jueves, 7 de mayo de 2009

A Dios rogando y…

Se la leí alguna vez a Clara Lubich… y, desde ese momento, fue una frase que me ayudó a comprender mi relación con Dios: “Confía en Él como si todo dependiera exclusivamente de Él y Trabaja como si todo dependiera exclusivamente de ti”. Estos dos verbos definen mi acción como hombre que se relaciona, que ha tenido un encuentro con Dios, y trata de vivir conforme a esto: Confiar y Trabajar. Creo y lucho. Espero y conquisto. Agradezco y celebro. Soy un creyente, pero también un combatiente. En la fe cristiana esas realidades no se oponen, sino se retroalimentan. Quien sólo cree y no trabaja es un fanático. Quien sólo trabaja, pero no trasciende, es un humanoide. Necesitamos tener las dos actitudes para ser un buen seguidor de Cristo.

Traigo hoy esta reflexión porque considero que, desde esta frase, podemos proponernos enfrentar la “epidemia” de estos días, la gripa porcina. Necesitamos tomar todas las medidas higiénicas, saber qué se debe hacer y estar todos comprometidos para prevenir una infección. Pero, también, debemos saber que estamos en las “manos de Dios”, esto es, hay que tener fe para salir adelante. Ni nos achantamos a que todo lo haga Dios, ni entramos en pánico creyendo que todo está perdido.

Tenemos que ser responsables ciudadanos que cuidan y propenden por la salubridad pública, como también orantes que confían en el poder de Dios, en su protección y su cuidado. Enfrentamos las situaciones que formen parte de nuestra propia historia y que sean ocasionadas por nuestras decisiones y acciones; pero, a la vez, tenemos que leer los contextos, ese cúmulo de acciones y relaciones de la historia, desde la fe.

Los creyentes no entramos en pánico; sino que hacemos lo que nos toca hacer. Y, además, lo hacemos de manera exigente y perfeccionista. La diferencia están en que luego -al final de todo- descansamos en las manos del Señor, y le decimos ahora te toca a Ti. Todo esto tiene que ser motivo de serenidad y seguridad; pues a través de la historia de salvación –la del pueblo de la Biblia y la nuestra propia- hemos podido corroborar su amor por nosotros y su decisión de ayudarnos a que todo salga bien. Nos esforzamos al máximo, al mismo tiempo que nos abandonamos a su providencia, sabiendo que Él nunca nos falla.

Por eso creo que ningún creyente de verdad puede dejar que esta situación le haga perder el sentido, ni mucho menos que lo lance a la desesperación. Los que confiamos en Dios siempre salimos adelante. Aunque pase lo peor, sabremos leerlo desde su amor y allí tratamos de encontrar la bendición para nosotros. Nuestra vida no sólo queda expuesta a lo que podemos hacer, sino que nos sostiene y nos alienta la esperanza puesta en Dios.

No somos unos esclavos limitados y únicamente posibilitados por nuestras capacidades; sino que somos seres que viven confiados en al amor de Dios. Tenemos más allá, trascendemos, oteamos la realidad, salimos del presentismo, nos caracteriza la esperanza en Él. No todo termina donde terminamos nosotros. Somos conscientes de que trascendemos. Esa experiencia, el encuentro que hemos tenido con Aquel que nos ama y que nos protege siempre, es lo que no nos deja ser presas del pánico; la certeza de Dios en nosotros no nos permite percibirnos desesperados, ni angustiarnos hasta perder el control. Sabernos espirituales nos da la paz que se requiere para seguir actuando con inteligencia y fortaleza en la vida.

Ahora, está claro: quien no esfuerza no debe pedir a Dios ayuda –como si fuera una especie de mago que saca realidades de la nada- pues aquel que no sale a conquistar sus metas no puede pretender que Dios lo bendiga con la realización de ellas. Damos lo mejor de nosotros. Estamos dispuestos a todo. Sabemos que la vida se hace con pasión y dedicación; pero contamos con el amor de Dios que nos llena de todo. Así somos los creyentes a la manera de Jesús.

