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sábado, 14 de abril de 2012

Perdono, luego vivo

Vuelvo sobre el tema del perdón, que es una realidad necesaria y urgente para todo aquel que quiera vivir en paz y tener buenas relaciones interpersonales. El perdón como una herramienta vital, esencialmente humana, para la felicidad. No perdono porque sea tonto, sino por el contrario porque no quiero serlo, pues tonto es aquel que prefiere estar mal cuando puede estar bien.

Insisto, el perdón no es igual a la reconciliación; muchas veces confundimos las dos realidades, la reconciliación es una vuelta a la relación rota, el perdón es una vuelta a la paz también rota. No necesariamente quien perdona vuelve a entablar relación con el ofensor, pero ya no conserva la semilla del odio, del resentimiento o del dolor dentro del corazón.

Quisiera reflexionar sobre algunos puntos en particular sobre la experiencia del perdón como un hecho humano:

1. Nadie merece el perdón, pero todos los necesitamos. Si el tema es de merecimiento nadie podrá perdonar, pues muchas veces la intención del otro no es otra que la de dañarme (y si dejo que su odio permanezca en mí, ya está logrando su cometido); por eso, el perdón es un regalo que me hago a mí mismo. No puedo esperar a que lo merezcas perdón para dártelo, en un acto de libertad y de misericordia te perdono pues no quiero que me siga haciendo daño el pasado. De igual modo, he sido perdonado sin merecerlo, sin que haya hecho nada por lograrlo, porque el perdón es, en primera instancia, un hecho gratuito.

2. Defender mis derechos es una obligación hacerlo violentamente -o en los términos de quien nos ataca- es una necedad. Con el perdón me muestro diferente al que me ofendió. No somos iguales, ni pensamos iguales. Lo más terrible que puede pasarnos es terminar nivelándonos por lo bajo con otros, usando sus lógicas equivocadas, odiando, ofendiendo, humillando o maltratando; yo decido romper esa cadena y vencer el mal a fuerza de bien como Jesús, el Maestro de la Vida, nos enseñó con su sacrificio en la cruz.

3. Te perdono en mi corazón sin que lo pidas. No voy a dejar que tu orgullo, terquedad y crueldad me deje sin paz interior. No necesito que hagas nada para perdonarte, ni necesito que sepas que lo hice, porque el perdón es un hecho para mí, para mi sanación, para mi crecimiento, para mi decisión de vivir mejor y ser feliz. Aunque sigas tratando de dañarme, aunque quieras un mal para mí, ten claro que estaré por encima de esa decisión equivocada tuya, porque decido hacerlo, porque puedo hacerlo, porque no te daré el poder de robarme la paz, de afectarme o herirme, pues yo soy el dueño de mi vida interior.

4. Soy creyente pero no masoquista. Te perdono pero me alejo, cuando tengo claro que me seguirás dañando porque tu actuar está fuera de tu voluntad; cuando inteligentemente me doy cuenta de tu incapacidad de ser de un modo distinto; de que dañas sin querer pues tu corazón está lleno de heridas; cuando me doy cuenta de que haces daño sin que quieras porque no puedes evitarlo o, incluso, porque sientes algo de satisfacción haciéndolo, entonces pongo distancia entre nosotros y te saco de mi vida. Jesús me invita a perdonar siempre, pero no a ser masoquista. No te odio, pero tampoco te quiero haciendo parte de mi historia.

sábado, 7 de abril de 2012

Una vida de contrastes

Son demasiados los contrastes que veo y experimento en este viaje. Pasa una joven, totalmente cubierta por una burka negra, pero lleva en su brazo un bolso de “barbie". Es la tradición y el modernismo en el mismo sujeto. Paso por la calle central Sharm El Sheih y unos jóvenes con sus vestimentas típicas musulmanes hacen una coreografía mientras bailan la macarena. Lo propio y lo extraño juntos en la misma puesta en escena. Estamos frente al televisor viendo el partido del Barca contra Milan en una auténtica torre de Babel donde todos hablan en sus idiomas tan distintos y distantes, donde el arco iris racial se hace presente; pero todos gritan ante el gol de Messi y se abrazan sin conocerse, sintiéndose por un momento hermanos de la misma sangre (la de la emociones). Otra vez lo diferente y lo común. Veo ahora una pareja que se besa, la forman una oriental con un hombre de raza negra, mostrando que el amor salta toda barrera racial y mueve a los hombres a descubrirse iguales y dispuestos a construir juntos.

Ese es el mundo en el que vivimos, donde la palabra fusión tiene un lugar privilegiado. Eso somos, una suma de contrastes que nos enriquecen y nos hacen desbordar los cálculos milimétricos de los que quieren adivinarlo todo o clasificarnos en frías cifras y conceptos. Somos unos y otros, antiguos y modernos, propios y extraños. Somos así.

