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viernes, 2 de marzo de 2012

Dueño de mí

Entre las realidades auténticamente humanas ocupa un lugar importante el ser dueño de mí, dueño de mis opciones, de mis emociones, de mis pensamientos, dueño para decidir qué hago con mi vida, qué sentido le doy, qué acepto y qué rechazo. Y ser dueño implica asumir las responsabilidades de lo que soy y de lo que hago con esta vida mía. En este sentido, no puedo estar echándole la culpa a terceros por aquello que pasa en mi ser. No está bien convertirme en uno que explica todo lo que le pasa a través de las decisiones de otros y no las propias. No resulta conveniente el asumir que soy dueño de mi vida para tomar decisiones, pero no soy igual de dueño para responder por las consecuencias de mis decisiones.

Así como soy el dueño de mi vida -en la libertad que me fue dada como un don- y nadie puede optar por mí, sino que eso es algo que me corresponde, del mismo modo tampoco nadie tendrá que asumir las consecuencias de mis opciones. Como soy libre, también soy responsable. Y para que pueda ser feliz en libertad, siendo dueño de mí, debo estar por encima de apegos. Los apegos me restan libertad, y también me terminan haciendo esclavo suyo. Un cantante sabio decía “terminamos siendo esclavos de aquello que conquistamos”. El dueño del tesoro termina viviendo para cuidarlo y su vida se reduce a eso. Ese apego de algo, aparentemente bueno, agradable, deseable, nos resta vida, verdadera vida.

Entre más apegos tenemos, más vamos necesitando de ellos. Por eso uno ve gente que ya no es feliz, que no podría serlo, si le quitan el internet, el teléfono celular, la televisión, la ropa de marca, la rumba, etc. Y entre más falsas necesidades tiene, más cosas necesita. Es un círculo vicioso en el que muchos caemos. La sociedad nos va construyendo para que seamos consumidores. Y consumimos lo que nos dicen que hay que consumir. Para ser gente, ahora necesitamos más cosas, valorarnos a través de ellas, darle sentido a lo que somos desde nuestras pertenencias. Y ya no somos señores de las necesidades que tenemos y del modo cómo las satisfacemos; sino que estamos a la deriva de lo que manden los mercados, de lo que digan, lo que propongan, lo que ordenen.

Así vamos como veletas, dejando que alguien distinto ocupe el liderazgo de mi proyecto de vida. Y cada vez que nos venden algo nuevo, yo debo tenerlo; porque si no lo tengo valgo menos, soy menos capaz, no alcanzo a validarme. Y, firmemente, creo que para ser felices, además de ser dueños de nosotros, de estar libres de apegos y de ser señores de nuestras necesidades, es urgente que seamos líderes de nuestro proyecto de vida. Que dictemos el rumbo de nuestros pasos. Que ordenemos los recursos con los que contamos. Que proyectemos cómo superar las dificultades que se nos ponen en frente tomando decisiones basadas en análisis inteligentes de las situaciones y en proyecciones válidas de nuestras acciones. Ser líder de mí mismo implica una actitud atenta frente a lo que pasa, despierta, viva. Un líder no deja a otros su trabajo, ni espera que las cosas se solucionen solas.

Por último, para vivir felices de verdad es fundamental reconocer que soy digno, que merezco ser amado. No para vivir mendigando amor, ni para rogarle a otros que me quieran; sino por el contrario para descubrir que nuestro valor es algo que vive en nosotros y que quien lo descubre lo aprecia. Quien decide amarme lo hace, no puedo influir en esa decisión; ni la de aquel que decide dejar de hacerlo. Lo que sí puedo es responder al amor, del mismo modo que ser fiel a mi propio valor para que éste genere un tipo de relación conmigo. Quien se ama no acepta relaciones que irrespeten su amor, ni busca irrespetar el amor de los otros. Alguien sano y feliz, comprende y asume que su vida es un acto de amor libre y libremente lo vive.

martes, 17 de enero de 2012

Mejor solo…

En la vida establecemos relaciones con otros seres humanos siempre. Somos sociales por naturaleza. Pero la naturaleza de nuestro ser social cambia, se transforma, se renueva. De las relaciones vamos aprendiendo a entablar otras relaciones. Así nos estamos siempre relacionando; repitiendo y corrigiendo formas, estableciendo vínculos. Hoy los humanos buscan “conectarse” con otros. El concepto de “amigos” ya no implica el conocimiento personal, ni el compartir del tiempo, ni el tener una historia en común; ahora se es amigo de otra forma: al hacer click en aceptar la invitación para ser un contacto de una red social.

Para mí la amistad implica una vida compartida, unos proyectos comunes, una historia, un conocimiento del otro, una aceptación de sus diferencias y una conciencia de sus limitaciones como una capacidad de aportar al otro como éste me aporta. Pero esa no es la amistad de la que se habla hoy; sino que está gobernada y limitada a una pantalla de computador. A una especie de “AVATAR”, en la que terminamos convertidos en una foto que nos aparenta.

Y esa falta de contacto humano está llevando a una vida social que se hace tan grande como un océano, pero tan profunda como un charco. Se conectan con muchos, pero no conocen, ni se dejan conocer por nadie. Están conectados, pero no hay compromiso humano con los otros. No existe una relación personal, sino virtual; y lo virtual tiene visos de inexistencia, de irrealidad.

Por eso vemos a tantos que tienen mil y más amigos en el Facebook o en Twitter, pero que no se relacionan con nadie, no tienen vínculos con ninguno. En este sentido quisiera que pensáramos en todas las veces en las que hemos mal invertido nuestro tiempo y esfuerzo para construir relaciones que no son ciertas. Cuántas veces hemos perdido horas y horas frente a una pantalla dejando que pase la vida de verdad y la gente de verdad sin que les interese.

También pienso en otras maneras equivocadas de establecer relaciones. Estoy seguro de que muchos tienen relaciones inconvenientes a las que se aferran inexplicablemente. Y pienso en los que se hacen amigos de gente que no aporta nada bueno a sus existencias. En los que se juntan para malgastar el tiempo. En los que se dicen amigos pero nunca ayudan. En aquellos que saben que el otro está equivocándose pero se callan para no dañar la diversión. Pienso en los viven juntos, pero nunca comparten una conversación sobre un tema serio.

Quisiera que revisaras qué tipo de relaciones tienes con los otros; que pensaras en la gente con la que compartes tu vida, quiénes son, qué los une, qué hacen juntos, de qué hablas con ellos. Esto no es accesorio, es urgente: necesitas pensar en tu vida, en lo que haces, si logrando algo que te haga sentir orgulloso y si quien te acompaña sirve para que pasen cosas buenas en tu historia.

Es mejor terminar una relación cuando descubres que nada te aporta, que trae más problemas que beneficios; cuando te detienes a pensar y te resulta difícil enumerar más de tres aportes positivos para ti. Sin embargo sé que nos cuesta mucho desprendernos de lo que nos hemos acostumbrado a tener y que preferimos la costumbre que la incertidumbre. Y por eso la gente dice que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Así mantenemos muchas relaciones insanas, que nos agobian, que nos resultan tormentosas, complicadas. No las rompemos porque tenemos miedo de la soledad y nos conformamos con cualquier cosa con tal de no estar solos.

Pero de qué vale conformarnos con asegurar ese “aunque sea” que tenemos; para qué aferrarnos a esa relación mediocre y quebradiza, si al final sabemos que quien está a mi lado preferiría no estarlo; ese que se aguanta todo de mí lo hace porque no hay más opciones. Creo que es mejor enfrentarnos a lo soledad, atravesar por un desierto sin rendirnos, porque estamos convencidos de que queremos lo realmente bueno, lo deseable.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

No está muerto quien pelea

Todos, en algún momento de la vida, hemos sentido que todo está perdido; que no tenemos ninguna oportunidad para salir adelante. Seguro que no falta el “amigo” que, con una falsa cara de dolor, nos diga que lo siente mucho pero que no lo intentemos, que ya no hay nada que hacer. Frente a esas situaciones tenemos dos posibilidades bien claras y definidas:
1. Nos damos por venidos y entregar todas nuestras “armas” diciendo que nada hay que hacer. Esta es una posibilidad que muchos asumen, declarándose vencidos antes de salir al último asalto. Esa opción nos deja amargados, tristes y derrotados. Es una decisión que nos deja con la pregunta interior de qué hubiera pasado si hubiéramos intentado un último esfuerzo. No es extraña este tipo de actitudes en una sociedad que predica el facilismo, la magia y teorías que invitan a alcanzar el éxito o el triunfo sin el esfuerzo necesario. Es fácil tomar la decisión de dejarse vencer por la situación, pero es difícil aceptar las consecuencias que se derivan después.

2. Dar la batalla con todas las fuerzas y luchar con la seguridad que todo se puede revertir y que toda adversidad se puede vencer. Para ello hay que prepararse, elegir la mejor estrategia y luchar con todas las fuerzas. Es la decisión de ir a la batalla a dar lo mejor. Por supuesto que estamos arriesgándonos, porque uno va a la pelea sabiendo que es posible que salgamos derrotados; pero y qué, igual perderemos si no lo intentamos. Pero hay una diferencia entre estos que nos se mueren hasta que se mueren, y los que no pierden los partidos hasta que se acaban.

Te propongo que no te desanimes frente a las adversidades, que no creas que ya estás perdido, que seas capaz de ceñirte como un valiente y enfrentar esa adversidad –por muy difícil que parezca- con la certeza de que vas a vencer. Puedes darte por vencido, puedes tirar la toalla pero, insisto, hay diferencias entre perder sin intentarlo o perder dando la batalla. Por eso saca fuerzas de desde dentro y date cuenta que puedes hacer lo mejor. Creo que debes trabajar sobre tres confianzas fundamentales para toda batalla:
1. Confía en ti mismo, para ello debes tener claro que eres una persona con las aptitudes que se requieren para la batalla, sabiendo que Dios ha puesto en tu corazón muchos talentos que no puedes despreciar. Esa confianza en ti se debe manifestar en una actitud decidida y constante.

2. También hay que confiar en aquellos con quienes hago equipo. Siempre necesitamos ayuda y es necesario creerle al otro. Saber que igual que yo, los que me rodean tienen valores, aportan cosas importantes, son talentosos. En la vida no sólo basta con lo que hago, siempre necesito un aporte más que yo mismo no puedo dar. Y en mi equipo hay quienes tienen esa ayuda oportuna que requiero.

3. Y, claro, una confianza plena y total en Dios. Él es el Dueño de la vida, y nos da su ayuda siempre. Ayuda que implica nuestro esfuerzo y no es mágica. Estoy seguro de que con esas confianzas y un plan de trabajo inteligente y real, podremos revertir todas las situaciones difíciles que tenemos; y si no tendremos la satisfacción de haber dado todo, esto no nos quita el dolor de la derrota, pero nos da un fresquito que nos hace sentir mejor.