No sé cuál sea tu situación en este momento, ni sé tu problema, ni tu angustia; pero quiero invitarte a luchar, a dar lo mejor de ti, a construir respuestas inteligentes, a sacar todo lo que tienes, a descubrir tu capacidad de lucha, de aguante, de conquista. Y del mismo modo te invito a confiar, a creer y esperar en Dios, a confiar en su poder. No te desesperes, no pierdas el control que nada te podrá destruir pues eres de Dios. Nada podrá acabar contigo, porque tu vida y el sentido de ella, trasciende todo esto. Nosotros no nos ahogamos en el mar de la intrahistoria, nosotros sabemos trascender, nosotros somos creyentes que vamos con el mazo dando.

lunes, 27 de abril de 2009

La pelea es peleando

Hay una canción del grupo cristiano “Alfareros” que me gusta mucho, se llama: El Luchador. Cuenta la historia de alguien que entiende la vida como una lucha continua, como un sobreponerse a las dificultades y a los problemas, alguien que comprende que la vida está marcada por dificultades, por problemas y que quien quiera gozarla deberá tener el temple suficiente para enfrentarlos y vencerlos.

A veces idealizamos la vida como una experiencia de total serenidad y ausencia de conflictos. Soñamos con esa vida y sufrimos por no tenerla. Pero la verdad es otra; la vida está llena de conflictos, de situaciones críticas y alguna que otra situación límite. No nos podemos substraer a esa condición de la humanidad. Esto queda bien expresado en la metáfora espiritual de la guerra. La vida es una guerra, una guerra espiritual. No estoy hablando de violencias insanas, ni de actitudes hostiles contra los otros, sino de la batalla que da el ser, todos los días, frente a la nada para imponerse en la existencia; o la del amor que debe batirse contra la indiferencia y el odio para hacernos consciente de que la ternura puede más que todas las manifestaciones violentas; la batalla del bien que no quiere ser considerado de otra época y tiene que dar la pelea ante el mal, sin hincar rodilla en el campo de lucha. Sí, la vida es una guerra. Una guerra que creemos ganada. Sí, en Cristo Jesús nosotros hemos considerado esa batalla ganada, el murió en la cruz para que cada uno de nosotros viva como triunfador.

Hay un texto del Deuteronomio que me encanta porque da dos claves para que cualquiera –que crea y que confíe en el poder de Dios- se prepare para la batalla de la vida: “Si al salir ustedes a combatir a sus enemigos ven que ellos cuentan con caballería y carros de guerra, y con un ejército más numeroso que el de ustedes, no les tengan miedo, pues ustedes cuentan con el Señor, su Dios, que los sacó de Egipto. Y cuando llegué la hora de la batalla, el sacerdote se dirigirá al ejército y dirá: Escuchen, israelitas, hoy van a luchar contra sus enemigos. No se desanimen n tengan miedo; no tiemblen ni se asusten porque el Señor su Dios está con ustedes; Él luchará contra los enemigos de ustedes y les dará la victoria”. Creo que hay cuatro claves a interiorizar:

1. Debemos ser capaces de analizar contra quién se está batallando. Hay que conocer al enemigo. No se puede ser ingenuo, ni fanático, a la hora de ir a batallar, es una actitud necesaria el revisar con qué armas cuenta el enemigo, cómo está preparado para el combate. Negarse a eso es una manera de perder -de salida-. Los combatientes que nos son buenos analistas de la vida, terminan perdiendo muchas batallas. Hay que revisar, de manera inteligente y serena, cada situación para salir a enfrentarla.

2. El resultado de ese análisis no nos puede llenar de miedo, sino nos ayuda a encontrar caminos de solución para esta batalla. Hay enfermedades que se presentan mejor armadas que nosotros, pero no por eso vamos a darnos por vencidos sino buscaremos la mejor manera para enfrentarlas. Hay situaciones de soledad, infidelidad, rupturas o dolores, que nos ocasionan impresiones poderosas, pero no por eso vamos a decir que todo está ya perdido.

3. La relación con Dios es el soporte para saber que vamos a salir adelante. Dios nos debe servir para algo. No podemos tener un Dios inútil, recluido a un templo que no nos acompaña a la batalla, sino que no sale del culto. Un Dios así no nos sirve, porque nosotros no vivimos en el culto sino en la vida, y es ésta la que llena de sentido el espacio del culto. Mi relación con Dios tiene historia, porque me ha dado victorias anteriormente, pues bien, tenemos que pensar en ellas y tenerlas presentes para salir a combatir y triunfar. Es un Dios que nos ha dado la vida, que nos ha hecho triunfar en otras situaciones; luego entonces, tenemos que seguir hacia adelante. Un elemento bien bacano de esta fe es que este Dios sale a combatir con sus amigos, Aquel que está de parte de quien confía en Él. Eso nos hace estar seguros de que saldremos en victoria. La justicia es el criterio. Dios siempre está peleando a favor del justo.

