La experiencia de Dios es reveladora de sentido. Pero no es sólo que nos muestra su Ser y su voluntad, sino que su amor y confianza en nosotros muestra su sueño al crearnos, nos revela su ideal para nosotros. Por lo anterior, una experiencia profunda con Dios abre las puertas para un conocimiento verdadero de nuestro ser; nos debe llevar a la toma de conciencia de quiénes somos y qué podemos hacer.
Cuando nos ponemos ante Dios, infinito y eterno, tenemos que hacernos conscientes de nuestra pequeñez y contingencia. Estar frente a Él y conocerlo, nos debe llevar a estar frente a nosotros y conocernos. No somos dioses. Ni somos perfectos, ni santos absolutos. Esos son atributos de Dios. Nosotros somos frágiles, débiles, contingentes, finitos y limitados.
No podemos -ninguno de los que nos decimos creyentes en Dios- asumir una posición de juez o de acusador de nuestros hermanos. Aquel que ha descubierto quién es Dios, sabe también quién es él y, por lo mismo, tiene cuidado de no asumir posiciones que muestren que no conoce el amor profundo y total de un Dios que es fuente inagotable del perdón y de la aceptación del otro, aunque pecador.
Sé que es fácil creerse más que los demás y hacerlos sentir poca cosa con palabras y acciones; arroparnos bajo un falso halo de perfección que no tenemos y ofender sin detenernos a pensar hasta dónde cala una frase en el corazón de quien la recibe. También sé que es fácil estar al acecho de los errores de los otros y usar nuestro índice para hacerlos objetos de nuestras condenas bajo la equivocada convicción de que no caeríamos en los mismos errores porque estamos más avanzados en la escala del desarrollo humano.
Pero estoy seguro de que esas no son las acciones que se generan de una buena relación con Dios. Cuando conocemos a Dueño de la Existencia y nos damos cuenta de que nos ama a pesar de todo; que nos da nuevas oportunidades a pesar de nuestros continuos errores; que nos da fuerzas aunque nosotros las malgastemos en proyectos contrarios a los suyos; que nos levanta aunque hemos caído por cuenta de nuestra terquedad. Frente a un Dios tan lleno de misericordia para con nosotros, no tenemos otra cosa sino que tratar de hacer lo mismo con nuestros hermanos. Quien se siente amado por Dios lo mínimo que hace es aprender a amar a los otros que están con él en la vida diaria.
Tampoco nos lleva la experiencia de Dios a un comportamiento de mendigos, como personas que desconocen su valor o de sujetos incapaces de saber quiénes son y qué son capaces de lograr. La experiencia con el Señor nos hace conscientes de quienes somos pues, entonces, nos hace saber también cuáles son nuestras capacidades, cualidades, posibilidades, y nos lleva a reconciliarnos con los dones que Dios nos ha dado para la construcción de nuestro proyecto. Al estar frente a Dios me siento invitado a dar lo mejor de mí y salir adelante.
Es decir, la experiencia de Dios me hace saber quien soy: un pecador, que falla y está luchando por ser mejor. Soy alguien que tiene valor y que al reconocerlo se prepara para salir adelante. No asumamos las posiciones de ser jueces de nuestros hermanos, no somos nosotros los que tenemos que acusarlos o señalarlos por sus errores. Hacerlo es demostrar que estamos satisfaciendo nuestra envidia y tratando de llenar de mala forma los vacios que tenemos en función de los otros. Quien se siente santo y señala el pecado de los otros, está desviando la mirada de su conciencia para otro lado porque sabe que ha fallado mucho.
Tampoco podemos escudarnos en nuestra fe para asumir la posición de los que no quieren comprometerse con la responsabilidad de su vida. Debemos ser protagonistas de nuestra historia, luchadores que consquistan sus proyectos impulsados por la fuerza de Dios, sin triunfalismos pero sin falsas humildades que se convierten en lastre y enmascaran fracasados. Estamos llamados a dar lo mejor, a poner el ciento por uno, a conquistar metas, pero sin que eso signifique despreciar o maltratar a los otros.