Eso fue lo que les dije a los jugadores de Junior el martes antes del partido. Ellos, que son auténticos guerreros, lo creyeron e hicieron de ese partido una experiencia de triunfo que los junioristas no van a olvidar pues forma parte de las leyendas que tendrán para contar a sus hijos. Ahora no toca a nosotros mostrar que también podemos dar la batalla y ganarla; de tal manera que podamos sonreír. Creo en ti y estoy seguro que puedes hacer lo mejor. Ánimo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Nadie cambia a nadie

Una de las tendencias humanas más fuertes en las relaciones interpersonales es la de pretender producir cambios en las personas con las que interactuamos. Nos gusta pensar que podemos hacer que los otros sean de una manera distinta. Estoy pensando -por ejemplo- en las parejas que se dedican con todas las fuerzas de su corazón a tratar a cambiar aquel con quien viven. Para ello usan manipulaciones emocionales, económicas y toda clase de artimañas para que el otro sea como ellos quieren que sea. Porque es uno de los puntos más “arbitrarios” de la humanidad, este deseo de cambiar al otro que cambie según lo que yo necesito, quiero y pienso que debe ser.

1. Nadie cambia a nadie. Esto hay que tenerlo bien claro. Ningún ser humano cambia realmente por la presión de fuera. Si logra cambiar, lo hace porque ha tomado consciencia del error en el que se encuentra y lo dañino que es para los demás y para sí mismo, así decide interiormente cambiar y hacer las cosas de otra forma. Es una decisión personal e íntima. Esto lo entienden bien quienes han vivido con adictos y han hecho hasta lo imposible para que deje la sustancia que los está destruyendo, pero no lo han conseguido, pues sólo se dará ese ruptura cuando el adicto tome conciencia y decida por sí mismo cambiar.

2. Nadie cambia solo: Esta es la otra cara de la moneda. Ninguno puede decir que va a cambiar aislado de todos los demás. Esto es imposible. Siempre se necesita ayuda de aquellos con los que convivimos y de los que están preparados idóneamente para ayudarme. Por eso, es importante escuchar, analizar y tratar de comprender bien lo que los otros me dicen, porque es importante para cualquier decisión de ser y de actuar de manera distinta.

3. El amor y la aceptación es la mejor manera de ayudar a cambiar: Mientras tengamos que defendernos de los ataques de alguien, nos sintamos presionados u obligados a ser distintos a como somos, es muy probable que no cambiemos. Por inercia humana –válganme el concepto- no queremos dejarnos imponer nada de nadie. Cuando nos sentimos amados, aceptados y valorados, seguro somos capaces de comprender y aceptar lo que se nos está pidiendo e intentamos hacer lo mejor para actuar y hablar de forma distinta. Quien me ama, me ayuda a cambiar sin obligarme, amenazarme, ni manipularme. Cuando me siento amado, cualquier proceso de cambio es posible.

4. Hay cosas que no se pueden cambiar: También debemos saber lo que estamos pidiendo al otro que cambie, porque hay realidades humanas que definen la personalidad, que son estructurales y que no se pueden cambiar. Hay otras que forman parte de la dinámica de la personalidad y seguro que pueden ser distintas. En algunos casos es mejor tomar distancia de alguien que intentar cambiar lo que es imposible que cambie, porque eso lo define y lo hace ser quien es. .

5. Dios ayuda pero no lo hace solo: Sé que para algunos es fácil decir: Dios me cambia. Seguro que Dios tiene poder para cambiar a quien quiera pero ¡ojo! Recordemos que en la historia de salvación hay una clara opción de Dios por respetar la libertad de los hombres, por no obligarlos a nada sino por dejarlos ser. Pues entonces, para que Dios te ayude a cambiar, tienes que dejarlo actuar, tienes que tomar la decisión de hacerlo y luchar por tu cambio. Si no es pura cometa elevada al viento, con apariencia de verdad teológica y nada más.

Tenemos que aprender a respetar y a amar a las otras personas tal cual son. Igual que tener claro que ese es el mejor camino para actuar con los demás. Antes de comprometernos con alguien -o hacernos socios- lo mejor que debemos hacer es conocerlos suficientemente –sé que a nadie conocemos totalmente, pero intentarlo al máximo- para así minimizar el margen de error.

lunes, 1 de agosto de 2011

PENSANDO LA FAMILIA

La familia es el laboratorio en el cual aprendemos a ser persona. Por eso es tan importante que una y otra vez reflexionemos sobre ella y tratemos de comprender su situación y lo que tenemos que hacer para que pueda cumplir mejor ese rol en la sociedad. Es evidente que el primer objeto de nuestro análisis tiene que ser la propia familia, aquella en la que nosotros vivimos y con la que compartimos nuestras luchas diarias. Creo que una familia debe girar en torno a 4 ejes fundamentales:
1. Amor: Es la razón de ser de la familia. Ella se crea por amor y se define desde el amor. No es una reunión cualquiera de seres, es la reunión de seres que se aman y que están interesados el uno en el otro porque tienen claro que la felicidad de cada uno está determinada por la felicidad de los otros. Se necesita que este amor sea explicito. Esto es, que esté expresado en palabras, en actitudes, en acciones diarias. Muchas familias se han olivado que es el amor lo que las tiene que caracterizar, se les ha olvidado vivir de cara al otro. Sin indiferencias, sin desprecios, sin rencores. Buscando que el otro sea feliz. Cuando alguien que comienza su proceso de crecimiento –como un niño- no encuentra el amor como el espacio característico corre el riesgo de quedarse sin aprender a amar y a dejarse amar. Pero cuando alguien en el ocaso de su vida –como puede ser la situación de una persona mayor- no encuentra relaciones de amor en su familia podría terminar solo y amargado, porque sin amor nadie puede vivir. Insisto en que no es un amor nominal, es una experiencia viva y contundente. Es un darse por el otro, es un hacerle sentir al otro que es importante y que cuenta.
2. Tolerancia: La familia está marcada por la diferencia. En ella convivimos seres de diferentes características físicas, emocionales, espirituales, sociales. No somos iguales al interior de la familia. Convivimos adultos mayores, adultos, adolescentes, niños. Todos tratando de respetarnos, amarnos y aceptarnos tal cual somos. La tolerancia no se puede entender como indiferencia, como un no me meto con el otro, sino que tiene que ser vivida como un amar desde la realidad, como una comunicarnos desde lo que somos, como un compartir espacios desde los límites y las posibilidades que el ser diferentes nos da. Respetamos los roles que cada uno tiene que en la comunidad familiar. Se valora y se comprende la autoridad modélica de los padres, el querer aprender a toda carrera de los hijos, la sabiduría de los mayores. Se sabe que cada uno en la etapa cronológica y existencial en la que está tiene mucho que aportar al desarrollo familiar.
3. Disciplina: Los seres humanos para poder vivir con otros tenemos que aprender a vivir los límites y las obligaciones que tenemos con los demás y con nosotros mismos. Darnos cuenta que nos nuestras acciones tienen consecuencias y que somos irremplazables al asumirlas es una de las experiencias en las que el hogar nos aportarà mucho. Sacrificarnos, luchar, esforzarnos, saber medir y controlar nuestras emociones lo aprenderemos en la interrelación familiar. Es muy difícil que quien no haya aprendido a respetar la autoridad paterna pueda cumplir las leyes sin problemas. Sin en la familia se priva a los hijos de hacerles vivir en disciplina se les ayuda a crear un mundo irreal en el cual solo podrán vivir con psicopatologías o enfermedades psíquicas y emocionales. El mundo está marcado por el dolor y la tristeza y ellas las aprendemos a afrontar cuando en la familia se nos disciplina también.
4. Espiritualidad: El hombres sin espiritualidad es un ser incompleto. Tenemos que aprender y encontrar lo que es esencial al hombre y no pasa por lo útil, por lo valioso y material. Tenemos ir más allá de lo que podemos tocar, pesar, ver. Esa experiencia existencial sólo se puede vivir en casa. No se imaginan lo que sufro como predicador o formador de jóvenes cuando trato de propiciarles experiencias espirituales a jóvenes que pertenecen a familias que adora en el templo de los centros comerciales al dios venta-compra y que creen que el sentido de la vida se agota en la chequera, la tarjeta de crédito o los billetes que tengan. Es muy complicado que alguien que no ha visto que sus padres comprendan que el sentido trasciende lo histórico pueda gozar un rito o un momento de encuentro con el absoluto. Es en la familia dónde lo espiritual tiene que forjarse. El problema es que las familias de hoy desprecian esta dimensión y por eso más tarde –algunas veces muy tarde- la buscan de rodillas.
Esas son las familias que tenemos que formar. Desde estos ejes se despliega todo lo demás. Si no fortalecemos las familias les aseguro que vamos a asistir a la degradación del ser humano. Les bendigo y los invito a reflexionar en torno a sus familias.

jueves, 31 de marzo de 2011

Y cuando creo, qué

La experiencia de Dios es reveladora de sentido. Pero no es sólo que nos muestra su Ser y su voluntad, sino que su amor y confianza en nosotros muestra su sueño al crearnos, nos revela su ideal para nosotros. Por lo anterior, una experiencia profunda con Dios abre las puertas para un conocimiento verdadero de nuestro ser; nos debe llevar a la toma de conciencia de quiénes somos y qué podemos hacer.

Cuando nos ponemos ante Dios, infinito y eterno, tenemos que hacernos conscientes de nuestra pequeñez y contingencia. Estar frente a Él y conocerlo, nos debe llevar a estar frente a nosotros y conocernos. No somos dioses. Ni somos perfectos, ni santos absolutos. Esos son atributos de Dios. Nosotros somos frágiles, débiles, contingentes, finitos y limitados.

No podemos -ninguno de los que nos decimos creyentes en Dios- asumir una posición de juez o de acusador de nuestros hermanos. Aquel que ha descubierto quién es Dios, sabe también quién es él y, por lo mismo, tiene cuidado de no asumir posiciones que muestren que no conoce el amor profundo y total de un Dios que es fuente inagotable del perdón y de la aceptación del otro, aunque pecador.

Sé que es fácil creerse más que los demás y hacerlos sentir poca cosa con palabras y acciones; arroparnos bajo un falso halo de perfección que no tenemos y ofender sin detenernos a pensar hasta dónde cala una frase en el corazón de quien la recibe. También sé que es fácil estar al acecho de los errores de los otros y usar nuestro índice para hacerlos objetos de nuestras condenas bajo la equivocada convicción de que no caeríamos en los mismos errores porque estamos más avanzados en la escala del desarrollo humano.

