- grita que yo, y saben que le creo, y eso hace que el gris trate de pasar.
3. Uso mi disciplina para hacer algo. No me quedo allí. No me encierro. No dejo que la depre tome el control de mis días, no dejo que todo siga oscuro. Hago algo. Lo que me gusta. Lo que me hace estar pendiente de otras cosas. Muchas veces voy a servir y ayudar a los otros, eso siempre es bueno. Otras veces es jugar al fútbol-aunque sigo sin mucha movilidad, claro que hago todavía hago mis goles- juego baloncesto –aunque mis rodillas se nieguen a saltar como antes- o tenis –en el que soy un principiante, pero que me hace sudar y concentrarme en otras cosas-. Hago algo. Por ningún motivo me quedo tirado en la cama. Eso hace el día más gris. Otras veces me voy a ver el mar, que tiene para mí una inspiración bárbara.
4. Vivo mi fe. ¿Saben? Es lo bueno de creer. En días como estos mi fe me hace tanto bien. Reflexiono, medito, oro, despierto mi relación con Dios Padre, que me ama y me da todo, sin importar nada de lo que vivo (Romanos 8,31-39); me trato de ver en los ojos tiernos y firmes del Resucitado que sufrió como sufro yo, pero me enseñó que debemos ser fieles al Padre en todo; y me dejo mover por el Espíritu Santo que me invade, desde dentro actúa en mí y me llena de esa fuerza que requiero para salir adelante. Son días en los que vuelvo a leer y hacer mío al profeta Habacuc 3,15-17: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas del aprisco, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en el Señor, y me gozaré en el Dios de mi Salvación. Yahvé el Señor es mi fortaleza.”
Disculpen que les haya hablado de mí; pero eso es lo que hago en esos días tan grises, tan grises. Espero les ayude en algo a salir del gris oscuro de 24 horas que pueden estar atravesando hoy.
www.yoestoycontigo.com
Son días en los que la tristeza sea hace dueña nuestra y sentimos en el pecho, en los ojos, en la boca, en el corazón, en los tobillos, mejor dicho, en todas partes. Días en los que las palabras son tacañas, difíciles de encontrar y no cumplen su función de ser puente entre lo que tenemos “dentro” y lo que está afuera. A veces, tenemos claro por qué estamos así, conocemos la situación que ha desencadenado esas sensaciones, en cambio otras ni sabemos el por qué, pero eso no hace que neguemos que existen ese cúmulo de sensaciones.
Ya, al inicio, dije que todo pasamos por esos días, todos nosotros los humanos. Porque muchos, como me ven sonriente, con ganas de tragarme la vida, apasionado por cada situación y tratando de ser siempre un portador de esperanza o de ánimo para todo el que encuentro, dudan sobre si tengo o no esos sentimientos; o, simplemente, me conceden poderes “sobrenaturales” que no tengo, ni creo que existan. Por ello, quiero compartirte lo que hago en esos días para levantarme el ánimo, una experiencia mía que pueda servir de luz que pueda iluminarte sobre cómo salir de esa sensación pasajera y volver a la habitual actitud animada y entusiasta:
1. Recuerdo lo bueno que me ha pasado. Me centro en todas las cosas chéveres de mi vida. Hago flash back por todo lo que he disfrutado y gozado. Sabiendo que eso no me lo quita ya nadie, porque lo viví y está en mi corazón, lugar inviolable. No dejo que mis apreciaciones “cáusticas” le quiten brillo a esos recuerdos. Tengo mi propio palmarés y, de alguna manera, mi propia vanidoteca, y en días grises, vale la pena visitarla. Esto para que quede claro: ninguna situación me podrá hacer creer alguien no soy valioso, ni mucho menos hacerme sentir que no puedo continuar triunfando en la vida.
2. Converso con gente que me quiere, me anima y me acompaña. Hay mucha gente que no lo quiere a uno –algunos con razón y otros por envidia o incompatibilidad de caracteres- esa gente –que es muy útil para otros momentos, pues nos hacen ver errores y dicen verdades pesadas, duras, dolorosas, que ayudan- hay que evitarla en esos días. No podemos propiciar encuentros con los negativístas, los “baja caña”, los destructores, a esos hay que zafarlos en estos días. Hacerlo sería como juntar fuego con gasolina. ¿Te imaginas, uno medio “depre” y estos manes “carboneando” con comentarios más negativos. Es el momento para hablar con gente que tiene palabras de animo, de fuerza, de gozo, de agradecimiento para con uno. Molestando en mis conferencias digo que, en días cómo estos, llamo a Santa Marta, donde la Señora Rosina Gómez de Linero y le pregunto ¿quien es el mejor cura del mundo? A lo que ella –siempre tan objetiva y neutral, cuando se refieren a cosas de sus hijos- grita que yo, y saben que le creo, y eso hace que el gris trate de pasar.