4. Hay afirmaciones bien concretas: No te asustes, no tiembles, no tengas miedo… se trata de vivir en la actitud correcta, estar sereno y seguro para tomar las decisiones que corresponden. Cuando no estamos en esa tónica, seguro fallamos y hacemos las vainas mal.

Ahora te toca a ti asumir estas claves y ponerlas en perspectiva de las batallas que estás librando. Tú sabes cuáles son y cómo las estás viviendo. Es hora de llenarte de valor para continuar y triunfar.


P. Alberto Linero Gómez, Eudista

www.elmanestavivo.com

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lunes, 6 de abril de 2009

… ¿cuando se usaba el tacón adelante?...

Estoy en el aeropuerto de Los Angeles (California) y al ver tantos cortes de cabello extraños para mí, tantos tatuajes que me parecen grotescos, tantas modas en las que la gente propende por verse mal por ser –aparentemente- original, me pregunto: ¿En qué momento el valor de la belleza cedió su lugar a la rareza?; ¿en qué momento la armonía no definió lo bello, sino que esta fue definida por lo impresionante?; ¿cómo fue que comenzó a contemplarse lo que fue hecho para pasar rápidamente?

La verdad no sé cuándo pasó esto No sé. No estoy enterado de cuándo dejamos que lo accidental desplazara lo esencial. Ni cuándo fue que los ojos del corazón se quedaron ciegos y comenzamos a ser guiados por la miopía o caímos en el reino de los ojos que sufren presbicia. No sé en qué momento quedamos expuestos a convertir la extrema delgadez en la panacea, o a pensar que si no somos flacos cadavéricos seríamos despreciados por nuestras características lípidas. No sé cuándo fue que las fotos pudieron hacer “milagros” gracias al embustero del fotoshop que quita y pone según el engaño que exija la venta.

No sé el momento exacto, pero sospecho que fue en el mismo momento en el que los papás ya no eran papás sino “mejores amigos” que como tales no disciplinaban, sino alcahueteaban. Creo que sucedió simultáneamente cuando ya no importaba qué, ni cómo lo hicieras con tal de que tuvieras plata. Seguro fue cuando el pudor fue cosa de ancianitas que no tenían nada qué mostrar, porque todo estaba arrugado. O pudo ser cuando la fidelidad fue sólo cuestión de curas célibes que pretendieron privar a los otros de lo que su propia decisión les había privado. Tengo la impresión que esto sucedió cuando un político (“servidor público”) comenzó a ser bueno porque robaba pero poco (también puede aplicarse a aquellos que pedían comisiones “bajas”, entre el 10 y 15%). Debió pasar cuando Dios dejó de ser un “dador de sentido”, para sólo ser un “bombero” que pedía diezmos por ayudar a los necesitados. Seguro que sucedió cuando los dibujos animados dejaron de parecer seres comunes y corrientes y se convirtieron en “monstruos” bien extraños y maleducados que trasgreden toda regla posible, -obviamente, sabiendo nosotros que eso nada influye en la conducta de los niños pues quien crea lo contrario es un dinosaurio bruto y oxidado-.

No sé quién lo hizo, ni con qué intención; pero sospecho que fue alguien bueno que quería hacernos más humanos y liberarnos del yugo de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, para dejarnos disfrutar de lo impresionante, lo aparente y lo útil. Me imagino que debo saber quién fue para agradecerle el favor puesto que ahora todo es mejor –que no me escuche mi abuela quien creía equivocadamente, absurda, incoherentemente, que lo de antes era mejor-. Y es que la prueba está a la vida, salta a ante nuestros ojos: ahora la gente es más feliz.

Sí, gracias a todo esto, ahora hay menos enfermedades psiquícas, emocionales, afectivas y menos drogadicción. La gente es más libre y más feliz. Las familias desbaratas y confusas generan seres humanos más firmes interiormente y constantes en sus búsquedas de realización. Sí, señor, la depresión, las manías, las angustias, el stress, la delincuencia juvenil, los abortos, la corrupción total, los divorcios tempranos, la campante inseguridad, la violencia absurda y extrema, esas atrocidades ya son cosas del pasado –del tiempo de la dinosaurio de mi abuelita- y, ahora, señores, ahora las salas de los psiquiatras y psícologos están vacías. Al volverse todo liviano, todos fuimos más felices.