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jueves, 31 de marzo de 2011
domingo, 27 de febrero de 2011
Promesas y cumplimientos
Estamos siempre expuestos a las promesas que otras personas nos hacen. Algunas podremos creerlas y otras no. Algunas serán la expresión del compromiso decidido y coherente y por ello podremos confiar en ellas, pero otras expresaran más el deseo que las personas tienen a lo que realmente lo que pueden hacer. Quisiera reflexionar con ustedes sobre estas segundas promesas:
No basta con querer hacer algo para poder hacerlo. Es necesario que se den unas condiciones objetivas, y aún subjetivas, que posibiliten que eso que queremos hacer se pueda hacer. Esto es, no todos los deseos que tenemos se pueden volver una realidad objetiva. Muchas veces aquello que queremos no lo podemos hacer porque no sabemos cómo o, simplemente, porque las condiciones que tenemos no nos lo permiten.
Es necesario conocer los límites de la voluntad. Nosotros vivimos en una sociedad que ha hiper-valorizado la voluntad, nos a hecho creer que basta con ella para transformar la vida y eso no es cierto. La libertad, que es la que nos posibilita pensar en la voluntad, no es absoluta; sino relativa y está condicionada por muchas cosas. Por ejemplo, si tengo ganas de irme ya a París pero no tengo el dinero. Mi libertad está condicionada por el dinero, de alguna manera. Este ejemplo sencillo nos pone frente a una de las realidades que el hombre de hoy muchas veces quiere soslayar y lo hacen ilusionarse con lo que no puede realizar.
Hay que tener claro qué condiciones se necesitan para que pueda realizarse lo que deseo o estoy prometiendo. Este punto es fundamental. Muchos de nuestros comportamientos son ocasionados por nuestras taras mentales, por nuestras adicciones, por nuestras debilidades, por nuestras experiencias traumáticas del ayer, por nuestros aprendizajes, etc. Lo cual significa que, para podernos comprometer a hacer algo, tenemos que saber exactamente que es lo qué nos ha estado influyendo y cómo lo podemos transformar o usar mejor en nuestra vida diaria.
Estoy pensando, por ejemplo en una persona infiel que promete no volverle a fallar a su pareja. Esta promesa, si no está sostenida por un análisis exhaustivo y concreto de las causas que le han llevado a faltar al compromiso adquirido, sino está respaldada por la terapia o por el proceso de sanación que supone el cambio de lo que ha causado ese comportamiento, no podrá creerse; porque seguro no se podrá cumplir. Sin tomar conciencia de los traumas y de las situaciones que nos están influyendo para ser infieles no vamos a poder ser fieles. Se quedará en un bello discurso y en una muy buena intención (Recordemos, que Voltaire nos decía que de buenas intenciones está empedrado el infierno). Le creo a un infiel que va a dejar de serlo, porque además de su buena intención va a hacer un proceso que ayudará a controlar, manejar, usar, en buen sentido, sus emociones. Mientras tanto es muy difícil de creer.
También pudiéramos citar el ejemplo del drogadicto que jura y jura que no va a volver a consumir. Sin un proceso terapéutico serio que lo re-eduque totalmente será muy difícil que no vuelva a caer. Se necesita de la fuerza de voluntad pero también de los procesos psicológicos que puedan ayudarle a vencer su falta de autoestima, o cualquiera de las causas de su adicción.
Sé que para algunos este tema puede resultar difícil de aceptar, ya que pareciera que al reconocer lo relativo de la libertad estuviéramos mermando la responsabilidad de las personas en sus actos. Pero tengan la seguridad de que no es así, porque cada uno es dueño de sus actos, de tratar de hacer lo mejor; pero a la vez de tratar de encontrar el camino que lo lleve a solucionar los problemas que no lo dejan cumplir su decisión. Esto es, es doblemente responsable no sólo de lo que quiere hacer sino también de generar las condiciones para hacerlo.
@PLinero (Twwitter)
www.yoestoycontigo.com
P. Alberto Linero G. Facebook
No basta con querer hacer algo para poder hacerlo. Es necesario que se den unas condiciones objetivas, y aún subjetivas, que posibiliten que eso que queremos hacer se pueda hacer. Esto es, no todos los deseos que tenemos se pueden volver una realidad objetiva. Muchas veces aquello que queremos no lo podemos hacer porque no sabemos cómo o, simplemente, porque las condiciones que tenemos no nos lo permiten.