Pero estoy seguro de que esas no son las acciones que se generan de una buena relación con Dios. Cuando conocemos a Dueño de la Existencia y nos damos cuenta de que nos ama a pesar de todo; que nos da nuevas oportunidades a pesar de nuestros continuos errores; que nos da fuerzas aunque nosotros las malgastemos en proyectos contrarios a los suyos; que nos levanta aunque hemos caído por cuenta de nuestra terquedad. Frente a un Dios tan lleno de misericordia para con nosotros, no tenemos otra cosa sino que tratar de hacer lo mismo con nuestros hermanos. Quien se siente amado por Dios lo mínimo que hace es aprender a amar a los otros que están con él en la vida diaria.

Tampoco nos lleva la experiencia de Dios a un comportamiento de mendigos, como personas que desconocen su valor o de sujetos incapaces de saber quiénes son y qué son capaces de lograr. La experiencia con el Señor nos hace conscientes de quienes somos pues, entonces, nos hace saber también cuáles son nuestras capacidades, cualidades, posibilidades, y nos lleva a reconciliarnos con los dones que Dios nos ha dado para la construcción de nuestro proyecto. Al estar frente a Dios me siento invitado a dar lo mejor de mí y salir adelante.

Es decir, la experiencia de Dios me hace saber quien soy: un pecador, que falla y está luchando por ser mejor. Soy alguien que tiene valor y que al reconocerlo se prepara para salir adelante. No asumamos las posiciones de ser jueces de nuestros hermanos, no somos nosotros los que tenemos que acusarlos o señalarlos por sus errores. Hacerlo es demostrar que estamos satisfaciendo nuestra envidia y tratando de llenar de mala forma los vacios que tenemos en función de los otros. Quien se siente santo y señala el pecado de los otros, está desviando la mirada de su conciencia para otro lado porque sabe que ha fallado mucho.

Tampoco podemos escudarnos en nuestra fe para asumir la posición de los que no quieren comprometerse con la responsabilidad de su vida. Debemos ser protagonistas de nuestra historia, luchadores que consquistan sus proyectos impulsados por la fuerza de Dios, sin triunfalismos pero sin falsas humildades que se convierten en lastre y enmascaran fracasados. Estamos llamados a dar lo mejor, a poner el ciento por uno, a conquistar metas, pero sin que eso signifique despreciar o maltratar a los otros.
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martes, 8 de febrero de 2011

¡Hay que crecer, aunque duela!

Los seres humanos nos movemos en medio de una tensión permanente entre el desarrollo y la decadencia, entre ir hacia delante y retroceder, hay días en que amanecemos llenos de optimismo y nuestro corazón se alegra porque nos descubrimos caminando con paso firme hacia el desarrollo, días en los que nos sentimos y nos descubrimos efectuando acciones de verdadera autenticidad, actos de verdadera libertad y responsabilidad; y entonces nos descubrimos con un corazón cargado de amor y dispuesto a desbordarse en servicio a los demás.

Del mismo, humanos como somos, tenemos otros días en los que el rostro de la decadencia se nos pone en la frente y un mundo de sombras empieza a encadenar nuestros pies, jornadas en las que nos cuesta levantarnos, nos es imposible tener un acto de amor, menos uno de servicio; días en los que no fluye la alegría, en los que sentimos gris la existencia y la sonrisa no es lo que queremos expresar sino que se parece más a una mueca desagradable… en fin, días que como dice sutilmente el poeta Porfirio Barba Jacob en su Canción de la vida profunda:

“Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar… Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal”.

Y yo quisiera asegurarte que estás en uno de esos días, de los tristes o de los alegres, de los dolorosos o de los alegres; pero también que pasará. No será eterno, no durará por siempre, como todo día, tendrá un final. Y esto lo digo para que pienses en que nada puede ser perfecto, ni en la alegría, ni en la tristeza; que tanto unas como otras no llenan la vida absolutamente, porque siempre habrá un resquicio por donde salen y entran dinámicamente las dos. Los días son temporales, no eternos; entonces tu situación también lo es, no estarás eternamente contento, ni por siempre estarás desconsolado. No hagas depender toda tu existencia de la situación actual; porque seguramente cambiará en cualquier instante. Mejor aprende a vivir, a disfrutar tu existencia con lo bueno y lo malo, con alegrías y tristezas, con triunfos y fracasos.

Afortunadamente los que creemos que somos obra de Dios y que fuimos creados a su imagen y semejanza; vemos perfectamente en el en Jesús, que es posible caminar con paso firme por la vida, rumbo a la eternidad, a pesar de la adversidad, a pesar de los días decadentes; él nos muestra que con la fuerza que viene de lo Alto que podemos vencer los miedos que nacen en nuestro corazón.

Crezcamos y asumamos nuestra existencia, con sus pros y sus contras. No le pidamos a Dios que nos quite los problemas, pidámosle que mejor que nos de la fuerza para vencerlos. No deseemos vivir en un paraíso sin sombras, como dice el filósofo Estanislao Zuleta; sino que nos enseñe a ser fieles a nuestra vocación de felicidad a la que fuimos llamados cuando nos creó como sus hijos. Desde Dios podemos vencer esa tensión en la que nuestra condición humana nos exige vivir. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu y cerrarnos a la fuerza del mal que nos empequeñece y nos roba la fuerza con la que estamos hechos para vivir.

Apropiémonos de la existencia que tenemos con valor. Y dejemos de echarle la culpa a todo y a todos. Ya no más excusas, ya no más justificaciones. Dejemos de decir: “Se rompió el vaso”, en lugar de decir: “lo rompí sin querer”; o: “se perdió la plata”, en lugar de “no invertí o no use bien el dinero”. La conclusión de todo esto es simple: buena parte de nuestros problemas se generan en comportamientos infantiles, por tanto ¡Hay que crecer, aunque duela!

www.elmanestavivo.com

www.yoestoycontigo.com

sábado, 12 de junio de 2010

Piensa bien, vive bien

La manera de pensar influye mucho en el actuar. Casi podría decirte: dime cómo piensas y te diré cómo actúas. Por eso, es bien importante que cada uno de nosotros se dé cuenta de cuál es la calidad de sus pensamientos. Estoy seguro de que se puede elegir la manera de pensar. Cada uno puede elegir una mentalidad de perdedor o de ganador.
Alguien que tiene un modo de pensar centrado en lo malo que hay en su vida y en la de los demás, que es pesimista, que desconfía de sí mismo y de los otros con los que entra en relación, que vive pensando en sus incapacidades y en las actuaciones del ayer en el que falló, ese muy probablemente perderá todas las batallas en las que participe y si es deportista, es muy seguro que, antes de que salga del camerino, ya estará derrotado.
Esa es una mentalidad perdedora, que está centrada en las incapacidades, en los defectos y en las experiencias de fracaso del pasado. Si nos relacionamos desde esta mentalidad seguro que nuestras relaciones van a ser conflictivas y a generar muchos problemas. Imagino las relaciones de pareja de alguien con mentalidad perdedora: sin duda estarán llenas de dolor, tristeza, fracasos y se parecerá mucho al infierno que tantas veces nos han descrito los literatos.
Por ello, creo que es importante elegir una mentalidad de ganador. Esto es, tener unos pensamientos “positivos” que nos impulsen a vivir de una manera constructiva. Cuando estamos llenos de pensamientos ganadores, somos empujados a la apertura del corazón y a descubrir todo lo “bueno” que la vida en los otros sujetos y en su desarrollo mismo trae. En una relación de pareja es fundamental que se tenga una mentalidad ganadora, una mentalidad positiva, porque eso hará que tanto la manera de ver, como la de relacionarse con el conyugue, esté planteada desde el amor, desde lo bueno que tiene para mí y no desde sus errores e incapacidades.
Te propongo algunas reflexiones sobre el cómo lograr una mentalidad ganadora, cómo alcanzar una transformación de tus pensamientos y que en vez de estar siendo impulsado por lo negativo puedas sentirte animado a ver lo “bueno” de la vida.
1. Hacer conciencia de que tengo una mentalidad negativa y está impactando de manera muy destructiva a mi ambiente. Sin esa conciencia no hay nada que hacer. Si eres terco y te mantienes en que esa manera de pensar es la correcta y sin capaz de sospechar sobre ella y darte cuenta de qué calidad son tus pensamientos, muy seguramente vas a sufrir una y otra vez.
2. Ser capaz de ver una y otra vez las cualidades que tienes y que tienen las personas que están a tu alrededor. Tienes que enfocarte en esas cualidades y capacidades para que desde ellas construyas la vida. No dejes que el pesimismo o el negativismo se apoderen de tu mente. Necesitamos elogiar a las personas con las que vivimos y evitar la constante crítica, pues nadie responde a buen elogio con rabia u odio.
3. Trata de mantener siempre frescos en tu mente los logros que has tenido. Es muy importante que tus experiencias actuales estén matizadas por esas experiencias positivas que la historia te ha permitido tener. Es fundamental beber aguas de triunfo y no quedarte soportando la hiel de los fracasos.
4. Disfruta la belleza del paisaje, la calidez de una buena melodía, la compañía de un buen libro, la caricia del mar o del agua en la que te bañas. Trata de conectar tu espíritu con valores trascendentales como la belleza, la armonía, la bondad. Te aseguro que eso te dispondrá a vivir de una manera distinta.
5. Una buena experiencia espiritual. Una centrada en el amor, que no genere miedos ante la diferencia y que no te esté acusando con el dedo índice siempre. Una que te ayude a aceptarte, valorarte y amarte tal cual eres y que te haga respetar al otro, aunque sea distinto y piense diferente, de una manera sana. Una que te haga ver con libertad a la gente, porque el pecado no está afuera sino dentro.
Estoy seguro de que puedes tener una mentalidad ganadora. Una mentalidad de alguien que es capaz de disfrutar la vida y hacérsela disfrutar a los que están al lado. Uno que puede sonreír a carcajadas porque comprende que todo es pasajero. Si logras pensar como ganador, actuarás como un ganador y levantarás las manos en victoria siempre.
PD. Comienza el mundial. Ya Argentina ganó su primer partido haré fuerza por todos los latinamericanos menos por Brasil, espero que salga eliminado en la primera ronda. Por ahora me preparo con los de mi barra para sentarnos con el mate a ver a la albiceleste, aguante Alex, aguante Hollman.

lunes, 22 de febrero de 2010

Yo te perdono: Yo

Más difícil que perdonar a alguien, que ya es de sumo bien difícil, es perdonarse a uno mismo de los errores y de las equivocaciones que hemos tenido que nos han dañado mucho. Sí, algunas veces lo que más cuesta es aceptar y perdonar que hicimos lo menos inteligente, que nos equivocamos a pesar de que todo el mundo nos advirtió el error, que todas las marcas de la vida nos llevaban a un camino o una decisión distinta. Estoy pensando en personas que eligieron a la persona equivocada y ahora no entienden cómo fue que lo hicieron y no se perdonan haber sido tan estúpidas. Pienso en las personas que pelearon y ofendieron, sin ninguna razón, a alguien que aman y que ahora están sufriendo las consecuencias de su inconsciente acción, por ejemplo. Me refiero, también, a aquellos que, por debilidad de carácter o por creer que era lo mejor, han actuado de una manera de que hoy se arrepienten. Esa falta de perdón a uno mismo se manifiesta en una tristeza, en un desgano y un volver constantemente sobre la misma situación.