Disculpen ustedes, de verdad disculpen que, un retrógrado como yo, prefiera el otro camino, que me declare en rebeldía contra esta manera de ver y hacer la vida. Disculpen que viva a lo “antiguo” –que no implica estar cerrado a lo nuevo, sino que implica tener convicciones y razones que no son negociables porque sostienen el sentido-, que crea en el amor fiel y definitivo, que crea en la búsqueda de lo bueno y de lo verdadero, que trate de ser coherente y consecuente con lo que piensa, habla y hace que pueda entender que mi unicidad no pasa por lo grotesco. Disculpen, yo no creo que haya existido un mundo ideal en el ayer, ni que todo tiempo pasado fue mejor, pero que vamos caminando hacia la pérdida del sentido y hay que resistirnos a ser del montón que camina al despeñadero, eso sí lo creo.

Disculpen ustedes que crea lo que me define no sea mi apariencia, que ni tampoco mi comportamiento, sino por lo que imprima mi identidad y esencia más profunda y más personal. Disculpen que siga gritando que el Man Está Vivo y que los invite a conocer a Dios y a dejarse a amar por Él, a descubrir cuál es su propósito para nuestras vidas. Disculpen que los siga invitando a relacionarse con total libertad y disponibilidad, con alguien que no se escandaliza porque tú seas diferente, porque conoce que la diferencia real está en tu corazón, en que eres único e irrepetible de verdad

domingo, 15 de marzo de 2009

Ni mudo... ni bocaza

Tengo un amigo que, cuando el equipo de fútbol por el que hincha va a jugar, nos llama por teléfono a ofrecernos goles a montón y a decirnos que ganará y que es el mejor. Es alguien alegre, dicharachero y muy idealista que siempre está dispuesto a disfrutar los triunfos de su equipo. La gran mayoría de las veces su blanco equipo lo deja mal –por lo menos en el último tiempo- y termina perdiendo y/o eliminado; entonces, apaga el celular, no contesta los mensajes de voz, ni se aparece por la Internet y se hunde en un mutismo melancólico y gris. Cualquiera diría que de tantos golpes ya debió aprender… pero ¡qué va! Sigue y sigue hablando, ofreciendo derrotas, imaginando resultados favorables y gozando antes de triunfar.

Muchas veces creo que tiene razón y que así de optimista debiéramos ser todos antes de iniciar un proyecto; otras veces creo que debiera aprender a guardar silencio y a no cantar victoria antes de tiempo. No es que sea una contradicción, sino que quien quiera triunfar tiene que ser capaz de compartir los triunfos, contárselos a otros y disfrutar al máximo no debe perder de vista la humildad que lo capacita para seguir compartiendo con los demás.

Sé que la verdadera actitud de la vida está entre el cacareo de la gallina que pone un pequeño huevo y el silencio del Avestruz que no dice nada con su “postura”. Hay que saber cuándo cacarear y cuándo hacer silencio. Hay que analizar bien cada situación y tener la actitud adecuada para resaltar lo que se ha hecho, como también para no perder la compostura y ser altanero con los demás. Sé que muchos no creen en lo que hacen y, por eso, aunque han “puesto” un huevo tan grande como el del avestruz, guardan silencio y terminan desperdiciados en el cuarto de “San Alejo” de la vida; esas son personas que no saben venderse y anunciarle a los otros lo que han logrado, pasando de manera inadvertida por la existencia. Otros, en cambio, alardean demasiado, cacarean con tantas ganas que sus ruidos revolotean por toda la vida de manera exagerada, ante lo pequeño de lo que han logrado; la bulla es muy grande para lo poco que hacen, son elitistas y se venden en demasía, dejando a los que interactúan con ellos con la sensación de que son estafadores o embaucadores.

Saber cuándo mostrar lo hecho y cuándo callar es una habilidad que debemos desarrollar si queremos triunfar y ser verdaderos líderes en nuestros grupos. Es importante saber “mercadearse”, eso no va en contra de la humildad, quien dice lo que hace bien y elige el momento para hacerlo, está mostrando a los demás de lo que es capaz. Exaltar las virtudes de lo que hacemos no es pecado, pecado es exagerar, ser un prepotente que con palabras hiperbólicas, tratar de hacer del agua de una “checa” un tsunami. Eso sí es falta de humildad, es mentir, exagerar, engañar con tal de ser reconocido. Si bien es cierto que no podemos ser “bocazas”, también es cierto que no podemos ser gente tímida y callada que no comparte sus logros y que termina arrinconada por los mediocres que a punta de “mercadearse” han logrado ser exaltados.

Ahora, lo que no podemos es dar por ganado lo que no hemos ganado. Nuestro optimismo no nos puede llevar a negar la realidad creyendo que con un chasquido de dedos podremos triunfar. Mi amigo falla no porque es optimista y le gusta hacer conocer sus triunfos, sino porque gana antes de que comience el partido, en el que normalmente pierde y entonces tiene que hacer una “ensalada” –ya que está haciendo dieta- con sus palabras y comerlas.