3. Uso mi disciplina para hacer algo. No me quedo allí. No me encierro. No dejo que la depre tome el control de mis días, no dejo que todo siga oscuro. Hago algo. Lo que me gusta. Lo que me hace estar pendiente de otras cosas. Muchas veces voy a servir y ayudar a los otros, eso siempre es bueno. Otras veces es jugar al fútbol-aunque sigo sin mucha movilidad, claro que hago todavía hago mis goles- juego baloncesto –aunque mis rodillas se nieguen a saltar como antes- o tenis –en el que soy un principiante, pero que me hace sudar y concentrarme en otras cosas-. Hago algo. Por ningún motivo me quedo tirado en la cama. Eso hace el día más gris. Otras veces me voy a ver el mar, que tiene para mí una inspiración bárbara.
4. Vivo mi fe. ¿Saben? Es lo bueno de creer. En días como estos mi fe me hace tanto bien. Reflexiono, medito, oro, despierto mi relación con Dios Padre, que me ama y me da todo, sin importar nada de lo que vivo (Romanos 8,31-39); me trato de ver en los ojos tiernos y firmes del Resucitado que sufrió como sufro yo, pero me enseñó que debemos ser fieles al Padre en todo; y me dejo mover por el Espíritu Santo que me invade, desde dentro actúa en mí y me llena de esa fuerza que requiero para salir adelante. Son días en los que vuelvo a leer y hacer mío al profeta Habacuc 3,15-17: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas del aprisco, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en el Señor, y me gozaré en el Dios de mi Salvación. Yahvé el Señor es mi fortaleza.”
Disculpen que les haya hablado de mí; pero eso es lo que hago en esos días tan grises, tan grises. Espero les ayude en algo a salir del gris oscuro de 24 horas que pueden estar atravesando hoy.
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jueves, 7 de mayo de 2009
A Dios rogando y…
Se la leí alguna vez a Clara Lubich… y, desde ese momento, fue una frase que me ayudó a comprender mi relación con Dios: “Confía en Él como si todo dependiera exclusivamente de Él y Trabaja como si todo dependiera exclusivamente de ti”. Estos dos verbos definen mi acción como hombre que se relaciona, que ha tenido un encuentro con Dios, y trata de vivir conforme a esto: Confiar y Trabajar. Creo y lucho. Espero y conquisto. Agradezco y celebro. Soy un creyente, pero también un combatiente. En la fe cristiana esas realidades no se oponen, sino se retroalimentan. Quien sólo cree y no trabaja es un fanático. Quien sólo trabaja, pero no trasciende, es un humanoide. Necesitamos tener las dos actitudes para ser un buen seguidor de Cristo.
Traigo hoy esta reflexión porque considero que, desde esta frase, podemos proponernos enfrentar la “epidemia” de estos días, la gripa porcina. Necesitamos tomar todas las medidas higiénicas, saber qué se debe hacer y estar todos comprometidos para prevenir una infección. Pero, también, debemos saber que estamos en las “manos de Dios”, esto es, hay que tener fe para salir adelante. Ni nos achantamos a que todo lo haga Dios, ni entramos en pánico creyendo que todo está perdido.
Tenemos que ser responsables ciudadanos que cuidan y propenden por la salubridad pública, como también orantes que confían en el poder de Dios, en su protección y su cuidado. Enfrentamos las situaciones que formen parte de nuestra propia historia y que sean ocasionadas por nuestras decisiones y acciones; pero, a la vez, tenemos que leer los contextos, ese cúmulo de acciones y relaciones de la historia, desde la fe.
Los creyentes no entramos en pánico; sino que hacemos lo que nos toca hacer. Y, además, lo hacemos de manera exigente y perfeccionista. La diferencia están en que luego -al final de todo- descansamos en las manos del Señor, y le decimos ahora te toca a Ti. Todo esto tiene que ser motivo de serenidad y seguridad; pues a través de la historia de salvación –la del pueblo de la Biblia y la nuestra propia- hemos podido corroborar su amor por nosotros y su decisión de ayudarnos a que todo salga bien. Nos esforzamos al máximo, al mismo tiempo que nos abandonamos a su providencia, sabiendo que Él nunca nos falla.
Por eso creo que ningún creyente de verdad puede dejar que esta situación le haga perder el sentido, ni mucho menos que lo lance a la desesperación. Los que confiamos en Dios siempre salimos adelante. Aunque pase lo peor, sabremos leerlo desde su amor y allí tratamos de encontrar la bendición para nosotros. Nuestra vida no sólo queda expuesta a lo que podemos hacer, sino que nos sostiene y nos alienta la esperanza puesta en Dios.
No somos unos esclavos limitados y únicamente posibilitados por nuestras capacidades; sino que somos seres que viven confiados en al amor de Dios. Tenemos más allá, trascendemos, oteamos la realidad, salimos del presentismo, nos caracteriza la esperanza en Él. No todo termina donde terminamos nosotros. Somos conscientes de que trascendemos. Esa experiencia, el encuentro que hemos tenido con Aquel que nos ama y que nos protege siempre, es lo que no nos deja ser presas del pánico; la certeza de Dios en nosotros no nos permite percibirnos desesperados, ni angustiarnos hasta perder el control. Sabernos espirituales nos da la paz que se requiere para seguir actuando con inteligencia y fortaleza en la vida.
Ahora, está claro: quien no esfuerza no debe pedir a Dios ayuda –como si fuera una especie de mago que saca realidades de la nada- pues aquel que no sale a conquistar sus metas no puede pretender que Dios lo bendiga con la realización de ellas. Damos lo mejor de nosotros. Estamos dispuestos a todo. Sabemos que la vida se hace con pasión y dedicación; pero contamos con el amor de Dios que nos llena de todo. Así somos los creyentes a la manera de Jesús.