Perdonarse a sí mismo es difícil pero es lo más liberador que hay. Cuando aceptamos nuestros errores y comprendemos que nos podemos amar a pesar de ellos; estamos en capacidad para comprender y aceptar los errores de los demás y, así, establecer con ellos relaciones sanas. Que me equivoqué no significa que valgo nada o que todo está perdido. Aceptar que no soy perfecto forma parte del proceso de crecimiento personal. Sé que existen personas cínicas e inconscientes que no se dan cuenta de sus errores y no crecen, ni mejoran, en sus dimensiones humanas. Pero tarde que temprano –más temprano que tarde- encontrarán el resultado de su inconsciencia. Te planteo varias ideas para reflexionar, si sientes que necesitas perdonarte.

1. Hay que vivir el presente. No puedes quedarte anclado en lo que ya pasó. Es necesario comprender que tu sentimiento es presente, pero la situación es del pasado. Esto es, sobre tu sentimiento puedes actuar; pero no sobre la situación que ya aconteció, esa no se puede variar. Esto lo digo para que caigas en cuenta de que seguir sufriendo por algo que ya no puedes variar, no es inteligente.

2. Una fuente clara de la falta de perdón uno mismo es el orgullo. Cuando nos sentimos más de lo que somos, o creemos que la felicidad está planteada en términos de perfección, y eso no es cierto. Nadie es perfecto, todos fallamos y comentemos errores. Por eso, si queremos ser felices tendremos que aceptarnos tal cual somos, asumiendo nuestra condición frágil y tratando de dar lo mejor en cada una de las acciones que realizamos. Si fallaste tienes que reconocerlo y darte cuenta de que no por ese error has perdido todo el valor que tienes.

3. Ser objetivo y darte cuenta si no perdonarte vale la pena. Muchas veces lo que nos está estancando el crecimiento es tan vano, tan inicuo, que no merece nuestra atención, ni nuestra preocupación. A veces estamos sufriendo por experiencias que ya los otros olvidaron o que no causaron todo el daño que nosotros creíamos. Analiza y pon en una balanza la situación que no te has podido perdonar, así como el daño que te ha causado no liberarte de ese sentimiento. Es probable que el daño sea demasiado grande que la situación. En la vida debemos aprender a ser objetivos y prácticos para actuar.

4. Aceptarse tal cual se es, y querer ser mejor. Sí, no hay otra, eres ese y sólo ese. ¿Para qué soñar con lo que no eres? Más bien acéptate tal cual y trata de mejorar. Esa es la única forma de crecer y de ser feliz. Asumir las fallas que se tienen y proyectarse de la mejor manera. Es descubrir que si estoy vivo es porque puedo salir adelante y ser feliz, ya que siempre tendré una nueva oportunidad.

El que no se perdona no se ama. No hay experiencias de amor que no pasen por la experiencia del perdón. El amor es real y reconoce las fallas del otro. Son el enamoramiento y el pensamiento narcisista los que nos montan en una burbuja mentirosa en la que no existen fallas, ni errores. La realidad supone fallas y tenemos que aprender a vivir con ellas y a salir adelante.

Dios siempre te perdona ¿por qué te vas a negar ese perdón? Dios siempre te da una nueva oportunidad ¿ por qué te la vas a negar?

miércoles, 17 de febrero de 2010

ENFRENTA A TU GOLIAT

La leyenda de David y Goliat nos presenta la actitud de un hombre creyente frente a un gran problema. Esa es la diferencia entre David y los demás hombres de Saúl. Mientras estos últimos tienen miedo a Goliat, David -fundándose en su fe y en su relación histórica con Dios- no le teme. Dos actitudes que aparecen frente a los problemas: les tememos hasta entrar en pánico frente a ellos o nos decidimos a enfrentarlos.

Creo que la primera actitud es aprendida y tiene que ver mucho con el entorno y con la sobreprotección de nuestros padres. Vivimos en una sociedad que nos enseña a tener miedo. Nuestros padres, queriéndonos proteger, casi que nos inoculan el miedo como la única herramienta para sobrevivir. En un momento de descanso entre predicación y predicación en los que ando, fui a uno de los Parques de Diversión de Orlando, Florida; y claro que ni Hulk, ni los dragones –que son montañas rusas exageradas y llenas de vértigo y velocidad- estuvieron en mi lista de visitas pues me causan cierto miedo; pero veía cómo los niños hacía filas para montarse en ellas. Pensaba que estos niños van a tener menos miedos que yo cuando tengan mi edad. Y es que uno aprende a tener más miedo del natural, por lo que hacen nuestros padres , quienes en vez de estimularnos a desafiar algunos retos nos invitan a atrincherarnos para no sufrir haciendo algunas batallas.

David no le teme a Goliat. Seguro que sabe de todo el poder de Goliat y conoce bien que está en desventaja. También seguro que ha pensado lo que va a hacer. Pero parte de saber que no puede tenerle miedo. Este Goliat representa los grandes problemas que tenemos en la vida. Los gigantes líos en los que nos metemos. Las inmensas dificultades que debemos soportar en nuestras vidas. Las temibles enfermedades que, a veces, nos visitan en nuestro cuerpo o nuestra casa. Y aunque tomemos todas las medidas pertinentes frente a estas situaciones, hay que partir desde el no-miedo para tener margen de acción y poder vencerlas. Si están ahí y no se irán, si es ineludible enfrentarlas, tienes que estar preparado.

Si miramos el texto (1Samuel 17,1-57) nos encontramos con que David parte de una confesión de fe: “Yahvé que me ha liberado de las garras de león y del oso, me librará de la mano de ese filisteo”. ¿Qué tal que todos partiéramos de esa certeza al enfrentar los problemas? David sabe que tendrá que salir al campo de batalla, tendrá que desafiarlo y enfrentarlo; pero sabe que Dios está con él y no va a dejarlo sólo. Eso es fe. Esa es la fe que necesitamos cada uno de nosotros, que cuando vemos los problemas nos declaramos deprimidos, derrotados, acabados y decimos que no podemos hacer nada. David sabe para qué está Dios en su corazón. Sabe que Dios se manifiesta a través de su fuerza poderosa en el corazón del que cree y lo impulsa a ser un vencedor.

También vemos que responde con destreza e inteligencia ante la situación: “Tomó su cayado en la mano, cogió en el torrente cinco piedras lizas y los puso en su zurrón de pastor, en su moral. Y con su honda en la mano se acercó al filisteo. El filisteo fue avanzado y acercándose a David, precedido de su escudero. Volvió los ojos el filisteo, y viendo a David, lo despreció, porque era un muchacho rubio y apuesto… David salió rápidamente de las filas al encuentro del filisteo. Metió su mano David en el zurrón sacó de él una piedra, la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra cayó de bruces en tierra”. Confía en Dios, pero sabe lo que hace. Esto es, actúa con inteligencia. Muchas personas con un actitud fanática no se preparan para el combate, ni usan las herramientas que Dios -a través de la ciencia le ha dado a los hombres para enfrentar sus males-sino que quiere que todo se lo resuelva el Señor ¡No! Este es un buen tirador de piedra. Conoce la técnica y la usa de la mejor manera. Sabe que puede afectar con un buen lanzamiento al Gigante y así lo hace. Eso debemos hacer para enfrentar los problemas. Tenemos que echar mano de lo que Dios nos ha puesto a nuestro alrededor. Hay que ir al médico, al psicólogo, al abogado, a quien corresponda para aprender cómo puedo responder a ese problema, a esa enfermedad.

Estamos decididos a vencerlo en el nombre de Dios y buscamos todas las herramientas que Dios nos ha dado para hacerlo. Es importante tener clara está combinación para enfrentar las situaciones difíciles. No tengamos miedo, pero tampoco seamos fanáticos.

No sé cuál sea tu Goliat hoy, pero lo que sí sé es que con tu fe y con la inteligencia que Dios ha puesto en tu vida lo puedes vencer. Te bendigo y pido a Yahvé que esté siempre contigo.

lunes, 18 de enero de 2010

Primero lo primero

Para salvar una relación afectiva lo primero es tener claro si, de verdad, se quiere salvar. Porque muchos casos hay en los que los actores hacen todo para terminar la relación que sostienen. Pues es posible que la relación esté tan desgastada que ya no se quiera continuar con ella.

Hay muchos que no terminan de un todo, sino que prefieren agotarse en una relación que les resulta angustiante, tediosa, fofa o ridícula. Entonces hay que partir de la certeza de que se quiere rescatar una relación que está en crisis, pero que se considera importante, valiosa, deseable.

Y esta consideración primera no es de los espectadores, sino de los actores mismos de la relación. Es decir, no es tu mamá quien decide que debes salvar tu matrimonio; ni tus amigos los que deciden si vale la pena seguir; ni nadie. La primera toma de conciencia que se debe hacer es por parte del miembro de la pareja en conflicto. Quien debe saber qué quiere frente al otro.

Intentar salvar una relación que no se desea como la realización del futuro es como arar en el mar. Mejor dicho, es extender indefinidamente una tortura. Es por eso que la primera pregunta frente a tu relación en conflicto sería: ¿quieres salvarla? Mientras haya titubeos, dudas o ambigüedades en la respuesta, no será posible hacer un plan de salvación; porque se seguirá navegando en el mismo mar y es muy complicado esperar resultados distintos, mientras se hace lo mismo.

Luego de tener claro que se quiere salvar la relación, entonces habrá que establecer un plan de trabajo posible y realizable, que tenga -por lo menos- las siguientes características:

1. Que parta de la toma de conciencia de los defectos, errores y responsabilidades de cada uno en el conflicto. Es decir, que cada quien asuma que no es perfecto, que la culpa no es del otro únicamente, que la solución también me pedirá unos cambios en mis conductas y actitudes, unas renuncias y unas afirmaciones. La tendencia normal, insisto, está en señalar al otro como principal causante de los conflictos y esto es equivocado; primero porque nadie es completamente malo y, segundo, porque me hace quedarme estático pues todo está bien conmigo.

2. Que parta de la disposición de cada uno de sacrificarse y esforzarse por cambiar o transformar las actitudes y los comportamientos que sean necesarios. Los cambios no son fáciles porque nos quitan el piso seguro de la costumbre; porque nos desacomodan y nos hacen sentir inseguros. Pero si descubrimos que hay cosas por cambiar y queremos realmente salvar una relación, es fundamental e ineludible hacerlo.

3. Que parta de la disposición por ceder en algunas situaciones, no se puede pretender, vivir en pareja, sin ceder un ápice en las posiciones negociables que se tengan. Todos debemos tener un espacio de tolerancia que abra el espectro para moverme de la posición en la que estoy hasta donde mi capacidad me lo permita y donde no esté en juego mi dignidad.