Es necesario conocer los límites de la voluntad. Nosotros vivimos en una sociedad que ha hiper-valorizado la voluntad, nos a hecho creer que basta con ella para transformar la vida y eso no es cierto. La libertad, que es la que nos posibilita pensar en la voluntad, no es absoluta; sino relativa y está condicionada por muchas cosas. Por ejemplo, si tengo ganas de irme ya a París pero no tengo el dinero. Mi libertad está condicionada por el dinero, de alguna manera. Este ejemplo sencillo nos pone frente a una de las realidades que el hombre de hoy muchas veces quiere soslayar y lo hacen ilusionarse con lo que no puede realizar.
Hay que tener claro qué condiciones se necesitan para que pueda realizarse lo que deseo o estoy prometiendo. Este punto es fundamental. Muchos de nuestros comportamientos son ocasionados por nuestras taras mentales, por nuestras adicciones, por nuestras debilidades, por nuestras experiencias traumáticas del ayer, por nuestros aprendizajes, etc. Lo cual significa que, para podernos comprometer a hacer algo, tenemos que saber exactamente que es lo qué nos ha estado influyendo y cómo lo podemos transformar o usar mejor en nuestra vida diaria.
Estoy pensando, por ejemplo en una persona infiel que promete no volverle a fallar a su pareja. Esta promesa, si no está sostenida por un análisis exhaustivo y concreto de las causas que le han llevado a faltar al compromiso adquirido, sino está respaldada por la terapia o por el proceso de sanación que supone el cambio de lo que ha causado ese comportamiento, no podrá creerse; porque seguro no se podrá cumplir. Sin tomar conciencia de los traumas y de las situaciones que nos están influyendo para ser infieles no vamos a poder ser fieles. Se quedará en un bello discurso y en una muy buena intención (Recordemos, que Voltaire nos decía que de buenas intenciones está empedrado el infierno). Le creo a un infiel que va a dejar de serlo, porque además de su buena intención va a hacer un proceso que ayudará a controlar, manejar, usar, en buen sentido, sus emociones. Mientras tanto es muy difícil de creer.
También pudiéramos citar el ejemplo del drogadicto que jura y jura que no va a volver a consumir. Sin un proceso terapéutico serio que lo re-eduque totalmente será muy difícil que no vuelva a caer. Se necesita de la fuerza de voluntad pero también de los procesos psicológicos que puedan ayudarle a vencer su falta de autoestima, o cualquiera de las causas de su adicción.
Sé que para algunos este tema puede resultar difícil de aceptar, ya que pareciera que al reconocer lo relativo de la libertad estuviéramos mermando la responsabilidad de las personas en sus actos. Pero tengan la seguridad de que no es así, porque cada uno es dueño de sus actos, de tratar de hacer lo mejor; pero a la vez de tratar de encontrar el camino que lo lleve a solucionar los problemas que no lo dejan cumplir su decisión. Esto es, es doblemente responsable no sólo de lo que quiere hacer sino también de generar las condiciones para hacerlo.
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martes, 8 de febrero de 2011
¡Hay que crecer, aunque duela!
Los seres humanos nos movemos en medio de una tensión permanente entre el desarrollo y la decadencia, entre ir hacia delante y retroceder, hay días en que amanecemos llenos de optimismo y nuestro corazón se alegra porque nos descubrimos caminando con paso firme hacia el desarrollo, días en los que nos sentimos y nos descubrimos efectuando acciones de verdadera autenticidad, actos de verdadera libertad y responsabilidad; y entonces nos descubrimos con un corazón cargado de amor y dispuesto a desbordarse en servicio a los demás.
Del mismo, humanos como somos, tenemos otros días en los que el rostro de la decadencia se nos pone en la frente y un mundo de sombras empieza a encadenar nuestros pies, jornadas en las que nos cuesta levantarnos, nos es imposible tener un acto de amor, menos uno de servicio; días en los que no fluye la alegría, en los que sentimos gris la existencia y la sonrisa no es lo que queremos expresar sino que se parece más a una mueca desagradable… en fin, días que como dice sutilmente el poeta Porfirio Barba Jacob en su Canción de la vida profunda:
“Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar… Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal”.