No sé cuál sea tu situación en este momento, ni sé tu problema, ni tu angustia; pero quiero invitarte a luchar, a dar lo mejor de ti, a construir respuestas inteligentes, a sacar todo lo que tienes, a descubrir tu capacidad de lucha, de aguante, de conquista. Y del mismo modo te invito a confiar, a creer y esperar en Dios, a confiar en su poder. No te desesperes, no pierdas el control que nada te podrá destruir pues eres de Dios. Nada podrá acabar contigo, porque tu vida y el sentido de ella, trasciende todo esto. Nosotros no nos ahogamos en el mar de la intrahistoria, nosotros sabemos trascender, nosotros somos creyentes que vamos con el mazo dando.
Traigo hoy esta reflexión porque considero que, desde esta frase, podemos proponernos enfrentar la “epidemia” de estos días, la gripa porcina. Necesitamos tomar todas las medidas higiénicas, saber qué se debe hacer y estar todos comprometidos para prevenir una infección. Pero, también, debemos saber que estamos en las “manos de Dios”, esto es, hay que tener fe para salir adelante. Ni nos achantamos a que todo lo haga Dios, ni entramos en pánico creyendo que todo está perdido.
Tenemos que ser responsables ciudadanos que cuidan y propenden por la salubridad pública, como también orantes que confían en el poder de Dios, en su protección y su cuidado. Enfrentamos las situaciones que formen parte de nuestra propia historia y que sean ocasionadas por nuestras decisiones y acciones; pero, a la vez, tenemos que leer los contextos, ese cúmulo de acciones y relaciones de la historia, desde la fe.
Los creyentes no entramos en pánico; sino que hacemos lo que nos toca hacer. Y, además, lo hacemos de manera exigente y perfeccionista. La diferencia están en que luego -al final de todo- descansamos en las manos del Señor, y le decimos ahora te toca a Ti. Todo esto tiene que ser motivo de serenidad y seguridad; pues a través de la historia de salvación –la del pueblo de la Biblia y la nuestra propia- hemos podido corroborar su amor por nosotros y su decisión de ayudarnos a que todo salga bien. Nos esforzamos al máximo, al mismo tiempo que nos abandonamos a su providencia, sabiendo que Él nunca nos falla.
Por eso creo que ningún creyente de verdad puede dejar que esta situación le haga perder el sentido, ni mucho menos que lo lance a la desesperación. Los que confiamos en Dios siempre salimos adelante. Aunque pase lo peor, sabremos leerlo desde su amor y allí tratamos de encontrar la bendición para nosotros. Nuestra vida no sólo queda expuesta a lo que podemos hacer, sino que nos sostiene y nos alienta la esperanza puesta en Dios.
No somos unos esclavos limitados y únicamente posibilitados por nuestras capacidades; sino que somos seres que viven confiados en al amor de Dios. Tenemos más allá, trascendemos, oteamos la realidad, salimos del presentismo, nos caracteriza la esperanza en Él. No todo termina donde terminamos nosotros. Somos conscientes de que trascendemos. Esa experiencia, el encuentro que hemos tenido con Aquel que nos ama y que nos protege siempre, es lo que no nos deja ser presas del pánico; la certeza de Dios en nosotros no nos permite percibirnos desesperados, ni angustiarnos hasta perder el control. Sabernos espirituales nos da la paz que se requiere para seguir actuando con inteligencia y fortaleza en la vida.
Ahora, está claro: quien no esfuerza no debe pedir a Dios ayuda –como si fuera una especie de mago que saca realidades de la nada- pues aquel que no sale a conquistar sus metas no puede pretender que Dios lo bendiga con la realización de ellas. Damos lo mejor de nosotros. Estamos dispuestos a todo. Sabemos que la vida se hace con pasión y dedicación; pero contamos con el amor de Dios que nos llena de todo. Así somos los creyentes a la manera de Jesús.
No sé cuál sea tu situación en este momento, ni sé tu problema, ni tu angustia; pero quiero invitarte a luchar, a dar lo mejor de ti, a construir respuestas inteligentes, a sacar todo lo que tienes, a descubrir tu capacidad de lucha, de aguante, de conquista. Y del mismo modo te invito a confiar, a creer y esperar en Dios, a confiar en su poder. No te desesperes, no pierdas el control que nada te podrá destruir pues eres de Dios. Nada podrá acabar contigo, porque tu vida y el sentido de ella, trasciende todo esto. Nosotros no nos ahogamos en el mar de la intrahistoria, nosotros sabemos trascender, nosotros somos creyentes que vamos con el mazo dando.
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lunes, 27 de abril de 2009
La pelea es peleando
Hay una canción del grupo cristiano “Alfareros” que me gusta mucho, se llama: El Luchador. Cuenta la historia de alguien que entiende la vida como una lucha continua, como un sobreponerse a las dificultades y a los problemas, alguien que comprende que la vida está marcada por dificultades, por problemas y que quien quiera gozarla deberá tener el temple suficiente para enfrentarlos y vencerlos.