4. Tener presente que la otra persona es la que elegí para que me acompañe en el camino hacia la felicidad, por lo tanto, merece mi mejor actitud y mi mejor disposición ante ella. Esto es, debe ser objeto de mi cariño, de mi ternura y de mi amor. Jamás puedo olvidar esto, pues hacerlo equivaldría a llamarla enemiga y acreedora de mis peores epítetos y actitudes existenciales.

5. Es importante trascender las acciones y descubrir las intenciones que animan a la persona que me ama. Saber que los seres humanos, primero yo, podemos equivocarnos cuando queríamos hacer algo bien. Entender que las acciones algunas veces son contrarias a la intención, que es posible no decir lo que se quiere porque se escogieron frases o gestos erróneos.

6. En las personas con una dimensión espiritual se debe recordar que esa unión es signo visible del amor de Cristo por la Iglesia (sacramento), es decir, una pareja que se ama es una pareja que transparenta a Dios.

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viernes, 13 de noviembre de 2009

ENEMIGOS POR MI BIEN...

¿Qué hacer con la gente que no nos quiere y se comporta como nuestros enemigos? Así me pregunta la señora, con cara de tristeza y de angustia. Le respondo que debe comenzar por hacer realidad la petición que nos hace el evangelio de amar a nuestros enemigos (Mateo 5,43-48). Sí, en el evangelio se nos pide que en nuestro corazón no haya odio, ni rencor, ni ansias de venganza contra nadie, ni aún contra aquellos contra los que tendríamos razones para tener esos sentimientos. Es más, se nos pide orar por nuestros enemigos, y ¡Pilas! Estoy seguro de que esa oración que se nos pide por ellos es de bendición y prosperidad. No te imagino diciéndole a Dios Amor ¡elimínalos! No. Eso no cabe en la lógica de misericordia de Dios. Teniendo esta petición del Señor como presupuesto le propuse a la señora las siguientes reflexiones:

1. Hay gente que no nos quiere y tienen razón para no hacerlo, pues nosotros le hemos fallado o, simplemente, le hemos hecho daño –algunas veces sin darnos cuenta y otras veces con toda la intención- y están resentidas. A ellas debemos pedirles perdón y hacer un cambio de actitud que no nos permita dañarlos más. Tenemos que ser conscientes de quiénes somos y de qué hacemos, sabiendo comprender las reacciones de los demás ante nuestros comportamientos. Es obvio, que ninguna acción justifica una reacción violenta; pero también es claro que, algunas veces, nos hemos ganado -por nuestros comportamientos y actitudes- el no-cariño de los otros. La solución es pedir perdón. Ahora, si la otra persona no nos quiere perdonar está claro que no podemos hacer nada más. Recordemos que no podemos obligar a nadie a que nos perdone. Esta es una decisión personal. Por ello les invito a ser humildes en reconocer sus faltas y estar dispuestos a pedir perdón.
2. La gente que no nos quiere, con sus criticas y con sus ataques nos hace mucho bien. Por eso Maquiavelo decía que era necesario escoger bien a los enemigos. Cuando alguien te ataca, o te critica duro, muy seguramente te muestra flancos de tu vida que son débiles y que debes trabajar para fortalecerlos. Es decir, nadie te ataca por la parte más fuerte que tengas, ni te critica por lo bueno que eres y haces. Luego entonces, sus críticas te pueden servir para descubrir qué no estás haciendo bien o en qué te estás equivocando. Eso es una ganancia, ya que te hace conocerte más y saber que es lo que proyectas hacia los otros.
3. Hay que defenderse. En medio de la civilidad. Con control de las emociones. Sin miedos. Cada uno tiene derecho -y para eso está la ley – a su buen nombre, a la salvaguardar su integridad, a los espacios necesarios para desarrollarse. Uno nunca debe creer que la violencia es una solución, pues ella engendra más violencia. Sin embargo hay que aprender a plantarse y a saber que hay derecho a decir que no, con firmeza y claridad, y hacerse respetar. El peor enemigo es el miedo; a éste no lo podemos dejar anidar en nuestro corazón, sino que hay que ser contundentes con él. Al fin y al acabo, estamos en las manos de Dios. Como dice Pablo: “Si vivimos vivimos para Cristo y si Morimos, morimos para Cristo”.
4. Hay algunos a los que no hay que pararle bola. Ya que muchas de esas personas no nos quieren, gente de malos sentimientos, que por su envidia o por sus complejos, nunca tratan de hacer el bien, sino se empeñan en hacer el mal, y creen que su cielo es el infierno de los demás. No vale la pena desgastarse con ellos. Mucha gente está pendiente de lo que te sucede o no te sucede para sufrir, eso no debe atraparte. Tienes que vivir con algo de indiferencia esos temas.
5. Tener claro que Dios te protege. Eres inteligente y Responsable. Vives sabiendo qué hacer y cómo comportarte; pero confiando en el poder de Dios. Él lo es todo y tienes que estar seguro de su presencia en tu vida. Di muchas veces lo que dice el salmista: Mi ayuda viene del Señor, Creador del cielo y de la tierra. ¡Nunca permitirá que resbale¡ ¡Nunca se dormirá el que te cuida! No. Él nunca duerme; nunca duerme el que cuida de su pueblo. (Salmo 121,2-4). Hay que vivir por tanto con la seguridad de la fe.

Insisto en lo que ideal es no tener enemigos; pero si, por esas condiciones humanas aparecen, hay que saber actuar frente a ellos y no temer. Quien vive con miedo no puede ser feliz. Eso sí, tampoco se trata de ser un “gallito de pelea”, porque esos siempre terminan en la olla del sancocho.

martes, 16 de junio de 2009

¿Se puede cambiar al otro?

Es más fácil la crítica que la autocrítica y más sencillo detectar defectos ajenos. Digo esto porque siempre nos damos cuenta del error del otro o de lo que éste tiene que cambiar. Es mucho más fácil tomar conciencia de lo ajeno, que de los propios errores y de las propias equivocaciones. Es más, queremos ayudar a esa persona equivocada cambie. Todos tenemos la pretensión de cambiar a alguien. Es una buena intención.

Aunque se nos olvida que nadie cambia a nadie. Que el cambio es, siempre, fruto de la toma de conciencia personal de que algo no estoy haciendo bien; o nace cuando percibo en mí eso que soy –o que muestro- no es lo correcto y decido cambiar. El cambio es un hecho personal, que se da en el espacio inviolable de la conciencia, en ese espacio al que solo tengo entrada directa yo -y nadie más-.

Para ayudar a que otros vivan mejor, tengamos conductas positivas, generen mejores relaciones y crezcan; lo que podemos hacer es tratar de provocar espacios, situaciones, acciones, que les permitan reflexionar y hacerse cargo de sí mismos para intentar un cambio. Pero más no podemos, ni obligarlos, ni buscar varitas mágicas o pócimas secretas que hagan el trabajo que ellos no quieren hacer, ni llevarlos donde algún gurú que en media conversación transforma bandidos en gente. En esto siempre me pasa, que a mi oficina llevan a más de uno obligado, porque creen que yo puedo “cambiar” personas, como si tuviera bodegas de seres humanos para hacer trueques o poderes divinos para decir dos cosas y transformar al otro… y eso no lo hace ni Dios si el hombre no abre el corazón y toma la decisión de cambiar.

De acuerdo a lo anterior, quiero invitarte a reflexionar sobre algunos puntos concretos en este sentido:

1. Todos somos diferentes y debemos aceptarlo así. Ni nuestros hermanos, con los que compartimos el mismo Adn y con quienes vivimos en los mismos espacios sociales, somos iguales. Eso hay que aceptarlo y nuestras relaciones tienen que partir de allí, de la insoslayable diferencia que existe entre un ser humano y otro. Por más parecido que haya, también hay mucho que nos hace distintos, aunque no desiguales.

2. Todos tenemos "peros", nadie es como el otro quiere que sea. Todo el mundo tiene sus propias características que pueden ser molestas y dañinas para el otro; incluso detrás de lo que era una virtud. No se puede pedir que alguien sea organizado, sin que quiera incluirte en sus cosas por organizar; ni se puede querer que alguien sea tranquilo, sin que llegue un momento en el que quisieras que actuara más rápido. Hasta en momento pudiéramos llegar a cantar con Adriana Lucía: “lo que antes te gustaba, es lo que ahora te molesta”.

3. Todos somos dueños de nosotros mismos y de lo que hacemos. Hay una responsabilidad que es individual y que nos exige un compromiso personal. Por mucho que los otros traten de meterse en estos espacios no lo logran. Y así como peleamos con uñas y dientes por ese espacio personal, por nuestra propia libertad; también debemos reconocer y validar la lucha de los otros por lo mismo. Pretender gobernar los gustos, las necesidades y las decisiones de los otros, además de molesto, es completamente inútil, lo más que lograremos es que se pongan máscaras frente a nosotros.

4. Todos podemos propiciar, a través del buen ejemplo, de la coherencia de vida y de las palabras asertivas, espacios de reflexión y de acción para que los otros cambien. Servimos de espejo a las acciones de los demás, posibilitamos reflexiones con palabras precisas, propiciamos encuentros para que evalúen; pero más no podemos. Tengamos en cuenta que nada de esto se logra por imposición, por fuerza o por coacción.

5. Es necesario tomar la decisión de gozarnos a los otros o de tomar distancia de ellos -sin violencias- para poder vivir en paz. Eso sin la pretensión de jugar a ser dioses que cambian a los otros con palabras mágicas. Hay gente que me conviene y otra que no. Si tengo claro que no puedo vivir con ellos, si siento que me dañan, si estoy seguro de que no me aportan nada bueno; entonces debo buscar otros espacios, encontrar otros círculos sociales que me ayuden.

6. Sólo el amor verdadero, que aceptación plena, genera procesos de transformación en el otro. Es claro, el único camino para ayudar a transformar a los demás es amarlos; sin eso, estamos perdiendo el tiempo. Sólo influimos en quienes nos aman o nos admiran, sólo soportamos los errores de aquellos que valoramos por encima de su equivocación, sólo puedo tener relaciones sanas con aquel que es importante para mí, aunque tenga conductas por mejorar.

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jueves, 7 de mayo de 2009

A Dios rogando y…

Se la leí alguna vez a Clara Lubich… y, desde ese momento, fue una frase que me ayudó a comprender mi relación con Dios: “Confía en Él como si todo dependiera exclusivamente de Él y Trabaja como si todo dependiera exclusivamente de ti”. Estos dos verbos definen mi acción como hombre que se relaciona, que ha tenido un encuentro con Dios, y trata de vivir conforme a esto: Confiar y Trabajar. Creo y lucho. Espero y conquisto. Agradezco y celebro. Soy un creyente, pero también un combatiente. En la fe cristiana esas realidades no se oponen, sino se retroalimentan. Quien sólo cree y no trabaja es un fanático. Quien sólo trabaja, pero no trasciende, es un humanoide. Necesitamos tener las dos actitudes para ser un buen seguidor de Cristo.