Y yo quisiera asegurarte que estás en uno de esos días, de los tristes o de los alegres, de los dolorosos o de los alegres; pero también que pasará. No será eterno, no durará por siempre, como todo día, tendrá un final. Y esto lo digo para que pienses en que nada puede ser perfecto, ni en la alegría, ni en la tristeza; que tanto unas como otras no llenan la vida absolutamente, porque siempre habrá un resquicio por donde salen y entran dinámicamente las dos. Los días son temporales, no eternos; entonces tu situación también lo es, no estarás eternamente contento, ni por siempre estarás desconsolado. No hagas depender toda tu existencia de la situación actual; porque seguramente cambiará en cualquier instante. Mejor aprende a vivir, a disfrutar tu existencia con lo bueno y lo malo, con alegrías y tristezas, con triunfos y fracasos.
Afortunadamente los que creemos que somos obra de Dios y que fuimos creados a su imagen y semejanza; vemos perfectamente en el en Jesús, que es posible caminar con paso firme por la vida, rumbo a la eternidad, a pesar de la adversidad, a pesar de los días decadentes; él nos muestra que con la fuerza que viene de lo Alto que podemos vencer los miedos que nacen en nuestro corazón.
Crezcamos y asumamos nuestra existencia, con sus pros y sus contras. No le pidamos a Dios que nos quite los problemas, pidámosle que mejor que nos de la fuerza para vencerlos. No deseemos vivir en un paraíso sin sombras, como dice el filósofo Estanislao Zuleta; sino que nos enseñe a ser fieles a nuestra vocación de felicidad a la que fuimos llamados cuando nos creó como sus hijos. Desde Dios podemos vencer esa tensión en la que nuestra condición humana nos exige vivir. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu y cerrarnos a la fuerza del mal que nos empequeñece y nos roba la fuerza con la que estamos hechos para vivir.
Apropiémonos de la existencia que tenemos con valor. Y dejemos de echarle la culpa a todo y a todos. Ya no más excusas, ya no más justificaciones. Dejemos de decir: “Se rompió el vaso”, en lugar de decir: “lo rompí sin querer”; o: “se perdió la plata”, en lugar de “no invertí o no use bien el dinero”. La conclusión de todo esto es simple: buena parte de nuestros problemas se generan en comportamientos infantiles, por tanto ¡Hay que crecer, aunque duela!
www.elmanestavivo.com
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Del mismo, humanos como somos, tenemos otros días en los que el rostro de la decadencia se nos pone en la frente y un mundo de sombras empieza a encadenar nuestros pies, jornadas en las que nos cuesta levantarnos, nos es imposible tener un acto de amor, menos uno de servicio; días en los que no fluye la alegría, en los que sentimos gris la existencia y la sonrisa no es lo que queremos expresar sino que se parece más a una mueca desagradable… en fin, días que como dice sutilmente el poeta Porfirio Barba Jacob en su Canción de la vida profunda:
“Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar… Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal”.
Y yo quisiera asegurarte que estás en uno de esos días, de los tristes o de los alegres, de los dolorosos o de los alegres; pero también que pasará. No será eterno, no durará por siempre, como todo día, tendrá un final. Y esto lo digo para que pienses en que nada puede ser perfecto, ni en la alegría, ni en la tristeza; que tanto unas como otras no llenan la vida absolutamente, porque siempre habrá un resquicio por donde salen y entran dinámicamente las dos. Los días son temporales, no eternos; entonces tu situación también lo es, no estarás eternamente contento, ni por siempre estarás desconsolado. No hagas depender toda tu existencia de la situación actual; porque seguramente cambiará en cualquier instante. Mejor aprende a vivir, a disfrutar tu existencia con lo bueno y lo malo, con alegrías y tristezas, con triunfos y fracasos.
Afortunadamente los que creemos que somos obra de Dios y que fuimos creados a su imagen y semejanza; vemos perfectamente en el en Jesús, que es posible caminar con paso firme por la vida, rumbo a la eternidad, a pesar de la adversidad, a pesar de los días decadentes; él nos muestra que con la fuerza que viene de lo Alto que podemos vencer los miedos que nacen en nuestro corazón.