Pero tal vez el contraste que más me enfrenta a mi propia realidad y me hace de nuevo estremecer, es el de Jesús. Es el Mesías pero no de la manera esperada. Es el rey pero sus súbditos son libres. Es el que nos invita a amar a los que no nos aman. Es el que ama a los que todos rechazan. Es el que da vida, muriendo. Es el que nos ama dejándonos libres para que lo amemos o no. Me invita a tener vida, dándolo todo. Vengo a ver su tumba, a hacer lo contrario a lo que la gente va a ver a las tumbas, voy a ver que no hay nada allí. Vengo a encontrarme con el Dios humanado que está lejos de la pompa, el poder, el lujo y las otras manifestaciones que los hombres que se hacen dioses tienen y pregonan.

Ese contraste me cuestiona y me hace sentir que algo no está bien en la sociedad en la que vivo y en mí mismo. Definitivamente me deja claro que el camino, que creemos hoy, en nuestra sociedad, conduce a la felicidad es equivocado. Vamos en el sentido contrario. Los valores que hoy nos impulsan a vivir y trabajar no son los que nos llevan a la plenitud. Sí, ver a Jesús, encontrarme con todos los contrastes del mundo de hoy, sentir en cada pedazo de tierra de Jesrualén o de Cafarnaun que la invitación de Jesús es dar para ser feliz, es entregar para realizarnos, es pro-existir para vivir realizados, es amar sin medidas y sin intereses, es perdonar aunque la herida este ardiendo todavía, es amar sin confundir el deseo sexual como lo único posible en la relación afectiva con una pareja. En una Palabra, vivir con valores bien contrarios a los que hoy se imponen como modelos de vida. Eso es lo que celebramos hoy en la noche. Es lo que la comunidad eclesial quiere hacernos comprender con sus signos de fuego, palabra, agua y pan. Eso es lo que cantamos con fuerza cuando gritamos hoy que ha resucitado. Que la felicidad se consigue de otra manera, que no podemos ser felices si seguimos a juntadillas el manual egoísta, lambón, idolatra, materialista, facilista, utilitarista que el mundo nos propone.

Por ello te invito a ser contraste para todos. A decepcionarlos y a hacer lo que no esperan: amar cuando esperan odio, perdonar cuando esperan venganza, acoger cuando esperan rechazo, bendecir cuando esperan maldición, dar cuando esperan que pidas. Sé un contraste viviendo a la manera de Jesús en este mundo, y ten la certeza de que serás feliz. Esa es mi apuesta y la que te invito a vivir. Esa fue la apuesta del que terminó en la cruz, pero fue resucitado por el Padre Dios. Es un camino que exige tu decisión y tu compromiso. No es una imposición de nadie, ni mucho menos una orden que tienes que cumplir. Asumir este camino te llevará a sentirte raro, hasta distinto de la mayoría, sentirás su rechazo y su burla pero te hará ser feliz.

Hoy celebramos que se puede vivir de una forma distinta y que Dios así lo quiere. No tengas miedo ni a la cruz, ni al dolor, ten la certeza de que el saldrá fiador de nosotros (Isaías 49) y nos dará la felicidad que tanto estamos buscando.

Seguro que estas palabras que hoy escribo pueden sonar extrañas para ustedes; pero tengan la certeza que es lo que he descubierto como verdad en mi corazón y en mi mente. No quiero vivir de otra manera. Sin que pueda negar que la tentación es mucha y que algunas veces caigo en ella. Pero la tarea es ser un ser humano contraste a la gran mayoría de los que viven en nuestra sociedad hoy. ayoría de los que viven en nuestra sociedad hoy.

martes, 14 de febrero de 2012

Pruebas de Dios

Los test están de moda. Hay para todo. Y cada vez nos gustan más. Están los que sirven para saber si los aparatos electrodomésticos sirven y ayudan a verificar la relación «calidad-precio». En otros test se miden las facultades intelectuales de los estudiantes. Hay test para saber si supuestamente eres compatible con otra persona para ser pareja. Hay test para saber si tu pelo está reseco. O para descubrir la capacidad de adaptación de un empleado. Por medio de un test se acorrala a un candidato para comprobar su capacidad de resistencia. Hasta en las redes sociales hay test para todo. Uno ve que la gente contesta encuestas de todo en el facebook y cree en los resultados de esos test: que si tu novio te es infiel, llena esto y sabrás… que si eres más inteligente que el promedio, responde las preguntas… que si eres más lindo que el resto del planeta, manda tu foto y será calificada.