A veces idealizamos la vida como una experiencia de total serenidad y ausencia de conflictos. Soñamos con esa vida y sufrimos por no tenerla. Pero la verdad es otra; la vida está llena de conflictos, de situaciones críticas y alguna que otra situación límite. No nos podemos substraer a esa condición de la humanidad. Esto queda bien expresado en la metáfora espiritual de la guerra. La vida es una guerra, una guerra espiritual. No estoy hablando de violencias insanas, ni de actitudes hostiles contra los otros, sino de la batalla que da el ser, todos los días, frente a la nada para imponerse en la existencia; o la del amor que debe batirse contra la indiferencia y el odio para hacernos consciente de que la ternura puede más que todas las manifestaciones violentas; la batalla del bien que no quiere ser considerado de otra época y tiene que dar la pelea ante el mal, sin hincar rodilla en el campo de lucha. Sí, la vida es una guerra. Una guerra que creemos ganada. Sí, en Cristo Jesús nosotros hemos considerado esa batalla ganada, el murió en la cruz para que cada uno de nosotros viva como triunfador.
Hay un texto del Deuteronomio que me encanta porque da dos claves para que cualquiera –que crea y que confíe en el poder de Dios- se prepare para la batalla de la vida: “Si al salir ustedes a combatir a sus enemigos ven que ellos cuentan con caballería y carros de guerra, y con un ejército más numeroso que el de ustedes, no les tengan miedo, pues ustedes cuentan con el Señor, su Dios, que los sacó de Egipto. Y cuando llegué la hora de la batalla, el sacerdote se dirigirá al ejército y dirá: Escuchen, israelitas, hoy van a luchar contra sus enemigos. No se desanimen n tengan miedo; no tiemblen ni se asusten porque el Señor su Dios está con ustedes; Él luchará contra los enemigos de ustedes y les dará la victoria”. Creo que hay cuatro claves a interiorizar:
1. Debemos ser capaces de analizar contra quién se está batallando. Hay que conocer al enemigo. No se puede ser ingenuo, ni fanático, a la hora de ir a batallar, es una actitud necesaria el revisar con qué armas cuenta el enemigo, cómo está preparado para el combate. Negarse a eso es una manera de perder -de salida-. Los combatientes que nos son buenos analistas de la vida, terminan perdiendo muchas batallas. Hay que revisar, de manera inteligente y serena, cada situación para salir a enfrentarla.
2. El resultado de ese análisis no nos puede llenar de miedo, sino nos ayuda a encontrar caminos de solución para esta batalla. Hay enfermedades que se presentan mejor armadas que nosotros, pero no por eso vamos a darnos por vencidos sino buscaremos la mejor manera para enfrentarlas. Hay situaciones de soledad, infidelidad, rupturas o dolores, que nos ocasionan impresiones poderosas, pero no por eso vamos a decir que todo está ya perdido.
3. La relación con Dios es el soporte para saber que vamos a salir adelante. Dios nos debe servir para algo. No podemos tener un Dios inútil, recluido a un templo que no nos acompaña a la batalla, sino que no sale del culto. Un Dios así no nos sirve, porque nosotros no vivimos en el culto sino en la vida, y es ésta la que llena de sentido el espacio del culto. Mi relación con Dios tiene historia, porque me ha dado victorias anteriormente, pues bien, tenemos que pensar en ellas y tenerlas presentes para salir a combatir y triunfar. Es un Dios que nos ha dado la vida, que nos ha hecho triunfar en otras situaciones; luego entonces, tenemos que seguir hacia adelante. Un elemento bien bacano de esta fe es que este Dios sale a combatir con sus amigos, Aquel que está de parte de quien confía en Él. Eso nos hace estar seguros de que saldremos en victoria. La justicia es el criterio. Dios siempre está peleando a favor del justo.
4. Hay afirmaciones bien concretas: No te asustes, no tiembles, no tengas miedo… se trata de vivir en la actitud correcta, estar sereno y seguro para tomar las decisiones que corresponden. Cuando no estamos en esa tónica, seguro fallamos y hacemos las vainas mal.
Ahora te toca a ti asumir estas claves y ponerlas en perspectiva de las batallas que estás librando. Tú sabes cuáles son y cómo las estás viviendo. Es hora de llenarte de valor para continuar y triunfar.
P. Alberto Linero Gómez, Eudista
www.elmanestavivo.com
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A veces idealizamos la vida como una experiencia de total serenidad y ausencia de conflictos. Soñamos con esa vida y sufrimos por no tenerla. Pero la verdad es otra; la vida está llena de conflictos, de situaciones críticas y alguna que otra situación límite. No nos podemos substraer a esa condición de la humanidad. Esto queda bien expresado en la metáfora espiritual de la guerra. La vida es una guerra, una guerra espiritual. No estoy hablando de violencias insanas, ni de actitudes hostiles contra los otros, sino de la batalla que da el ser, todos los días, frente a la nada para imponerse en la existencia; o la del amor que debe batirse contra la indiferencia y el odio para hacernos consciente de que la ternura puede más que todas las manifestaciones violentas; la batalla del bien que no quiere ser considerado de otra época y tiene que dar la pelea ante el mal, sin hincar rodilla en el campo de lucha. Sí, la vida es una guerra. Una guerra que creemos ganada. Sí, en Cristo Jesús nosotros hemos considerado esa batalla ganada, el murió en la cruz para que cada uno de nosotros viva como triunfador.