Mi invitación hoy es a que seas capaz de valorar tus triunfos, de sentirte orgulloso de lo que logras, de celebrar los motivos que la vida te regala a través de las capacidades que tienes, de creer en ti y de compartir con otros tus victorias y hacerles comprender que Dios te ha dado muchas bendiciones para compartir con ellos. Y, también, a ser capaz de guardar silencio en los momentos oportunos y jamás exagerar con lo que haces, ni pretender que tus triunfos son más que los de los demás y, por eso, pensar que tienes el derecho a pisotearlos y a creerlos inferiores a ti.

Goza tus triunfos, disfrútalos y compártelos con los que amas. Que ellos sepan que eres un ser victorioso que sabe comprender cada situación de la vida. Pero a la vez no alardees y se capaz de esperar el momento oportuno para compartir lo que has logrado y Dios te ha dado.

domingo, 1 de marzo de 2009

CUARESMA: TIEMPO DE PREPARACIÓN Y PURIFICACIÓN

El año litúrgico lo podríamos comparar con un largo camino, en el que se encuentran tramos que tienen diferentes características en su superficie, algunos son rocosos, otros son planos, otros duros, otros fangosos. Cada tiempo litúrgico es como uno de esos tramos del camino general llamado año litúrgico. Por lo mismo, cada tiempo tiene sus características teológicas, litúrgicas y espirituales. La cuaresma es uno de esos tramos, uno de esos tiempos que nos invita desde sus características a vivir nuestra fe de una manera muy particular a través de los matices que se hacen presente en ella.


La palabra cuaresma nos remite enseguida al número 40. Número usado una y otra vez en la Biblia para designar un tiempo largo e intenso de preparación, de purificación. Cuando algunos de los personajes centrales de la Biblia iban a vivir un momento fundamental y extraordinario de su vida, este estaba precedido por un 40, es decir; por una cuaresma, por un tiempo largo e intenso de preparación y purificación. Pensemos en tres escenas del Antiguo Testamento construidas desde este número:


La primera cuaresma que encontramos en la Biblia es la del Diluvio (Génesis 7,17). El cual tiene que entenderse desde la nueva creación. Dios que da al hombre una nueva oportunidad y lo re-crea. Es el sentido bautismal que encuentra Pedro en esta experiencia (1Pedro 3,20). Es la preparación que tiene que vivir el hombre para vivir la presencia creadora de Dios en su corazón. Preparación que supone la purificación de todo aquello que nos aleja de su poder.


Una segunda cuaresma es la del pueblo (Número 14,35) de Israel caminando por el desierto hacia la tierra prometida. Pasar de la esclavitud a la plenitud de la tierra prometida supone la preparación del desierto, la cuestión no es mágica.


Una tercera podría ser la de Elías quien camina 40 días y 40 noches hacia el monte Horeb (1Reyes 19,8-13). Es el camino de preparación para tener el encuentro con el Señor.


En el Nuevo Testamento la escena más inspiradora es la del Señor quien ayunó cuarenta días para prepararse a su misión y pudo en el desierto vencer las tentaciones del maligno (Mateo 4,1-11).


Esto es lo que se nos propone por estos días; que seamos capaces de prepararnos durante 40 días para vivir el Misterio Pascual, Cristo Muerto y Resucitado, como el centro de nuestra fe y el hecho más importante de nuestra historia de salvación. Ese es el sentido de este tiempo litúrgico que todos seamos capaces de mirar hacia adentro y nos preparemos y nos dejemos purificar del Dueño de la vida para estar listo a celebrar y vivir el acontecimiento redentor.


¿Cómo prepararnos?


Les propongo tres temas de preparación y purificación:


El desierto es el lugar teológico por excelencia de la cuaresma. Es el lugar del encuentro con Dios: “Conduciré a Israel al desierto y allí le hablaré al corazón” (Oseas 2,15). Te propongo que te prepares escuchando a Dios. Deja que su Palabra entre a tu vida, la ilumine y le de el sentido que andas buscando. Acalla tu corazón y deja que sea la voz del Señor la que resuene. Trata de evitar tanto ruido que te saca de orbita y que te coloca en medio de la depresión, del miedo, de la angustia. Interioriza, mira hacia adentro de tu vida y date cuenta que es lo que Dios te dice desde tu conciencia, desde tus amigos, desde la creación, desde la historia misma. No se trata de retirarse a vivir solitariamente, se trata de ser capaz de no dejarse atrapar por ese ruido exagerado que nos descentra y nos lleva a querer lo que nos daña.