Traigo hoy esta reflexión porque considero que, desde esta frase, podemos proponernos enfrentar la “epidemia” de estos días, la gripa porcina. Necesitamos tomar todas las medidas higiénicas, saber qué se debe hacer y estar todos comprometidos para prevenir una infección. Pero, también, debemos saber que estamos en las “manos de Dios”, esto es, hay que tener fe para salir adelante. Ni nos achantamos a que todo lo haga Dios, ni entramos en pánico creyendo que todo está perdido.

Tenemos que ser responsables ciudadanos que cuidan y propenden por la salubridad pública, como también orantes que confían en el poder de Dios, en su protección y su cuidado. Enfrentamos las situaciones que formen parte de nuestra propia historia y que sean ocasionadas por nuestras decisiones y acciones; pero, a la vez, tenemos que leer los contextos, ese cúmulo de acciones y relaciones de la historia, desde la fe.

Los creyentes no entramos en pánico; sino que hacemos lo que nos toca hacer. Y, además, lo hacemos de manera exigente y perfeccionista. La diferencia están en que luego -al final de todo- descansamos en las manos del Señor, y le decimos ahora te toca a Ti. Todo esto tiene que ser motivo de serenidad y seguridad; pues a través de la historia de salvación –la del pueblo de la Biblia y la nuestra propia- hemos podido corroborar su amor por nosotros y su decisión de ayudarnos a que todo salga bien. Nos esforzamos al máximo, al mismo tiempo que nos abandonamos a su providencia, sabiendo que Él nunca nos falla.

Por eso creo que ningún creyente de verdad puede dejar que esta situación le haga perder el sentido, ni mucho menos que lo lance a la desesperación. Los que confiamos en Dios siempre salimos adelante. Aunque pase lo peor, sabremos leerlo desde su amor y allí tratamos de encontrar la bendición para nosotros. Nuestra vida no sólo queda expuesta a lo que podemos hacer, sino que nos sostiene y nos alienta la esperanza puesta en Dios.

No somos unos esclavos limitados y únicamente posibilitados por nuestras capacidades; sino que somos seres que viven confiados en al amor de Dios. Tenemos más allá, trascendemos, oteamos la realidad, salimos del presentismo, nos caracteriza la esperanza en Él. No todo termina donde terminamos nosotros. Somos conscientes de que trascendemos. Esa experiencia, el encuentro que hemos tenido con Aquel que nos ama y que nos protege siempre, es lo que no nos deja ser presas del pánico; la certeza de Dios en nosotros no nos permite percibirnos desesperados, ni angustiarnos hasta perder el control. Sabernos espirituales nos da la paz que se requiere para seguir actuando con inteligencia y fortaleza en la vida.

Ahora, está claro: quien no esfuerza no debe pedir a Dios ayuda –como si fuera una especie de mago que saca realidades de la nada- pues aquel que no sale a conquistar sus metas no puede pretender que Dios lo bendiga con la realización de ellas. Damos lo mejor de nosotros. Estamos dispuestos a todo. Sabemos que la vida se hace con pasión y dedicación; pero contamos con el amor de Dios que nos llena de todo. Así somos los creyentes a la manera de Jesús.

No sé cuál sea tu situación en este momento, ni sé tu problema, ni tu angustia; pero quiero invitarte a luchar, a dar lo mejor de ti, a construir respuestas inteligentes, a sacar todo lo que tienes, a descubrir tu capacidad de lucha, de aguante, de conquista. Y del mismo modo te invito a confiar, a creer y esperar en Dios, a confiar en su poder. No te desesperes, no pierdas el control que nada te podrá destruir pues eres de Dios. Nada podrá acabar contigo, porque tu vida y el sentido de ella, trasciende todo esto. Nosotros no nos ahogamos en el mar de la intrahistoria, nosotros sabemos trascender, nosotros somos creyentes que vamos con el mazo dando.

lunes, 6 de abril de 2009

… ¿cuando se usaba el tacón adelante?...

Estoy en el aeropuerto de Los Angeles (California) y al ver tantos cortes de cabello extraños para mí, tantos tatuajes que me parecen grotescos, tantas modas en las que la gente propende por verse mal por ser –aparentemente- original, me pregunto: ¿En qué momento el valor de la belleza cedió su lugar a la rareza?; ¿en qué momento la armonía no definió lo bello, sino que esta fue definida por lo impresionante?; ¿cómo fue que comenzó a contemplarse lo que fue hecho para pasar rápidamente?

La verdad no sé cuándo pasó esto No sé. No estoy enterado de cuándo dejamos que lo accidental desplazara lo esencial. Ni cuándo fue que los ojos del corazón se quedaron ciegos y comenzamos a ser guiados por la miopía o caímos en el reino de los ojos que sufren presbicia. No sé en qué momento quedamos expuestos a convertir la extrema delgadez en la panacea, o a pensar que si no somos flacos cadavéricos seríamos despreciados por nuestras características lípidas. No sé cuándo fue que las fotos pudieron hacer “milagros” gracias al embustero del fotoshop que quita y pone según el engaño que exija la venta.

No sé el momento exacto, pero sospecho que fue en el mismo momento en el que los papás ya no eran papás sino “mejores amigos” que como tales no disciplinaban, sino alcahueteaban. Creo que sucedió simultáneamente cuando ya no importaba qué, ni cómo lo hicieras con tal de que tuvieras plata. Seguro fue cuando el pudor fue cosa de ancianitas que no tenían nada qué mostrar, porque todo estaba arrugado. O pudo ser cuando la fidelidad fue sólo cuestión de curas célibes que pretendieron privar a los otros de lo que su propia decisión les había privado. Tengo la impresión que esto sucedió cuando un político (“servidor público”) comenzó a ser bueno porque robaba pero poco (también puede aplicarse a aquellos que pedían comisiones “bajas”, entre el 10 y 15%). Debió pasar cuando Dios dejó de ser un “dador de sentido”, para sólo ser un “bombero” que pedía diezmos por ayudar a los necesitados. Seguro que sucedió cuando los dibujos animados dejaron de parecer seres comunes y corrientes y se convirtieron en “monstruos” bien extraños y maleducados que trasgreden toda regla posible, -obviamente, sabiendo nosotros que eso nada influye en la conducta de los niños pues quien crea lo contrario es un dinosaurio bruto y oxidado-.

No sé quién lo hizo, ni con qué intención; pero sospecho que fue alguien bueno que quería hacernos más humanos y liberarnos del yugo de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, para dejarnos disfrutar de lo impresionante, lo aparente y lo útil. Me imagino que debo saber quién fue para agradecerle el favor puesto que ahora todo es mejor –que no me escuche mi abuela quien creía equivocadamente, absurda, incoherentemente, que lo de antes era mejor-. Y es que la prueba está a la vida, salta a ante nuestros ojos: ahora la gente es más feliz.

Sí, gracias a todo esto, ahora hay menos enfermedades psiquícas, emocionales, afectivas y menos drogadicción. La gente es más libre y más feliz. Las familias desbaratas y confusas generan seres humanos más firmes interiormente y constantes en sus búsquedas de realización. Sí, señor, la depresión, las manías, las angustias, el stress, la delincuencia juvenil, los abortos, la corrupción total, los divorcios tempranos, la campante inseguridad, la violencia absurda y extrema, esas atrocidades ya son cosas del pasado –del tiempo de la dinosaurio de mi abuelita- y, ahora, señores, ahora las salas de los psiquiatras y psícologos están vacías. Al volverse todo liviano, todos fuimos más felices.

Disculpen ustedes, de verdad disculpen que, un retrógrado como yo, prefiera el otro camino, que me declare en rebeldía contra esta manera de ver y hacer la vida. Disculpen que viva a lo “antiguo” –que no implica estar cerrado a lo nuevo, sino que implica tener convicciones y razones que no son negociables porque sostienen el sentido-, que crea en el amor fiel y definitivo, que crea en la búsqueda de lo bueno y de lo verdadero, que trate de ser coherente y consecuente con lo que piensa, habla y hace que pueda entender que mi unicidad no pasa por lo grotesco. Disculpen, yo no creo que haya existido un mundo ideal en el ayer, ni que todo tiempo pasado fue mejor, pero que vamos caminando hacia la pérdida del sentido y hay que resistirnos a ser del montón que camina al despeñadero, eso sí lo creo.

Disculpen ustedes que crea lo que me define no sea mi apariencia, que ni tampoco mi comportamiento, sino por lo que imprima mi identidad y esencia más profunda y más personal. Disculpen que siga gritando que el Man Está Vivo y que los invite a conocer a Dios y a dejarse a amar por Él, a descubrir cuál es su propósito para nuestras vidas. Disculpen que los siga invitando a relacionarse con total libertad y disponibilidad, con alguien que no se escandaliza porque tú seas diferente, porque conoce que la diferencia real está en tu corazón, en que eres único e irrepetible de verdad

domingo, 15 de marzo de 2009

Ni mudo... ni bocaza

Tengo un amigo que, cuando el equipo de fútbol por el que hincha va a jugar, nos llama por teléfono a ofrecernos goles a montón y a decirnos que ganará y que es el mejor. Es alguien alegre, dicharachero y muy idealista que siempre está dispuesto a disfrutar los triunfos de su equipo. La gran mayoría de las veces su blanco equipo lo deja mal –por lo menos en el último tiempo- y termina perdiendo y/o eliminado; entonces, apaga el celular, no contesta los mensajes de voz, ni se aparece por la Internet y se hunde en un mutismo melancólico y gris. Cualquiera diría que de tantos golpes ya debió aprender… pero ¡qué va! Sigue y sigue hablando, ofreciendo derrotas, imaginando resultados favorables y gozando antes de triunfar.

Muchas veces creo que tiene razón y que así de optimista debiéramos ser todos antes de iniciar un proyecto; otras veces creo que debiera aprender a guardar silencio y a no cantar victoria antes de tiempo. No es que sea una contradicción, sino que quien quiera triunfar tiene que ser capaz de compartir los triunfos, contárselos a otros y disfrutar al máximo no debe perder de vista la humildad que lo capacita para seguir compartiendo con los demás.

Sé que la verdadera actitud de la vida está entre el cacareo de la gallina que pone un pequeño huevo y el silencio del Avestruz que no dice nada con su “postura”. Hay que saber cuándo cacarear y cuándo hacer silencio. Hay que analizar bien cada situación y tener la actitud adecuada para resaltar lo que se ha hecho, como también para no perder la compostura y ser altanero con los demás. Sé que muchos no creen en lo que hacen y, por eso, aunque han “puesto” un huevo tan grande como el del avestruz, guardan silencio y terminan desperdiciados en el cuarto de “San Alejo” de la vida; esas son personas que no saben venderse y anunciarle a los otros lo que han logrado, pasando de manera inadvertida por la existencia. Otros, en cambio, alardean demasiado, cacarean con tantas ganas que sus ruidos revolotean por toda la vida de manera exagerada, ante lo pequeño de lo que han logrado; la bulla es muy grande para lo poco que hacen, son elitistas y se venden en demasía, dejando a los que interactúan con ellos con la sensación de que son estafadores o embaucadores.