Hay un texto del Deuteronomio que me encanta porque da dos claves para que cualquiera –que crea y que confíe en el poder de Dios- se prepare para la batalla de la vida: “Si al salir ustedes a combatir a sus enemigos ven que ellos cuentan con caballería y carros de guerra, y con un ejército más numeroso que el de ustedes, no les tengan miedo, pues ustedes cuentan con el Señor, su Dios, que los sacó de Egipto. Y cuando llegué la hora de la batalla, el sacerdote se dirigirá al ejército y dirá: Escuchen, israelitas, hoy van a luchar contra sus enemigos. No se desanimen n tengan miedo; no tiemblen ni se asusten porque el Señor su Dios está con ustedes; Él luchará contra los enemigos de ustedes y les dará la victoria”. Creo que hay cuatro claves a interiorizar:
1. Debemos ser capaces de analizar contra quién se está batallando. Hay que conocer al enemigo. No se puede ser ingenuo, ni fanático, a la hora de ir a batallar, es una actitud necesaria el revisar con qué armas cuenta el enemigo, cómo está preparado para el combate. Negarse a eso es una manera de perder -de salida-. Los combatientes que nos son buenos analistas de la vida, terminan perdiendo muchas batallas. Hay que revisar, de manera inteligente y serena, cada situación para salir a enfrentarla.
2. El resultado de ese análisis no nos puede llenar de miedo, sino nos ayuda a encontrar caminos de solución para esta batalla. Hay enfermedades que se presentan mejor armadas que nosotros, pero no por eso vamos a darnos por vencidos sino buscaremos la mejor manera para enfrentarlas. Hay situaciones de soledad, infidelidad, rupturas o dolores, que nos ocasionan impresiones poderosas, pero no por eso vamos a decir que todo está ya perdido.
3. La relación con Dios es el soporte para saber que vamos a salir adelante. Dios nos debe servir para algo. No podemos tener un Dios inútil, recluido a un templo que no nos acompaña a la batalla, sino que no sale del culto. Un Dios así no nos sirve, porque nosotros no vivimos en el culto sino en la vida, y es ésta la que llena de sentido el espacio del culto. Mi relación con Dios tiene historia, porque me ha dado victorias anteriormente, pues bien, tenemos que pensar en ellas y tenerlas presentes para salir a combatir y triunfar. Es un Dios que nos ha dado la vida, que nos ha hecho triunfar en otras situaciones; luego entonces, tenemos que seguir hacia adelante. Un elemento bien bacano de esta fe es que este Dios sale a combatir con sus amigos, Aquel que está de parte de quien confía en Él. Eso nos hace estar seguros de que saldremos en victoria. La justicia es el criterio. Dios siempre está peleando a favor del justo.
4. Hay afirmaciones bien concretas: No te asustes, no tiembles, no tengas miedo… se trata de vivir en la actitud correcta, estar sereno y seguro para tomar las decisiones que corresponden. Cuando no estamos en esa tónica, seguro fallamos y hacemos las vainas mal.
Ahora te toca a ti asumir estas claves y ponerlas en perspectiva de las batallas que estás librando. Tú sabes cuáles son y cómo las estás viviendo. Es hora de llenarte de valor para continuar y triunfar.
P. Alberto Linero Gómez, Eudista
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lunes, 6 de abril de 2009
… ¿cuando se usaba el tacón adelante?...
Estoy en el aeropuerto de Los Angeles (California) y al ver tantos cortes de cabello extraños para mí, tantos tatuajes que me parecen grotescos, tantas modas en las que la gente propende por verse mal por ser –aparentemente- original, me pregunto: ¿En qué momento el valor de la belleza cedió su lugar a la rareza?; ¿en qué momento la armonía no definió lo bello, sino que esta fue definida por lo impresionante?; ¿cómo fue que comenzó a contemplarse lo que fue hecho para pasar rápidamente?
La verdad no sé cuándo pasó esto No sé. No estoy enterado de cuándo dejamos que lo accidental desplazara lo esencial. Ni cuándo fue que los ojos del corazón se quedaron ciegos y comenzamos a ser guiados por la miopía o caímos en el reino de los ojos que sufren presbicia. No sé en qué momento quedamos expuestos a convertir la extrema delgadez en la panacea, o a pensar que si no somos flacos cadavéricos seríamos despreciados por nuestras características lípidas. No sé cuándo fue que las fotos pudieron hacer “milagros” gracias al embustero del fotoshop que quita y pone según el engaño que exija la venta.