En el desierto no sólo se halla a Dios, sino que se corre también con la posibilidad de encontrarse con el Maligno, al que la tradición asigna precisamente estos espacios inmensos, pero estériles. Por ejemplo, después de cargar al chivo emisario con el pecado de los hombres, se le enviaba al desierto, morada mítica del demonio Azazel (Levítico 16,22.26). Por eso también, es el lugar de las tentaciones. Y una buena preparación sería enfrentar y vencer nuestras propias tentaciones. Cada uno sabe que es lo que lo está acabando con su proyecto de vida; sabe cuáles son los comportamientos, los pensamientos, las palabras que le están llevando a sufrir innecesariamente. Es el momento de salir adelante enfrentando a las tentaciones. Siempre tendremos la fuerza de Dios a nuestra lado para poderlas vencer.


La oración es fundamental para estar preparado para lo que Dios quiere. Quien no ora no tiene fe. La fe es alimentada por la oración. Es en el diálogo interior con Dios, cómo comprendemos todo eso que la razón nos muestra como inalcanzable. Este es el tiempo propicio para abrir el corazón y dejar a Dios entrar y ser Dios en nosotros. Es el instante para tratar de leer las experiencias de la vida desde la óptica de Dios, desde su amor, desde su misericordia. Acércate más a El y a su Palabra. Es tener la conciencia de que nunca hemos estado solos: “Hace cuarenta años que Yahveh está contigo, sin qua da te haya faltado” (Deuteronomio 2,7), de que Dios siempre ha estado con nosotros. Es mucho más que hablarle, es saberlo presente, es tenerlo en e corazón. Es celebrarle con la alegría de todos los días pero con el gozo de la comunidad que se siente bendecida por el en la liturgia. Quien sabe quien es Dios sabe también quien es el. Por eso cuando más en oración estamos, más conocedores de nuestra pequeñez somos, y más necesitados del poder de Dios nos mostramos. Que bueno sería ayunar. Y no estoy pensando solo en comida que a más de un vanidoso le sería el pretexto preciso para hacer dieta, sino de todo aquello que amenace nuestra voluntad y nos haga esclavos. Todos tenemos gustos, pasiones que nos dominan y que tratan de hacernos sus marionetas. Este podría ser un tiempo para mostrarnos dueños de nosotros mismos y ayunar, mantener a raya, en su lugar, a tantas de esas fuerzas. Es el sentido de los sacrificios y de la abstinencia de estos días: Mostrar que somos dueños de nosotros mismos y que el único que puede gobernarnos plenamente y hacernos más dignos es el Señor, nadie más.
La fe cristiana siempre es una fe que se vive en comunidad. No es un problema sólo del individuo. Es la comunidad el espacio natural de la fe de alguien que ha decidido seguir a Cristo. Por ello prepararse para pascua, que es la expresión máxima de la preexistencia supone la apertura al otro. Tenemos que vivir para ayudar al que necesita. Nosotros hemos recibido ese encargo del Buen Samaritano que al encontrar una humanidad dolida y enferma, la ha sanado y la ha dejado a nuestro cargo mientras vuelve. El sentido de la “limosna” pasa por aquí. No creo en el diezmo si no en la Ofrenda. Espero no darle el 10 por ciento de mi vida a Dios sino toda mi vida, y espero dársela en ayuda a todos aquellos que la necesitan. No podemos ser seres individuales que solo piensan en si mismos y en lo que han podido lograr. Es necesario pensar en el otro y en sus necesidades. Ese es el sentido social de no comer carne algunos viernes, es dejar de comer el alimento más caro –por lo menos así era antes- y hacer que sobre un dinero para darlo a los que más lo necesitan. Sin pensar en el otro no se puede ser cristiano.


Ese es el sentido de este tiempo: Prepararse y Purificarse de cara a celebrar el Misterio pascual. Es el trabajo que cada uno de nosotros tiene que vivir. Te invito a hacer tu propio camino cuaresmal.

lunes, 9 de febrero de 2009

¿Es mejor solos?

Una de las situaciones más duras de la vida moderna es la soledad. Se ha convertido en el ¨coco¨ moderno con el que nadie quiere encontrarse. En nuestra apresurada vida actual, todos le huyen a la soledad. Por eso, los fugitivos de la soledad, llenan su vida de aparatos electrónicos que los acompañen haciéndoles presentes otras voces distintas a las suyas, voces que –aunque lejanas- les hagan creer que están con otros.