Saber cuándo mostrar lo hecho y cuándo callar es una habilidad que debemos desarrollar si queremos triunfar y ser verdaderos líderes en nuestros grupos. Es importante saber “mercadearse”, eso no va en contra de la humildad, quien dice lo que hace bien y elige el momento para hacerlo, está mostrando a los demás de lo que es capaz. Exaltar las virtudes de lo que hacemos no es pecado, pecado es exagerar, ser un prepotente que con palabras hiperbólicas, tratar de hacer del agua de una “checa” un tsunami. Eso sí es falta de humildad, es mentir, exagerar, engañar con tal de ser reconocido. Si bien es cierto que no podemos ser “bocazas”, también es cierto que no podemos ser gente tímida y callada que no comparte sus logros y que termina arrinconada por los mediocres que a punta de “mercadearse” han logrado ser exaltados.

Ahora, lo que no podemos es dar por ganado lo que no hemos ganado. Nuestro optimismo no nos puede llevar a negar la realidad creyendo que con un chasquido de dedos podremos triunfar. Mi amigo falla no porque es optimista y le gusta hacer conocer sus triunfos, sino porque gana antes de que comience el partido, en el que normalmente pierde y entonces tiene que hacer una “ensalada” –ya que está haciendo dieta- con sus palabras y comerlas.

Mi invitación hoy es a que seas capaz de valorar tus triunfos, de sentirte orgulloso de lo que logras, de celebrar los motivos que la vida te regala a través de las capacidades que tienes, de creer en ti y de compartir con otros tus victorias y hacerles comprender que Dios te ha dado muchas bendiciones para compartir con ellos. Y, también, a ser capaz de guardar silencio en los momentos oportunos y jamás exagerar con lo que haces, ni pretender que tus triunfos son más que los de los demás y, por eso, pensar que tienes el derecho a pisotearlos y a creerlos inferiores a ti.

Goza tus triunfos, disfrútalos y compártelos con los que amas. Que ellos sepan que eres un ser victorioso que sabe comprender cada situación de la vida. Pero a la vez no alardees y se capaz de esperar el momento oportuno para compartir lo que has logrado y Dios te ha dado.

lunes, 9 de febrero de 2009

¿Es mejor solos?

Una de las situaciones más duras de la vida moderna es la soledad. Se ha convertido en el ¨coco¨ moderno con el que nadie quiere encontrarse. En nuestra apresurada vida actual, todos le huyen a la soledad. Por eso, los fugitivos de la soledad, llenan su vida de aparatos electrónicos que los acompañen haciéndoles presentes otras voces distintas a las suyas, voces que –aunque lejanas- les hagan creer que están con otros.

Este mundo de la globalización, de la intercomunicación, de la comunicación generalizada, de la tecnología deslumbrante en medios como Internet, teléfonos móviles, reproductores digitales de música y radio, etc. este mundo nos ha enseñado a tenerle miedo a la monstruosa soledad y se empeñó en hacernos creer que quien está solo es infeliz y no puede construir nada.

Tengo que comenzar diciendo que la soledad no es siempre una desgracia, ya que ella nos puede permitir tomar distancia de los ruidos y de las situaciones que nos alejan de nosotros mismos, propiciándonos un espacio para el encuentro con nosotros mismos y con el absoluto, es decir, con Dios. Cuando se acallan las voces de este mundo nos queda escuchar nuestra propia voz interior y en ella encontrar al Dueño de la vida. En muchas ocasiones la soledad es la condición de posibilidad para el encuentro con Dios. Por ello, no debiéramos tenerle miedo sino aprovecharla.

Comprendo también que hay unas experiencias de "solitariedad" y de aislamiento que nos dañan y que nos llevan a sufrir. Somos seres sociales y necesitamos a los otros para podernos realizar de manera adecuada, tampoco eso podemos negar. Sentirse poco valorado, despreciado, marginado y creer que no se es importante para nadie, nos hace daño y nos lleva a la infelicidad. Necesitamos tener relaciones intensas con los otros y saber que somos importantes para ellos.

Franco Devita cantaba: "te veo venir soledad", aludiendo a que la soledad no es algo que cae del cielo sino es algo que nosotros construimos con nuestras actitudes. También es una decisión que tomamos, algunas veces consciente y algunas otras sin percatarnos de ella. Lo cierto es que las opciones que tomamos y las conductas que asumimos, pueden dejarnos a las puertas de la soledad y debemos estar preparados para que esto pase.

Por ejemplo, cuando vivo desconfiando de los otros, cuando todo lo que hacen me parece sospechoso y me amargo y los amargo por eso, entonces tengo que ir preparándome para quedarme solo. Si soy miedoso, si no me atrevo a entablar relaciones con facilidad, si no me abro a los demás porque temo ser defraudado o abandonado, entonces no puedo esperar otra cosa que la soledad al final del camino. Si tengo una crítica ácida para todo, si me produce placer encontrarle defectos a todos y a todos, si no puedo contenerme cuando descubro fallas y me resulta placentero decirlas abiertamente; yo también debería prepararme para estar solo.

Por todo lo anterior quisiera que pensaras en qué tipo de soledad vives o a qué tipo le temes. Si es una soledad circunstancial y efímera o tiende a mantenerse; si es una soledad provocada o es producto accidental de situaciones de momento. Te invito a que hagas un diagnóstico sobre la soledad, que pienses si vas en camino a ella y quieres que así sea o si preferirías cambiar lo que debas para no terminar como el llanero.

Lo otro que quiero proponerte es que venzas el miedo a hacer turismo interior y mires dentro de ti, que investigues quién eres y para dónde vas. Porque quien se conoce puede tomar decisiones más saludables y pertinentes. Alguien que asume sus limitaciones y miedos, que sabe quién quiere ser, que es consciente de cómo lo ven los demás; alguien así puede estar claro en la decisión si es una mejor decisión estar solo o vivir acompañado.

Otro punto para no estar solo tiene que ver con establecer puentes con los demás, invertir en las relaciones, hacer consignaciones positivas a los demás, que no tengamos tantos obstáculos para que existan el acercamiento.

Entendamos que no hay nada que perder, así es que no tengamos miedo al rechazo, no dejemos que se pierdan las oportunidades de encontrar relaciones que pueden hacernos felices por el susto de dar el primer paso, como dice mi papá: ¨hombre cobarde, no disfruta mujer bonita¨.

No hagamos un caparazón que nos proteja de los peligros, al precio de aislarnos del mundo y robarnos el aire fresco que corre por las calles. Que quede claro que encerrarnos en nosotros mismos es reconocer la derrota. Porque nos sienta mejor tener con quién hablar, intimar y a quién querer; pero no nos atrevemos a dar el paso. No somos tan raros como a veces pensamos. No hay más que hablar en profundidad y confianza con cualquier persona para comprobarlo. Podemos "llenar" a más gente de la que creemos y nos pueden resultar atractivas muchas personas que tenemos muy cerca.

En conclusión, la soledad no es el enemigo. El problema real está en llegar a ella sin tener claro por qué o cómo. Puedes decidir construir tu proyecto existencial en compañía o en soledad, pero esa decisión no puede tomarla la brisa por ti.

domingo, 25 de enero de 2009

¡…Te amo y confío en ti…!

Las relaciones de amor exigen confianza. No es posible vivir una experiencia de amor si no se confía en la otra persona. Confiar es tener la certeza que el otro no me va a dañar de manera consciente. Es estar seguro que a la base de la relación, con esa persona, está la decisión de ayudarme a ser más feliz y mejor ser humano. Cuando alguien me ama siempre quiere para mí lo mejor y quiere que todo me salga bien. Ella ha tomado la decisión de incluirme, por amor gratuito, entre las personas que forman parte de su círculo más íntimo y que tiene que ver con su realización y felicidad. Confío porque tengo claro esa decisión de la otra persona y en mi corazón hay la estoy seguro que puedo confiar en ella. La confianza nace de la comprobación histórica de esa decisión del otro. Es decir, confío en el otro cuando sus actos continuos me han enseñado que me quiere lo mejor para mí. Es muy complicado confiar en alguien que sistemáticamente ha mostrado que quiere dañarnos y que espera cualquiera "desatención" para aprovecharse de ella. Por eso hay que tener claro sin vida compartida, sin acciones que expresen una opción a favor mía no hay verdadera confianza.
Cuando en una relación no hay confianza tampoco puede haber amor. No es posible que mi felicidad esté determinada por la tuya sin que yo pueda confiar en tu palabra, en tus acciones, en tus decisiones. Si creo que me vas a engañar y necesito estar vigilándote, es porque creo que no me amas. Si tengo que estar a la defensiva por lo que vas a hacer, es porque tal vez tengo miedo que me dañes y esa es una expresión clara que no me amas. Si tengo miedo que tengas otra pareja, otros amigos, que sean más importantes que yo, es porque no he podido descubrir en tus expresiones afectivas la exclusividad que requiere el amor de pareja. Si tengo que hacer poses que encubran mi verdadero ser es porque el tiempo compartido no me ha dejado claro que me aceptas tal cual como soy.
Cuando amo y confío me puedo presentar tal cual como soy, mostrando mis debilidades, mis carencias e inseguridades a la otra persona; porque sé que la otra persona no va a utilizar esas debilidades en contra mía, ni se aprovechará de ellas para dañarme.
Considero que desde aquí se puede entender la metáfora de la desnudez –el presentarme tal cual soy, sin nada que esconda lo que soy y tengo- del hombre en el libro del Génesis cuando después de haber comido del fruto prohibido, de la toma de conciencia de lo bueno y de lo malo y el rompimiento con Dios, este es cuestionado por Dios "¿Dónde estás? Y Adán responde "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, por eso me escondí". Quien no confía tiene miedo de ser visto desnudo. Busca tener algo que cubra sus dimensiones de las que no está satisfecho o tiene miedo de no ser aceptado por el otro. Quien ama se siente amado no tiene miedo de mostrar sus defectos, sus necesidades, sus carencias, sus equivocaciones, ya que se sabe aceptado y valorado tal cual es.
Dolorosamente nos hemos acostumbrado a las caretas en las relaciones afectivas, y también como Adán respondemos que tenemos miedo porque estamos desnudos, y no nos sentimos amados. Es realmente frustrante que sean los celos –y en algunos casos con visos netamente patológicos- y las actitudes vigilantes sean asumidas como indicadores de verdadero amor. Cómo si la ecuación fuera: "Quien no me vigila y no desconfía de mí no me ama". Nada más falso y dañino.
Ahora, cuando la confianza se rompe. Cuando descubrimos que el otro si es capaz de dañarnos, de herirnos, de mentirnos, de hacernos lo peor. Es muy difícil volver a confiar. SE necesita una buena sanación, un buen proceso de reconciliación, perdón y la certeza de que un cambio se ha producido en la otra persona. No creo que sea fácil volver a confiar. Se necesita tiempo y muchos cambios. Entiendo a los que no vuelven a confiar y deciden decir que es mejor poner distancia. Comprendo a aquellos que manifiestan que las heridas tan fuertes no ha podido sanar con las palabras de arrepentimiento que los otros han dicho y que prefieren no seguir con la relación. Claro que también creo que es posible intentarlo una vez más y que es posible que lo roto vuelva a coserse y pueda generarse una actitud de confianza luego de un engaño.
Te bendigo y te deseo, que esta reflexión posibilite decisiones sobre la relación amor y confianza que te ayuden a la realización de tu proyecto personal de vida.

martes, 9 de diciembre de 2008

Saber decidir...