Y esto de probar y de probarse no es algo nuevo. Al ser humano le fascinan las supuestas pruebas y cree en los resultados ciento por ciento, como si ellas garantizaran todo. Por eso a Jesús lo probaron siempre. La gente le pedía señales a donde iba para demostrar que era el Mesías. Es más, hasta último minuto podemos oír las burlas al pie de La cruz: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: pues que baje ahora y creeremos en el!». Ultima prueba y último test que esperan que supere; pero Jesús no aprobará el examen de recuperación: morirá. No como ahora que los estudiantes son malos todo el año y recuperan en un minuto lo que no estudiaron el año completo. Jesús no, Él muere para convencer a todos de que esa es una lógica equivocada, esa del odio y esa de estar siempre probando a Dios.

¿Habrá confirmado Dios la decisión de los hombres? Hasta los discípulos dudaron. Someter a Dios a prueba... ¡Que nos dé garantías y aceptaremos (¿quizás?) comprometernos! Que demuestre la rentabilidad de lo que propone. y respetaremos sus exigencias! Someter a Dios a prueba, conocer de dónde viene y adónde nos lleva, calcular y sopesar lo que el ofrece y lo que nosotros damos, en lugar de abandonarse y entregarse.

El único test que Dios soporta es el riesgo de una palabra que se da y la locura de una vida que se compromete. El amor no se mide; no conoce otro modo de probarse que su propia existencia. Era La fiesta de las Tiendas, en la época de la vendimia, es decir, de la cosecha de la uva.... Jesús ya había aceptado la prueba. Irá al lugar de la cruz. El vino sólo existe para ser tomado, no tiene sentido si se almacena eternamente.

Yo no quiero ponerte a prueba con nada, Dios tampoco quiere eso. Pero sí quiere verte feliz, sí quiere que te sientas contento de lo que eres y lo que haces. Dios quiere que seas feliz de verdad, con todo, sin quedarte jamás con las manos vacías. Es momento de encontrar el camino, de decidirte a andar por él, sin estar probando, sino con una decisión: lanzándote a vivir de verdad, con la única certeza de que estás intentando de verdad algo bueno para ti, para tu vida, para tu proyecto.

Sólo la certeza de tu corazón podrá decidir a qué le apuestas; y eso es algo que va más allá de las comprensiones, de las pruebas, de los grados de fiabilidad que tenga algo, porque escapa a la comprensión racional. No estoy diciendo que no sea racional, sino que, al contrario, incluye elementos y dimensiones humanas que se suman a la razón y que sumadas son más, elementos tan importantes y definitivos que definen también nuestra humanidad.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La felicidad de ser lo que soy

Me gusta la gente auténtica. Aquella que no usa máscaras, ni caretas para esconder quién es y cómo vive. Me fascina relacionarme con la gente que no saca relucir sus “buenas costumbres”; ni quiere enrostrarles a otros sus supuestos abolengos y alcurnias medievales, propias de épocas oscurantistas. No puedo negar mi admiración por aquellos que tienen el don de hablar sencillo y decir cosas profundas. No sé nadar en el mar de las palabras rebuscadas que termina siendo bien llanito. No disfruto hablando con quienes viven contando sus acciones heróicas, las grandes cifras que tienen en sus cuentas corrientes o los cipotes negocios que se les han ocurrido. Nada de eso me gusta, ni lo disfruto sino que huyo de esas experiencias.

Soy corroncho: no sé comer caviar y sí guineo verde “pangao” con queso. Digo algunas palabras que me han dicho que son malas –pero nunca me ha explicado satisfactoriamente por qué lo son-, me encanta gritar y reír a carcajadas; aunque muchas veces me han dicho que eso no es bien visto por la sociedad.

Me gusta encontrarme con aquellos a los que la sociedad ha despreciado por sus errores y me fascina aprender de ellos. Me gusta el vallenato y me sé todas las canciones de Diomedes, en cambio disfruto muy pocas de Mozart o Bethoven –sé quienes son y lo grandioso de su aporte a la humanidad pero no dicen mi gusto-. Me gusta vestir de bluyines y camisetas a rayas así más de uno crea que eso no expresa la dignidad sacerdotal que Dios me regalo sin yo merecerla.

Soy bueno para pelear, discutir y hacer valer mis derechos, aunque a alguno se le ocurra pensar que por eso no soy humilde. Creo en la amistad. Y aprendí la amistad en la calle, en el equipo de basquetbol, mientras era defendido por Asdrubal Peralta en una pelea callejera o mientras era yo quien lo defendía cuando nos tocaba tirar trompadas contra los de la otra calle en el Olivo; en esa amistad que experimento en los relatos de uno que dio la vida hasta por un traidor como Judas.