Este mundo de la globalización, de la intercomunicación, de la comunicación generalizada, de la tecnología deslumbrante en medios como Internet, teléfonos móviles, reproductores digitales de música y radio, etc. este mundo nos ha enseñado a tenerle miedo a la monstruosa soledad y se empeñó en hacernos creer que quien está solo es infeliz y no puede construir nada.

Tengo que comenzar diciendo que la soledad no es siempre una desgracia, ya que ella nos puede permitir tomar distancia de los ruidos y de las situaciones que nos alejan de nosotros mismos, propiciándonos un espacio para el encuentro con nosotros mismos y con el absoluto, es decir, con Dios. Cuando se acallan las voces de este mundo nos queda escuchar nuestra propia voz interior y en ella encontrar al Dueño de la vida. En muchas ocasiones la soledad es la condición de posibilidad para el encuentro con Dios. Por ello, no debiéramos tenerle miedo sino aprovecharla.

Comprendo también que hay unas experiencias de "solitariedad" y de aislamiento que nos dañan y que nos llevan a sufrir. Somos seres sociales y necesitamos a los otros para podernos realizar de manera adecuada, tampoco eso podemos negar. Sentirse poco valorado, despreciado, marginado y creer que no se es importante para nadie, nos hace daño y nos lleva a la infelicidad. Necesitamos tener relaciones intensas con los otros y saber que somos importantes para ellos.

Franco Devita cantaba: "te veo venir soledad", aludiendo a que la soledad no es algo que cae del cielo sino es algo que nosotros construimos con nuestras actitudes. También es una decisión que tomamos, algunas veces consciente y algunas otras sin percatarnos de ella. Lo cierto es que las opciones que tomamos y las conductas que asumimos, pueden dejarnos a las puertas de la soledad y debemos estar preparados para que esto pase.

Por ejemplo, cuando vivo desconfiando de los otros, cuando todo lo que hacen me parece sospechoso y me amargo y los amargo por eso, entonces tengo que ir preparándome para quedarme solo. Si soy miedoso, si no me atrevo a entablar relaciones con facilidad, si no me abro a los demás porque temo ser defraudado o abandonado, entonces no puedo esperar otra cosa que la soledad al final del camino. Si tengo una crítica ácida para todo, si me produce placer encontrarle defectos a todos y a todos, si no puedo contenerme cuando descubro fallas y me resulta placentero decirlas abiertamente; yo también debería prepararme para estar solo.

Por todo lo anterior quisiera que pensaras en qué tipo de soledad vives o a qué tipo le temes. Si es una soledad circunstancial y efímera o tiende a mantenerse; si es una soledad provocada o es producto accidental de situaciones de momento. Te invito a que hagas un diagnóstico sobre la soledad, que pienses si vas en camino a ella y quieres que así sea o si preferirías cambiar lo que debas para no terminar como el llanero.

Lo otro que quiero proponerte es que venzas el miedo a hacer turismo interior y mires dentro de ti, que investigues quién eres y para dónde vas. Porque quien se conoce puede tomar decisiones más saludables y pertinentes. Alguien que asume sus limitaciones y miedos, que sabe quién quiere ser, que es consciente de cómo lo ven los demás; alguien así puede estar claro en la decisión si es una mejor decisión estar solo o vivir acompañado.

Otro punto para no estar solo tiene que ver con establecer puentes con los demás, invertir en las relaciones, hacer consignaciones positivas a los demás, que no tengamos tantos obstáculos para que existan el acercamiento.

Entendamos que no hay nada que perder, así es que no tengamos miedo al rechazo, no dejemos que se pierdan las oportunidades de encontrar relaciones que pueden hacernos felices por el susto de dar el primer paso, como dice mi papá: ¨hombre cobarde, no disfruta mujer bonita¨.

No hagamos un caparazón que nos proteja de los peligros, al precio de aislarnos del mundo y robarnos el aire fresco que corre por las calles. Que quede claro que encerrarnos en nosotros mismos es reconocer la derrota. Porque nos sienta mejor tener con quién hablar, intimar y a quién querer; pero no nos atrevemos a dar el paso. No somos tan raros como a veces pensamos. No hay más que hablar en profundidad y confianza con cualquier persona para comprobarlo. Podemos "llenar" a más gente de la que creemos y nos pueden resultar atractivas muchas personas que tenemos muy cerca.