No sé el momento exacto, pero sospecho que fue en el mismo momento en el que los papás ya no eran papás sino “mejores amigos” que como tales no disciplinaban, sino alcahueteaban. Creo que sucedió simultáneamente cuando ya no importaba qué, ni cómo lo hicieras con tal de que tuvieras plata. Seguro fue cuando el pudor fue cosa de ancianitas que no tenían nada qué mostrar, porque todo estaba arrugado. O pudo ser cuando la fidelidad fue sólo cuestión de curas célibes que pretendieron privar a los otros de lo que su propia decisión les había privado. Tengo la impresión que esto sucedió cuando un político (“servidor público”) comenzó a ser bueno porque robaba pero poco (también puede aplicarse a aquellos que pedían comisiones “bajas”, entre el 10 y 15%). Debió pasar cuando Dios dejó de ser un “dador de sentido”, para sólo ser un “bombero” que pedía diezmos por ayudar a los necesitados. Seguro que sucedió cuando los dibujos animados dejaron de parecer seres comunes y corrientes y se convirtieron en “monstruos” bien extraños y maleducados que trasgreden toda regla posible, -obviamente, sabiendo nosotros que eso nada influye en la conducta de los niños pues quien crea lo contrario es un dinosaurio bruto y oxidado-.
No sé quién lo hizo, ni con qué intención; pero sospecho que fue alguien bueno que quería hacernos más humanos y liberarnos del yugo de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, para dejarnos disfrutar de lo impresionante, lo aparente y lo útil. Me imagino que debo saber quién fue para agradecerle el favor puesto que ahora todo es mejor –que no me escuche mi abuela quien creía equivocadamente, absurda, incoherentemente, que lo de antes era mejor-. Y es que la prueba está a la vida, salta a ante nuestros ojos: ahora la gente es más feliz.
Sí, gracias a todo esto, ahora hay menos enfermedades psiquícas, emocionales, afectivas y menos drogadicción. La gente es más libre y más feliz. Las familias desbaratas y confusas generan seres humanos más firmes interiormente y constantes en sus búsquedas de realización. Sí, señor, la depresión, las manías, las angustias, el stress, la delincuencia juvenil, los abortos, la corrupción total, los divorcios tempranos, la campante inseguridad, la violencia absurda y extrema, esas atrocidades ya son cosas del pasado –del tiempo de la dinosaurio de mi abuelita- y, ahora, señores, ahora las salas de los psiquiatras y psícologos están vacías. Al volverse todo liviano, todos fuimos más felices.
Disculpen ustedes, de verdad disculpen que, un retrógrado como yo, prefiera el otro camino, que me declare en rebeldía contra esta manera de ver y hacer la vida. Disculpen que viva a lo “antiguo” –que no implica estar cerrado a lo nuevo, sino que implica tener convicciones y razones que no son negociables porque sostienen el sentido-, que crea en el amor fiel y definitivo, que crea en la búsqueda de lo bueno y de lo verdadero, que trate de ser coherente y consecuente con lo que piensa, habla y hace que pueda entender que mi unicidad no pasa por lo grotesco. Disculpen, yo no creo que haya existido un mundo ideal en el ayer, ni que todo tiempo pasado fue mejor, pero que vamos caminando hacia la pérdida del sentido y hay que resistirnos a ser del montón que camina al despeñadero, eso sí lo creo.
Disculpen ustedes que crea lo que me define no sea mi apariencia, que ni tampoco mi comportamiento, sino por lo que imprima mi identidad y esencia más profunda y más personal. Disculpen que siga gritando que el Man Está Vivo y que los invite a conocer a Dios y a dejarse a amar por Él, a descubrir cuál es su propósito para nuestras vidas. Disculpen que los siga invitando a relacionarse con total libertad y disponibilidad, con alguien que no se escandaliza porque tú seas diferente, porque conoce que la diferencia real está en tu corazón, en que eres único e irrepetible de verdad
La verdad no sé cuándo pasó esto No sé. No estoy enterado de cuándo dejamos que lo accidental desplazara lo esencial. Ni cuándo fue que los ojos del corazón se quedaron ciegos y comenzamos a ser guiados por la miopía o caímos en el reino de los ojos que sufren presbicia. No sé en qué momento quedamos expuestos a convertir la extrema delgadez en la panacea, o a pensar que si no somos flacos cadavéricos seríamos despreciados por nuestras características lípidas. No sé cuándo fue que las fotos pudieron hacer “milagros” gracias al embustero del fotoshop que quita y pone según el engaño que exija la venta.
No sé el momento exacto, pero sospecho que fue en el mismo momento en el que los papás ya no eran papás sino “mejores amigos” que como tales no disciplinaban, sino alcahueteaban. Creo que sucedió simultáneamente cuando ya no importaba qué, ni cómo lo hicieras con tal de que tuvieras plata. Seguro fue cuando el pudor fue cosa de ancianitas que no tenían nada qué mostrar, porque todo estaba arrugado. O pudo ser cuando la fidelidad fue sólo cuestión de curas célibes que pretendieron privar a los otros de lo que su propia decisión les había privado. Tengo la impresión que esto sucedió cuando un político (“servidor público”) comenzó a ser bueno porque robaba pero poco (también puede aplicarse a aquellos que pedían comisiones “bajas”, entre el 10 y 15%). Debió pasar cuando Dios dejó de ser un “dador de sentido”, para sólo ser un “bombero” que pedía diezmos por ayudar a los necesitados. Seguro que sucedió cuando los dibujos animados dejaron de parecer seres comunes y corrientes y se convirtieron en “monstruos” bien extraños y maleducados que trasgreden toda regla posible, -obviamente, sabiendo nosotros que eso nada influye en la conducta de los niños pues quien crea lo contrario es un dinosaurio bruto y oxidado-.