Ni modo, usted está leyendo a un corroncho, a uno que no quiere esconder su múltiples defectos ni cree que gracias a la televisión ahora es más gente o tiene mejores costumbres; a uno que le gusta la comodidad –y trabaja dura por tenerla- pero que no olvida que nada de lo que se tiene llega a valer más que el corazón. Usted lee a uno que sabe que las carencias son bendiciones; a uno que no cree en un Dios inquisidor y destructor del hombre que busca hacerle pagar con fuego ardiente el placer que este ha vivido. Soy quien quiere evitar sacar el dedo índice para hacer sentir a otro culpable, y que no hace de la crítica su mejor virtud. A uno que es un pecador –tal vez el más grande de todos- pero que todos los días tiene una lucha honesta y sincera por ser coherente y trata de identificarse plenamente con Cristo (Gálatas 2,20).

Disculpen que hable en primera persona; pero siempre es mejor hablar concretamente. Todo esto es para invitarlos a ser personas auténticas (honrados, fieles a sus orígenes y convicciones), a no cargar máscaras, ni cruces que no ayuden a ser felices. No vivan la vida que no quieren vivir. Dios nos quiere felices, siendo quienes somos y luchando todos los días por ser mejores. Se trata de vivir sin superestructuras que nos doblen la columna y nos obliguen a ver el piso como horizonte, en vez de estar erectos y con la mirada hacia el horizonte infinito. Se trata de entender que, no porque hagamos sentir menos a los demás, nosotros vamos a ser más; o que deseando y envidiando lo que los otros tienen, vamos alcanzar a llenar el vacío que tenemos en el alma.

Seguro decepciono a más de un de mis lectores y seguidores del twitter, pero no puedo engañarme -ni engañarlos- diciendo que el camino de la puerta ancha es mejor que el de la puerta angosta (Mateo 7,13-14), sólo siendo nosotros mismos, eso sí cada día luchando por ser mejores, podremos llegar a mirarlo a la cara y recibir una palabra de bendición (Mateo 25,34).

Por ahora sigo jugando tenis y ganándole a Gaby Castillo –por lo menos hoy, cuando hago esta columna así pasó-, un auténtico Caribe con el que converso de Dios y del juego; mientras decimos palabras de esas que otros no quieren, reímos y tratamos de vivir en autenticidad.

martes, 25 de octubre de 2011

DECISIONES, TODO CUESTA…

Ayer conversaba con el profesor Carlos Silva, actual Técnico del Unión Magdalena y uno de los jóvenes entrenadores con mayor futuro en el fútbol colombiano. Y me decía que la tarea principal de un orientador, entrenador, director técnico, es la de hacer que sus jugadores entiendan el fútbol es un evento “decisional”, un hecho de decisión; por lo tanto, hay que enseñarlos a saber elegir.
Realmente tiene razón, aunque no sólo en el fútbol, sino en el amplio sentido de la vida misma. Después de pensar en lo que decía también llego a la conclusión de que existencia, la historia, el ser y la felicidad se definen a partir de las decisiones que vamos tomando. Cada vez que estamos ante una realidad que nos exige decidir, estamos construyendo una vida distinta. Decido enojarme o no ante la situación, si me enojo actuaré de una manera, si no lo hago actuaré de otra; cualquiera de los dos caminos me llevará a un lugar distinto. Estoy frente a un posible empleo, decido cómo presentarme, qué actitud tener, qué palabras usar, todo eso hará que la entrevista tome un rumbo único.

La vida se construye de decisiones tomadas; para la anécdota de la imaginación quedan las que no tomé. Muchas veces malgastamos el tiempo construyendo la historia que no fue, esa que se nutre del verbo “hubiera”, con frases como “si yo hubiera dicho”, “si te hubiera esperado”, “si no me hubiera casado”, etc. De nada vale gastarnos la existencia tratando de construir lo que no fue. No se puede sino eso, imaginar, especular, y casi siempre desde una intención masoquista de machacarnos la herida frente al error que cometimos.

Por eso decidir debe ser algo que nos exija de la mayor concentración; porque la existencia está en juego en las pequeñas decisiones que tomamos a diario, si cumplimos con una responsabilidad, de decimos la verdad frente a un error, si hacemos lo que sabemos que no es correcto, si nos enojamos o no en determinada circunstancia. Esas decisiones que podemos ver como mecánicas, sin importancia, son fundamentales a la hora de sumar el sentido de lo que somos y hacemos.