En conclusión, la soledad no es el enemigo. El problema real está en llegar a ella sin tener claro por qué o cómo. Puedes decidir construir tu proyecto existencial en compañía o en soledad, pero esa decisión no puede tomarla la brisa por ti.

domingo, 25 de enero de 2009

¡…Te amo y confío en ti…!

Las relaciones de amor exigen confianza. No es posible vivir una experiencia de amor si no se confía en la otra persona. Confiar es tener la certeza que el otro no me va a dañar de manera consciente. Es estar seguro que a la base de la relación, con esa persona, está la decisión de ayudarme a ser más feliz y mejor ser humano. Cuando alguien me ama siempre quiere para mí lo mejor y quiere que todo me salga bien. Ella ha tomado la decisión de incluirme, por amor gratuito, entre las personas que forman parte de su círculo más íntimo y que tiene que ver con su realización y felicidad. Confío porque tengo claro esa decisión de la otra persona y en mi corazón hay la estoy seguro que puedo confiar en ella. La confianza nace de la comprobación histórica de esa decisión del otro. Es decir, confío en el otro cuando sus actos continuos me han enseñado que me quiere lo mejor para mí. Es muy complicado confiar en alguien que sistemáticamente ha mostrado que quiere dañarnos y que espera cualquiera "desatención" para aprovecharse de ella. Por eso hay que tener claro sin vida compartida, sin acciones que expresen una opción a favor mía no hay verdadera confianza.
Cuando en una relación no hay confianza tampoco puede haber amor. No es posible que mi felicidad esté determinada por la tuya sin que yo pueda confiar en tu palabra, en tus acciones, en tus decisiones. Si creo que me vas a engañar y necesito estar vigilándote, es porque creo que no me amas. Si tengo que estar a la defensiva por lo que vas a hacer, es porque tal vez tengo miedo que me dañes y esa es una expresión clara que no me amas. Si tengo miedo que tengas otra pareja, otros amigos, que sean más importantes que yo, es porque no he podido descubrir en tus expresiones afectivas la exclusividad que requiere el amor de pareja. Si tengo que hacer poses que encubran mi verdadero ser es porque el tiempo compartido no me ha dejado claro que me aceptas tal cual como soy.
Cuando amo y confío me puedo presentar tal cual como soy, mostrando mis debilidades, mis carencias e inseguridades a la otra persona; porque sé que la otra persona no va a utilizar esas debilidades en contra mía, ni se aprovechará de ellas para dañarme.
Considero que desde aquí se puede entender la metáfora de la desnudez –el presentarme tal cual soy, sin nada que esconda lo que soy y tengo- del hombre en el libro del Génesis cuando después de haber comido del fruto prohibido, de la toma de conciencia de lo bueno y de lo malo y el rompimiento con Dios, este es cuestionado por Dios "¿Dónde estás? Y Adán responde "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, por eso me escondí". Quien no confía tiene miedo de ser visto desnudo. Busca tener algo que cubra sus dimensiones de las que no está satisfecho o tiene miedo de no ser aceptado por el otro. Quien ama se siente amado no tiene miedo de mostrar sus defectos, sus necesidades, sus carencias, sus equivocaciones, ya que se sabe aceptado y valorado tal cual es.
Dolorosamente nos hemos acostumbrado a las caretas en las relaciones afectivas, y también como Adán respondemos que tenemos miedo porque estamos desnudos, y no nos sentimos amados. Es realmente frustrante que sean los celos –y en algunos casos con visos netamente patológicos- y las actitudes vigilantes sean asumidas como indicadores de verdadero amor. Cómo si la ecuación fuera: "Quien no me vigila y no desconfía de mí no me ama". Nada más falso y dañino.
Ahora, cuando la confianza se rompe. Cuando descubrimos que el otro si es capaz de dañarnos, de herirnos, de mentirnos, de hacernos lo peor. Es muy difícil volver a confiar. SE necesita una buena sanación, un buen proceso de reconciliación, perdón y la certeza de que un cambio se ha producido en la otra persona. No creo que sea fácil volver a confiar. Se necesita tiempo y muchos cambios. Entiendo a los que no vuelven a confiar y deciden decir que es mejor poner distancia. Comprendo a aquellos que manifiestan que las heridas tan fuertes no ha podido sanar con las palabras de arrepentimiento que los otros han dicho y que prefieren no seguir con la relación. Claro que también creo que es posible intentarlo una vez más y que es posible que lo roto vuelva a coserse y pueda generarse una actitud de confianza luego de un engaño.
Te bendigo y te deseo, que esta reflexión posibilite decisiones sobre la relación amor y confianza que te ayuden a la realización de tu proyecto personal de vida.