No sé quién lo hizo, ni con qué intención; pero sospecho que fue alguien bueno que quería hacernos más humanos y liberarnos del yugo de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, para dejarnos disfrutar de lo impresionante, lo aparente y lo útil. Me imagino que debo saber quién fue para agradecerle el favor puesto que ahora todo es mejor –que no me escuche mi abuela quien creía equivocadamente, absurda, incoherentemente, que lo de antes era mejor-. Y es que la prueba está a la vida, salta a ante nuestros ojos: ahora la gente es más feliz.
Sí, gracias a todo esto, ahora hay menos enfermedades psiquícas, emocionales, afectivas y menos drogadicción. La gente es más libre y más feliz. Las familias desbaratas y confusas generan seres humanos más firmes interiormente y constantes en sus búsquedas de realización. Sí, señor, la depresión, las manías, las angustias, el stress, la delincuencia juvenil, los abortos, la corrupción total, los divorcios tempranos, la campante inseguridad, la violencia absurda y extrema, esas atrocidades ya son cosas del pasado –del tiempo de la dinosaurio de mi abuelita- y, ahora, señores, ahora las salas de los psiquiatras y psícologos están vacías. Al volverse todo liviano, todos fuimos más felices.
Disculpen ustedes, de verdad disculpen que, un retrógrado como yo, prefiera el otro camino, que me declare en rebeldía contra esta manera de ver y hacer la vida. Disculpen que viva a lo “antiguo” –que no implica estar cerrado a lo nuevo, sino que implica tener convicciones y razones que no son negociables porque sostienen el sentido-, que crea en el amor fiel y definitivo, que crea en la búsqueda de lo bueno y de lo verdadero, que trate de ser coherente y consecuente con lo que piensa, habla y hace que pueda entender que mi unicidad no pasa por lo grotesco. Disculpen, yo no creo que haya existido un mundo ideal en el ayer, ni que todo tiempo pasado fue mejor, pero que vamos caminando hacia la pérdida del sentido y hay que resistirnos a ser del montón que camina al despeñadero, eso sí lo creo.
Disculpen ustedes que crea lo que me define no sea mi apariencia, que ni tampoco mi comportamiento, sino por lo que imprima mi identidad y esencia más profunda y más personal. Disculpen que siga gritando que el Man Está Vivo y que los invite a conocer a Dios y a dejarse a amar por Él, a descubrir cuál es su propósito para nuestras vidas. Disculpen que los siga invitando a relacionarse con total libertad y disponibilidad, con alguien que no se escandaliza porque tú seas diferente, porque conoce que la diferencia real está en tu corazón, en que eres único e irrepetible de verdad
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domingo, 25 de enero de 2009
¡…Te amo y confío en ti…!
Las relaciones de amor exigen confianza. No es posible vivir una experiencia de amor si no se confía en la otra persona. Confiar es tener la certeza que el otro no me va a dañar de manera consciente. Es estar seguro que a la base de la relación, con esa persona, está la decisión de ayudarme a ser más feliz y mejor ser humano. Cuando alguien me ama siempre quiere para mí lo mejor y quiere que todo me salga bien. Ella ha tomado la decisión de incluirme, por amor gratuito, entre las personas que forman parte de su círculo más íntimo y que tiene que ver con su realización y felicidad. Confío porque tengo claro esa decisión de la otra persona y en mi corazón hay la estoy seguro que puedo confiar en ella. La confianza nace de la comprobación histórica de esa decisión del otro. Es decir, confío en el otro cuando sus actos continuos me han enseñado que me quiere lo mejor para mí. Es muy complicado confiar en alguien que sistemáticamente ha mostrado que quiere dañarnos y que espera cualquiera "desatención" para aprovecharse de ella. Por eso hay que tener claro sin vida compartida, sin acciones que expresen una opción a favor mía no hay verdadera confianza.
Cuando en una relación no hay confianza tampoco puede haber amor. No es posible que mi felicidad esté determinada por la tuya sin que yo pueda confiar en tu palabra, en tus acciones, en tus decisiones. Si creo que me vas a engañar y necesito estar vigilándote, es porque creo que no me amas. Si tengo que estar a la defensiva por lo que vas a hacer, es porque tal vez tengo miedo que me dañes y esa es una expresión clara que no me amas. Si tengo miedo que tengas otra pareja, otros amigos, que sean más importantes que yo, es porque no he podido descubrir en tus expresiones afectivas la exclusividad que requiere el amor de pareja. Si tengo que hacer poses que encubran mi verdadero ser es porque el tiempo compartido no me ha dejado claro que me aceptas tal cual como soy.
Cuando amo y confío me puedo presentar tal cual como soy, mostrando mis debilidades, mis carencias e inseguridades a la otra persona; porque sé que la otra persona no va a utilizar esas debilidades en contra mía, ni se aprovechará de ellas para dañarme.