De hecho, aprender a ser feliz es aprender a elegir bien, porque una vez eliges y realizas esa decisión es probable que ya no puedas echar para atrás, no se pueden obviar las consecuencias de nuestras decisiones acertadas, ni las equivocadas; ni se quita con el deseo aquello que ya dije, ni lo que hice o dejé de hacer. Por todo lo anterior creo conveniente que hoy pensemos en dos condiciones para elegir bien:

1. No elegir sólo por emociones, ni tampoco sólo por ideas; sino buscar que sea fruto de la comprensión. Y creo que la comprensión es un hecho de todo el ser. Ni tomo decisiones porque estoy lleno de rabia, ni porque estoy lleno de alegría, o porque tengo un pálpito de esperanza; ni desde la fría mente, el cálculo lógico y nada más. Algunas veces hay razones que escapan a la razón; es cierto, pero todo debe tener un equilibrio funcional entre nuestras dimensiones humanas. Una buena decisión es integradora, no excluyente, sino que responde a lo que soy y quiero desde unos fundamentos más profundos que la emoción, y más humanos que la sola razón.

2. Con revisión constante de la decisión. La vida me va mostrando si lo que hice fue correcto o no; en el fondo de nuestro corazón sabemos que hemos tomado una opción inteligente y nos encaminamos bien, o si estamos yendo en el sentido contrario a donde queremos estar. Por eso hay que tener certeza de que ésta es la mejor decisión a pesar de todo; o si, por el contrario, es mejor echar para atrás e intentar otro camino. Es mejor desandar un tanto, que seguir derecho al abismo; porque como leí “frente al abismo la única manera de seguir es dar un paso hacia atrás”.

La vida es una gran decisión y la felicidad igual. Pero se construye desde la suma de las pequeñas y sencillas decisiones que estamos tomando, que hemos tomado, que seguiremos tomando.

domingo, 4 de septiembre de 2011

AMORES HUMANOS

Me impresiona la cantidad de matrimonios que se acaban. No tengo estadísticas pero sé que muchos que acompañé al altar, como testigo excepcional de su matrimonio, han decidido que cada uno siga con su proyecto personal de vida de forma individual y distanciado del otro.

Entiendo que esa pueda ser una decisión consciente e inteligente y por ello respeto a todos los que la han tomado. Sin embargo todas estas experiencias me genera una duda ¿Es el amor eterno? ¿Se acaba el amor? ¿Es normal que los que antes morían el uno por el otro se dejen de amar? ¿Pueden los humanos caracterizados por ser efímeros y pasajeros tener experiencias eternas? (No quiero revisar el tema desde la experiencia teológica, ya que estoy seguro que el amor de Dios es eterno. Quisiera que nuestra reflexión fuera antropológica); lo cierto es que me impresiona mucho encontrarme con la dura afirmación –¡Ya no la amo! ¡Lo que sentía por el ya no lo siento! Pero si yo los vi parpadear emocionados manifestando el consentimiento matrimonial y jurando amor para siempre, ¿qué pasó? ¿en qué momentos se agotó esa fuerza que los hacía hacer hasta lo imposible por estar juntos y tenerse el uno al otro? Cómo algún día ya compartí con ustedes en estas reflexiones a veces lo que creo no es que el amor se muere sino que lo matan, esto es, que después de vivir el momento excepcional de encontrarse y descubrir que se aman se dedican con desgano, rutina, pocas expresiones, manipulaciones, heridas, etc, a matar el amor. Hasta que este muere de verdad.

Es como si Joaquín Sabina tuviera razón: “Yo no quiero un amor civilizado/con recibos y escena del sofá;/yo no quiero que viajes al pasado/y vuelvas del mercado/con ganas de llorar. Y morirme contigo si te matas/y matarme contigo si te mueres/ porque el amor cuando no muere mata/ porque amores que matan nunca mueren…”

También veo parejas que se mantienen unidas a pesar de todas las dificultades y los problemas existenciales que han tenido y me encuentro con las siguientes constantes:

1. Han entendido que la felicidad es una actitud ante la vida, una manera de vivir y no la satisfacción repetitiva y contante de los deseos. Han sido capaces de ser felices a pesar de los momentos de dolor, tristeza y de los conflictos que han tenido.

2. Se han aceptado tal cual son. Han comprendido que nadie es perfecto y que amar a alguien es comprender que está lleno de defectos pero que tiene unas cualidades que lo hacen incomparable.

3. Tienen buena comunicación. Saben dialogar, compartir sus sentimientos. En términos prácticos saben escuchar y saben hablar. No dejan que los gritos, las ofensas y los silencios sean las características de su relación.