La vida es un constante decidir. Ella, con sus días que se juntan una y otra vez, nos pone ante continuas bifurcaciones, que nos exigen decidir cuál camino seguir. Sabiendo que no elegir, es una forma de elegir. Esto es, si decidimos no coger ningún camino ya estamos eligiendo no seguir y ese, también es un camino. Por ello, tengo que decir que estamos condenados a decidir y a decidir lo que consideremos, siempre, nuestra mejor opción.

No todas las decisiones tienen la misma trascendencia, pero cada una de ellas, le agrega, realiza o pierde, suma o resta algo, al proyecto de vida que estamos construyendo. Es probable que en una de esas decisiones nos juguemos el sentido completo de nuestra vida, porque cada decisión tiene unas consecuencias a las que no podemos sustraernos, y muchas de esas consecuencias nos cambian totalmente el rumbo de la vida.

Por eso, creo que la clave de la vida está en saber decidir. Quien aprende a decidir aprende a vivir. Ese debiera ser nuestro mejor aprendizaje en los años mozos: saber discernir qué debemos hacer en cada momento de la existencia. Te propongo que reflexiones estas claves para la toma de decisiones:

Toda decisión tiene que estar mediada por la razón y el corazón. Ni fríos racionalistas que pierdan las reales manifestaciones de las emociones que se esconden en los vericuetos de la vida, y que nos hacen tan distantes como aquel que sólo acepta ideas claras y distintas. Como tampoco "emocionalistas" que, presa de las constantes presiones del afecto, de los sentimientos, de los deseos, se encaprichan en hacer las cosas sin ninguna consideración inteligente y desafiando todo sentido común, por lo cual terminan desbocados sufriendo y pagando las consecuencias de sus acciones. Para decidir hay que tener presente lo que la razón dice, hay que analizar, prensar, entender y valorar cada una de las variantes que la conforman; pero también hay que sentir, comprender y amar. Sólo cuando se combinan las dos dimensiones humanas podemos tener una decisión que nos realice.

Hay que revisar qué es lo mejor para nuestro futuro. Las decisiones no pueden ser vistas sólo desde el presente, es necesario proyectarlas. Hay que saber calcular las consecuencias que éstas decisiones tienen para mañana y cómo las vamos a poder enfrentar. Quien sólo decide para hoy, normalmente, es sorprendido por las peores consecuencias. Muchas decisiones que hoy nos hacen sufrir mañana nos entregan dividendos muy satisfactorios y realizadores.

No sólo el placer puede ser la única razón motivadora de las decisiones. No sólo de placer vive el hombre, hay muchas otras dimensiones para tener en cuenta y que inciden en la realización de nuestro proyecto. A veces la familia o las otras personas que amamos están por encima de nuestros propios placeres. U otra veces la inteligencia nos asegura una decisión que nos sacrifica un placer; pero que nos abre un mundo de posibilidades. Somos seres de muchas dimensiones y desde ellas tenemos que decidir.

Los otros cuentan en nuestras decisiones. A veces me duelo cuando me encuentro con gente tan egocéntrica que sólo piensa en sí mismo y en nadie más. Los humanos coexistimos y por lo mismo tenemos que tener al otro pendiente. No lo podemos avasallar ni devastar. Tenemos que ser capaces de mirar hasta dónde lo que decido lo daña y lo destruye. A veces en nombre del amor destruimos a los otros con decisiones egoístas. Quien necesita estar remarcando su calidad, su capacidad, su valor, sus triunfos, es porque se siente inferior y requiere autoafirmarse constantemente así sea a "costillas" de la felicidad de quienes están a su alrededor.

Lo espiritual cuenta en la toma de decisiones. Estoy seguro de que el sentido definitivo de la historia lo supera, los trasciende, lo rebasa. El absoluto se presenta como una dimensión –en caso de los cristianos en un ser personal, un Padre- a tener en cuenta al decidir.

Pido a Dios que te ayude a saber decidir; pero, sobre todo, a mantenerte en las decisiones correctas que has tomado.

P. Alberto Linero Gómez. Eudista
www.elmanestavivo.com
www.yoestoycontigo.com

viernes, 7 de noviembre de 2008

Uno de los días más felices de mi vida


Boca Jr. vs River Plate. Mucho se ha escrito sobre este partido. Todas las metáforas son apropiadas pero insuficientes y tacañas al expresar toda la pasión y la alegría que están presentes en ese templo moderno. La experiencia arrancó con una espera en el hotel. Estábamos ansiosos, como si fuera nuestra primera vez. Las manos nos sudaban como las del adolescente que por primera vez a verse con su "amada". Llegó el bus y comenzó la fiesta. El guía un típico argentino: hablador, amable y lleno de expresiones felices por su país y por su ciudad. Éramos unos 15 entre españoles, mexicanos, ecuatorianos y claro nosotros. La llegada fue espectacular.

Teníamos que llegar a la platea San Martin, había que hacerlo caminando. Te juro que nunca habíamos caminado en medio de tanta gente. Era un río de seres humanos. No se calcular bien pero estoy seguro que en esa tribuna caben unos 20 mil y estaba hasta el teque teque (Cantaron unos 50 mil aficionados en general). Caminábamos en medio de una serpiente roja y blanca -por Dios, me sentía como en medio de los antiguos Junioristas: cuando ganaban y amaban su club y no ahora que tienen que andar en el FUAD Frente Unido Anti Descenso.- la gente iba gritando vivas y cánticos por su equipo.

Bailábamos al son del movimiento frenético de la serpiente humana que se iba moviendo. Las caderas, los hombros, las manos se movían con la cadencia de quien va para el paraíso a verse con Eva -claro después , nos dimos cuenta que se encontraron fue con el Tentador y que fueron expulsados del paraíso, ja! qué risa- y trataban de que fuera el mejor encuentro.

Llegamos a la grada y nos encontramos con el esqueleto del fútbol, el estadio vacío que esperaba a la serpiente humana para cobrar vida. El estadio se lleno en una 90 %, en la grada dónde estábamos no cabía ni una aguja.

Al lado izquierdo nuestro -eso debe ser norte- estaban unos 2.500 bosteros llenos de carnaval, de pueblo, de fuerza interior, que cantaron, como si fueran unas 10 mil personas, durante todo el partido con una fuerza tan grande, que me sentía más xeneize que nunca.

Todo fue fiesta. Cánticos, gritos, emociones, colores, explosiones, amores, lindas argentinas -todas flacas y de cara angelicales- (por favor, aquí no se podría ser celibe, te juro son lindas y hablan como deben hablar los ángeles, con ese acento que envidio)- y la fiesta más excitante en la que haya estado.

El fútbol fue pobre. No merece un análisis. La verdad ahora creo que no vine a ver el partido sino a estar en la fiesta. Bendito el fútbol que me da esas oportunidades de expresar lo que tengo por dentro y de entender que en mi habita algo que es trascendente y que no puede expresarse con nada, que es sublime porque hace fracasar a la imaginación en su intento por buscar algo que lo exprese. Chupe sol como en mis épocas de tribuna de sol en el estadio Eduardo Santos.

Estuve callado y sin inmutarme cuando Boca metió el gol, como si es fuera mi castigo por haberme venido sin permiso del provincial para acá. Sufrí el no poder expresar con todas las fuerzas de mi ser la alegría de ver ganar a Boca en el estadio de River. Pero mi corazón tuvo tentaciones de tristeza cuando vi a tanta gente sufrir en silencio... como dijo Ahumada que Silencio Atroz... pero vencí la tentación y me alegre de verlos tristes, de verlos llorar, de verlos cantar entre gemidos de dolor. Ah, no importa voy al psiquiatra para que me analice porque gocé tanto ver a estos sufrir, es que eran rojo y blancos y bendito Dios me llevaban a mi infancia y me reponía tantos otros dolores con esa alegría de verlos sufrir tan amargamente.

Luego, en medio de ellos estuve 30 minutos en una masa humana impresionante. Allí comprobé la fuerza de los medios de comunicación, de pronto sentí unos gritos P. Lineeeeerrrro... nojoda! me estoy volviendo esquizofrénico, pensé. Pero no, eran unas personas colombianas que también había asistido a ese templo de la religión posmoderna y quería tomarse unas fotos conmigo... me divertí y me emocioné charlando con ellos... luego como por arte de magia se fue acabando todo... la serpiente rojo y blanca volvió a salir a pasearse por las vías de Nuñez, ahora en silencio y medio moribunda... los más chicos me daban pesar por tanta tristeza... pero yo estaba alegre y feliz, contento, dichoso.. y emocionao... Boca había ganado y eso me hace feliz a mi que sólo he perdido y perdido con el Unión y que he descubierto en el azul y dorado una manera de expresar mis sentimientos de triunfo.

Se acabó el show del súper clásico y hay que esperar hasta el próximo año, decía una abuela setentona que caminaba a mi lado... yo pensaba, Si qué pena... tendrá que moverse porque el gol está adentro y no se lo podrán sacar en todo ese tiempo...

Estoy feliz. Cumplí uno de mis sueños. Gracias le doy al Dios de la vida que me ha dado tantas posibilidades de hacer lo que quiero. Al fin y al cabo murió en la cruz para que fuera libre. Sé que muchos no entienden mi felicidad pero bueno eso no importa, no todos entendemos todo de los otros.

Por ahora, se me viene la crisis de los 40... la verdad estoy abrumado con ese dato, me siento barro por eso... estaré predicando hoy en Avellaneda y olvidándome de todo por un momento mientras grito que El Man está vivo. Estaré compartiendo con Toño, mi hermano, Nilson, Juan Pablo Figueroa un quillero amigo mío y Andrés Felipe Pumarejo, uno de esos que creció escuchándome en la misa de 8 del Espíritu Santo, en las calles de mi Buenos Aires... aprendiendo más el acento y sintiéndome feliz. Que viva Jesucristo, que Viva el fútbol... Amén.