Considero que desde aquí se puede entender la metáfora de la desnudez –el presentarme tal cual soy, sin nada que esconda lo que soy y tengo- del hombre en el libro del Génesis cuando después de haber comido del fruto prohibido, de la toma de conciencia de lo bueno y de lo malo y el rompimiento con Dios, este es cuestionado por Dios "¿Dónde estás? Y Adán responde "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, por eso me escondí". Quien no confía tiene miedo de ser visto desnudo. Busca tener algo que cubra sus dimensiones de las que no está satisfecho o tiene miedo de no ser aceptado por el otro. Quien ama se siente amado no tiene miedo de mostrar sus defectos, sus necesidades, sus carencias, sus equivocaciones, ya que se sabe aceptado y valorado tal cual es.
Dolorosamente nos hemos acostumbrado a las caretas en las relaciones afectivas, y también como Adán respondemos que tenemos miedo porque estamos desnudos, y no nos sentimos amados. Es realmente frustrante que sean los celos –y en algunos casos con visos netamente patológicos- y las actitudes vigilantes sean asumidas como indicadores de verdadero amor. Cómo si la ecuación fuera: "Quien no me vigila y no desconfía de mí no me ama". Nada más falso y dañino.
Ahora, cuando la confianza se rompe. Cuando descubrimos que el otro si es capaz de dañarnos, de herirnos, de mentirnos, de hacernos lo peor. Es muy difícil volver a confiar. SE necesita una buena sanación, un buen proceso de reconciliación, perdón y la certeza de que un cambio se ha producido en la otra persona. No creo que sea fácil volver a confiar. Se necesita tiempo y muchos cambios. Entiendo a los que no vuelven a confiar y deciden decir que es mejor poner distancia. Comprendo a aquellos que manifiestan que las heridas tan fuertes no ha podido sanar con las palabras de arrepentimiento que los otros han dicho y que prefieren no seguir con la relación. Claro que también creo que es posible intentarlo una vez más y que es posible que lo roto vuelva a coserse y pueda generarse una actitud de confianza luego de un engaño.
Te bendigo y te deseo, que esta reflexión posibilite decisiones sobre la relación amor y confianza que te ayuden a la realización de tu proyecto personal de vida.
Cuando en una relación no hay confianza tampoco puede haber amor. No es posible que mi felicidad esté determinada por la tuya sin que yo pueda confiar en tu palabra, en tus acciones, en tus decisiones. Si creo que me vas a engañar y necesito estar vigilándote, es porque creo que no me amas. Si tengo que estar a la defensiva por lo que vas a hacer, es porque tal vez tengo miedo que me dañes y esa es una expresión clara que no me amas. Si tengo miedo que tengas otra pareja, otros amigos, que sean más importantes que yo, es porque no he podido descubrir en tus expresiones afectivas la exclusividad que requiere el amor de pareja. Si tengo que hacer poses que encubran mi verdadero ser es porque el tiempo compartido no me ha dejado claro que me aceptas tal cual como soy.
Cuando amo y confío me puedo presentar tal cual como soy, mostrando mis debilidades, mis carencias e inseguridades a la otra persona; porque sé que la otra persona no va a utilizar esas debilidades en contra mía, ni se aprovechará de ellas para dañarme.
Considero que desde aquí se puede entender la metáfora de la desnudez –el presentarme tal cual soy, sin nada que esconda lo que soy y tengo- del hombre en el libro del Génesis cuando después de haber comido del fruto prohibido, de la toma de conciencia de lo bueno y de lo malo y el rompimiento con Dios, este es cuestionado por Dios "¿Dónde estás? Y Adán responde "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, por eso me escondí". Quien no confía tiene miedo de ser visto desnudo. Busca tener algo que cubra sus dimensiones de las que no está satisfecho o tiene miedo de no ser aceptado por el otro. Quien ama se siente amado no tiene miedo de mostrar sus defectos, sus necesidades, sus carencias, sus equivocaciones, ya que se sabe aceptado y valorado tal cual es.
Dolorosamente nos hemos acostumbrado a las caretas en las relaciones afectivas, y también como Adán respondemos que tenemos miedo porque estamos desnudos, y no nos sentimos amados. Es realmente frustrante que sean los celos –y en algunos casos con visos netamente patológicos- y las actitudes vigilantes sean asumidas como indicadores de verdadero amor. Cómo si la ecuación fuera: "Quien no me vigila y no desconfía de mí no me ama". Nada más falso y dañino.
Ahora, cuando la confianza se rompe. Cuando descubrimos que el otro si es capaz de dañarnos, de herirnos, de mentirnos, de hacernos lo peor. Es muy difícil volver a confiar. SE necesita una buena sanación, un buen proceso de reconciliación, perdón y la certeza de que un cambio se ha producido en la otra persona. No creo que sea fácil volver a confiar. Se necesita tiempo y muchos cambios. Entiendo a los que no vuelven a confiar y deciden decir que es mejor poner distancia. Comprendo a aquellos que manifiestan que las heridas tan fuertes no ha podido sanar con las palabras de arrepentimiento que los otros han dicho y que prefieren no seguir con la relación. Claro que también creo que es posible intentarlo una vez más y que es posible que lo roto vuelva a coserse y pueda generarse una actitud de confianza luego de un engaño.
Te bendigo y te deseo, que esta reflexión posibilite decisiones sobre la relación amor y confianza que te ayuden a la realización de tu proyecto personal de vida.
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