4. Tienen una creativa y madura relación sexual. Han comprendido las intensidades que la sexualidad tiene según a etapa cronológica de la vida en la que se encuentran. Son tiernos, afectuosos, apasionados y creativos a la hora de expresarse todo lo que sienten el uno por el otro.

5. Han comprendido que la relación de pareja es el eje de la familia, y que todas las otras relaciones familiares deben estar en un segundo plano frente a esta. No se les olvida que antes que padres son pareja y amantes.

6. Han sabido perdonarse. Una y otra vez han abierto el corazón, y se han valido del amor, para perdonar las ofensas, las heridas que el otro le ha hecho, descubriendo la honestidad de su pareja que arrepentida pide una nueva oportunidad.

7. Se esfuerzan por hacer feliz al otro. Tienen claro que la mejor manera de seguir juntos es que cada uno se esfuerce porque el otro sea feliz. Sabiendo que el que da recibe. El amor necesita compromiso y esfuerzo para mantenerse vivo.

8. Tienen proyectos juntos. Sueñan y trabajan juntos por realizar muchos planes que han elaborado.

9. Son compasivos el uno con el otro. No quieren dañarse sino ayudarse.

10. La experiencia espiritual. Saben trascender ir más allá de lo relativo en búsqueda del absoluto.

Estas experiencias me hacen creer que si se puede amar para siempre. Que los amores no mueren. Y que quienes se dedican a amar son capaces de amar para siempre a la misma persona.

martes, 2 de noviembre de 2010

Fortaleza de tu corazón

No sé si han tenido la sensación, que he sentido frente algunos problemas, de que definitivamente mis fuerzas y capacidades son muy pequeñas para el volumen de dificultades que contiene esa situación. Son los momentos en los que nos decimos: “no voy a poder resolverlo, es demasiado fuerte y grande para mí”. Pablo de Tarso era consciente de esta sensación que experimentamos los seres humanos en situaciones límites y por eso cuando le escribe a la Comunidad de Corinto les dice: “Ustedes no han pasado por ninguna prueba que no sea humanamente soportable. Y pueden confiar en Dios que no los dejará sufrir pruebas más duras de lo que pueden soportar. Por el contrario cuando llegue la prueba, Dios les dará también la manera de salir de ella, para que puedan soportarla” (1Corintios 10,13). Estoy convencido de esta Palabra. Lo he experimentado en mi vida. Por muy duro que sea el problema siempre se sale adelante, vencedor. Quiero que nos detengamos en tres énfasis:

1. Entiendo la “prueba” como la dificultad que pone en jaque nuestra fe, el sentido de nuestra vida y aún nuestras capacidades. No se trata de pruebas puestas por Dios para saber si le amamos o no, eso es propio de seres inseguros que no confían en la declaración del otro. ¿Acaso Dios no conoce el corazón humano? Entonces no tiene que probarnos, pues sabe quiénes somos y qué pensamos de Él. Por eso el sentido más bien es de tentación. Hay problemas que nos tientan porque nos hacen creer que somos incapaces y pensar en que es mejor no vivir.

2. Las “pruebas son soportables. Es una declaración que si entendemos nos puede generar mucha paz. Ninguno de nuestros problemas es más grande que la fuerza y la capacidad que Dios nos ha dado. Por muy duro, difícil, complicado, que parezca la situación, podemos soportarla y vencerla. Eso es tener fe. Estar seguro que si Dios nos ama, no va a permitir que seamos tentados más allá de nuestra fuerza. ¿Entonces por qué caemos o por qué somos derrotados? La respuesta es: porque no creemos, ni en nuestras fuerzas, ni en el amor de Dios. Cuando dejas que la situación te desespere tanto hasta perder el control, es porque no confías en que estás capacitado para manejarla; pero aún peor, es porque se te ha olvidado que Dios te ama y no va a permitir que seas derrotado por una situación. Dios es fiel. Eso no podemos olvidarlo.

3. El verbo soportar, aguantar, que se usa en el lenguaje de la Biblia (La palabra griega hypomeno: de meno= permanecer en un lugar; aguantar, permanecer firme ante la oposición; perseverar, durar) nos indica mantenernos firmes frente a la oposición que se nos está haciendo. Se trata de perseverar. La hypomeno es una perseverancia cargada de coraje. A diferencia de la paciencia, tiene el significado activo de una resistencia enérgica, aunque no necesariamente exitosa, por ejemplo, al soportar los heridos el dolor, al aceptar con serenidad los golpes del destino, el heroísmo de cara al castigo corporal, o el firme rechazo del soborno. La verdadera hypomeno no es motivada desde el exterior, ya sea por la opinión pública o por la recompensa, sino desde el interior, por el amor a Jesucristo el Señor. En el Nuevo Testamento se presenta como un “don” del Espíritu Santo (Gálatas 5,23). Por eso debemos hacer cada vez más íntima e intensa la relación con Jesús, El Señor. En la medida que lo amas y te compenetras más con Él tendrás más capacidad de aguante y resistencia.

Estos tres énfasis deben ayudarnos a estar serenos frente a cada una de las dificultades y problemas que tenemos. Es allí donde la fe se tiene que notar. Es en esos momentos tienes que mostrar que eres uno de los que cree en la Resurrección del Señor, y que sabe que las promesas de Dios se cumplirán. No te puedes angustiar hasta el extremo de enfermarte o perder el control de todo. Muéstrate como alguien que sabe que saldrá adelante de todas las dificultades y tendrás la perseverancia suficiente para no caer.

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jueves, 26 de agosto de 2010

Fe y Victoria… ¿qué son?

Hay una afirmación que me llene de ánimo siempre que la leo: “Todo es posible para el que cree”. (Marcos 9,23). Me animo porque sale de la boca de Jesús ante la petición-pregunta del papá de un niño epiléptico “Por eso si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos”. Es el poder de la fe. Es entender que creer en Dios nos da posibilidades que desbordan nuestra imaginación. La fe supera toda limitación. La fe es confiar en el poder de Dios que no tiene límites porque Dios es el absoluto. Cuando depositamos nuestra vida en sus manos ya no estamos simplemente confiando en lo nosotros, seres finitos, podemos hacer, sino que estamos confiando en Aquel para quien todo es posible (Marcos 10,27).

Esa afirmación que hace Jesús a este hombre debe generarnos una actitud optimista y decidida en nuestras vidas. Nosotros somos gente de fe, creemos en el poder de Dios y estamos siempre clamando a Él por nuestro bienestar; pues entonces, a partir de ahora, tenemos que ser capaces de no ponerle límites a su acción y confiar plenamente en su actuación. Sé que muchas veces olvidamos quién es Dios y cuál es su naturaleza, tratándolo como si fuera uno de nosotros. Poniéndole unos límites que Él no tiene.

Hoy quiero invitarte a pensar en el poder de la fe, a creer que con fe y trabajo lo puedes conseguir todo. Si crees eso, podrás salir hoy a trabajar, a luchar, a compartir la vida con los demás hermanos, lleno de una actitud bien optimista que te hará capaz de cumplir todas las metas que te has propuesto.

Es necesario confiar y creer en el poder de Dios para vencer ese negativismo que, como una epidemia, busca contagiar a todos los que con el corazón abierto quieren construir la vida. Estoy convencido de que puedes salir adelante y vencer las dificultades que tienes. Pero debes hacer crecer tu fe, tienes que pedirle al Señor que te haga crecer en la fe: “Creo; pero ayuda mi falta de fe”. No vas a seguir llorando, ni creyendo que todo está perdido, vas a creer en el poder de Dios y vas a luchar para salir adelante.

Ahora, esto no puede entenderse desde el fanatismo. El poder de la fe necesita de nuestra fuerza; no sólo de ella, pues Dios está actuando también, pero requiere que tengamos una militancia y un compromiso decidido. Esto lo digo porque muchos ahora piensan que basta con creer sin actuar y eso no es cierto. Hay que actuar, salir de nosotros, buscar al Señor, tomar conciencia de nuestro problema-incapacidad y plantearlo frente al Señor, siendo conscientes de que tenemos que salir adelante. No olvidemos que el poder de la fe, a veces, nos lleva también a aceptar lo que no nos gusta, pero que es válido en el plan de Dios. No podemos negarnos a la derrota y al fracaso pues estos forman parte de la vida y nos ayudan a crecer y a ser mejores.

No podemos entender la fe como una victoria continua, sin ninguna dificultad. Eso no pasa en nada que sea humano. En la realidad siempre hay dolores y tristezas. Teniendo claro que éstas circunstancias nos ayudan a ser mejores cada día, asumamos la existencia con fe. Y es que son los vientos en contra quienes nos permiten, gracias a la fuerza aerodinámica, despegar para volar bien alto.

Cuando veo a los jugadores de fútbol hacer una ronda en la mitad de la cancha y orar; me pregunto si le estarán diciendo a Dios que aceptan la derrota, que también les ayuda a ser mejores. Seguro que sólo dicen que quieren ganar. Y allí sí no sé qué hace Dios porque es muy seguro que los dos equipos estén haciendo la misma petición. El poder de la fe es sólo victoria; pues algunas veces esa victoria pasa por la derrota, no lo olvidemos.

Esto nos deja claro que no podemos entrar en crisis de fe porque aquellos que pedimos a Dios, no nos lo concede. Pues de fe entiende que esa posibilidad también forma parte de la condición humana. Los que sólo quieren que todo salga como lo desean o lo planearon, no tienen fe; sino que están tratando de manipular a Dios.

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domingo, 18 de julio de 2010

LECCIONES DE VIDA

Me aterro de todo lo que he aprendido. A veces me sumerjo en mis recuerdos y viajo hasta las polvorientas calles del Barrio Olivo en Santa Marta. Y me veo como un niño que en medio de los juegos –todos ellos marcados por el ejercicio físico y la compañía de otros niños- pues me encantaba jugar a la Libertad que también se le llamaba 4 - 8 y 12, esos juegos que nos hacían salvadores de los demás.

Y recuerdo las dificultades típicas de mi ciudad que no tenía un acueducto que pudiera servirnos y tocaba tener albercas en las puertas y una motobomba para subir el agua dentro de la casa; mientras que los menos afortunados debíamos hacerlo a pulso con algunos galones de latas de aceite. Recuerdo los regaños y advertencias de mi mamá –ella se gradúo conmigo y con mi hermano Álvaro Antonio en ‘chancletoterapia’, era la época en la que todavía o nos traumatizábamos por estas prácticas- como de las idas al Eduardo Santos a ver al Ciclón… que pocas veces soplaba y que, desde esa época, me dio las mejores clases de sufrimiento que he recibido en mi vida…

Llegan recuerdos y memorias de tantas otras lindas experiencias en las que iba aprendiendo a conocer la vida, a conocerme y a conocer a los ‘otros’. Aprendí mucho. Creo que fue allí donde aprendí a vivir, realmente. Fue donde aprendí los valores que hoy orientan mi proyecto vital y los conceptos básicos que como ejes sostienen mi existencia. Luego, en el Seminario, la Javeriana, la Norte, los Andes, lo que he hecho es comprender, teorizar, conceptualizar, todo ese cúmulo de aprendizajes que la vida me ha enseñado y, de alguna manera, a saber que todo eso no podemos dejar de aprender.

En esos primeros años de vida lo que hacemos es aprender y aprender ya que de alguna manera nacemos indefensos frente la naturaleza misma, Arnold Ghelen ya nos había hablado de la capacidad infinita de aprendizaje que tiene el hombre y como según él, con ella puede adquirir de la naturaleza lo que a él le falta de inseguridad innata para poder adaptarnos a la realidad. Es decir, somos seres que con el aprendizaje equilibramos nuestros nacer ‘inapto’ para la vida misma.

Lo ideal es no dejar de aprender, estar siempre en la actitud de reflexionar cada una de las situaciones y ver qué podemos aprender de ellas. Esto es, cada experiencia que tenemos debe ser motivo de análisis, de reflexión y una oportunidad de crecimiento.

Tengo la claridad que lección que no aprendemos, se repite con mayor dureza. La vida es una buena maestra; pero exige que nosotros seamos buenos alumnos. Es valioso estar abiertos a seguir aprendiendo o reafirmar los conocimientos que tenemos, pero es necesario que tengamos la habilidad suficiente para entresacar de cada situación una lección de vida.

Muchos se pasan la vida sin aprender a vivir. Y tienen que ver cómo ella les cobra en cada situación su incapacidad. Es fundamental para la felicidad que no repitamos materias en el curso de la vida. Ser tan buenos alumnos que respondamos bien a las lecciones que la vida nos da y así estemos listos para la próxima ocasión.

Me duele cuando encuentro personas que se tropiezan una y otra vez con la misma piedra, y me pregunto ¿acaso no han aprendido a levantar el pie? y la respuesta es categórica: NO. Ahora, el aprendizaje de la vida no es siempre proporcional al aprendizaje de la academia. Es probable encontrarse con gente que tiene muchos títulos y prestigio académico pero no sabe vivir, no es feliz, ni permite que quienes estén a su alrededor sean felices. Lo cual nos lleva a tener claro que los ‘cartones’ que dan las universidades y nos acreditan como profesionales en una determinada actividad, no nos acreditan como seres que saben vivir y son felices.

Seguro que muchas de estas situaciones están en la infancia. Este espacio tan valioso para el aprendizaje está marcado por la soledad, por la distancia, por el egoísmo y, sobre todo, por falta de maestros que ayuden a hacer las respectivas retroalimentaciones y reflexiones que permitan el aprendizaje.

Por eso, no me extraña que algunos se sigan rajando en el curso de la vida, pues en la infancia -espacio primordial para aprender- no lo hicieron… tal vez, aprendieron otras cosas que sirven para las posiciones sociales, pero no para vivir felices.

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