Crezcamos y asumamos nuestra existencia, con sus pros y sus contras. No le pidamos a Dios que nos quite los problemas, pidámosle que mejor que nos de la fuerza para vencerlos. No deseemos vivir en un paraíso sin sombras, como dice el filósofo Estanislao Zuleta; sino que nos enseñe a ser fieles a nuestra vocación de felicidad a la que fuimos llamados cuando nos creó como sus hijos. Desde Dios podemos vencer esa tensión en la que nuestra condición humana nos exige vivir. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu y cerrarnos a la fuerza del mal que nos empequeñece y nos roba la fuerza con la que estamos hechos para vivir.
Apropiémonos de la existencia que tenemos con valor. Y dejemos de echarle la culpa a todo y a todos. Ya no más excusas, ya no más justificaciones. Dejemos de decir: “Se rompió el vaso”, en lugar de decir: “lo rompí sin querer”; o: “se perdió la plata”, en lugar de “no invertí o no use bien el dinero”. La conclusión de todo esto es simple: buena parte de nuestros problemas se generan en comportamientos infantiles, por tanto ¡Hay que crecer, aunque duela!
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jueves, 30 de diciembre de 2010
“ABIERTOS AL AMOR…”
“Jesús volvió a Galilea lleno del poder del Espíritu Santo, y se habla de él por toda la tierra de alrededor. Enseñaba en la sinagoga de cada lugar, y todos lo alababan” (Lucas 4,14). Me encanta el evangelio de Lucas. Me encanta el Jesús que se nos comparte en esas páginas del evangelio: un hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo y vive abierto a su acción. Todo lo hace en el Espíritu. Es el Amor perfecto el que lo impulsa a vivir y a hacer presente al Padre en la vida de todos los hombres.
Me emociona pensar en un Jesús que tiene poder. No en un poder parecido al de Superman o de alguno de los héroes de las tiras cómicas, sino el poder del amor que transforma, sana, libera, perdona y renueva. Ese es el poder de Jesús, el hombre del Espíritu. Y es ese poder al que nosotros debemos dejar entrar en nuestra vida.
Hoy quiero pedirte a ti que lees esta columna semanal que te dispongas a ese amor y que le pidas que renueve todo tu ser, que renueve tu mente para que ya no haya pensamientos negativos que destruyen y te incapacitan para crecer en el amor y tener esperanza; que renueve tus palabras para que ellas tengan la capacidad de tender puentes, de expresar sentimientos de unidad y no sean nunca “golpes” que destruyen a aquel que está con nosotros; que renueve tu corazón para que se vayan el odio, el resentimiento, la envidia y todos aquellos sentimientos que nos hacen enemigos de nuestros propios hermanos.
Ábrete a ese Amor poderoso y dile que así como condujo a Jesús por las calles de Palestina lo haga hoy contigo. Te aseguro que con la fuerza del Espíritu en tu ser todo será más fácil, porque no te volverás a sentir sólo ni abandonado sino que sabrás que Dios está contigo bendiciéndote y dándote lo mejor. Es el momento para cerrar los ojos y hablar con el Padre y pedirle que te envíe el Espíritu defensor, nuestro abogado. No tendrás que andar suplicándole a otro que te valore, que te ame, que te quiera, sino que sabrás que eres valioso y podrás seguir adelante.
En una sociedad tan “inhumana” como la nuestra, -y digo esto porque no merecen otras palabras todas las locuras contra el ser humano que nosotros nos inventamos bajo cualquier excusa. Me duelen las violaciones de menores, las muertes de inocentes, la corrupción que hace que las inundaciones cada año por este tiempo sean la gran noticia, los desplazados, las madres llorando a sus hijos muertos, los “falsos positivos”, los huérfanos llorando a sus padres idos. Eso me duele. Y sé que eso no cambia si tú y yo no nos abrimos al amor de Dios. Es decir, la única posibilidad de que esto cambie es que a nosotros, como a Jesús, nos guíe y nos lleve el Espíritu Santo, el amor perfecto de Dios.
Por eso hoy otra vez te invito a abrir el corazón. No me canso de gritarlo y de predicarlo: Sólo el Amor de Dios puede ayudarnos a ser cada vez mejores seres humanos. Si seguimos viviendo tras del poder y haciendo de la envidia y del egoísmo los valores más importantes les aseguro que no tenemos futuro. Te invito a aceptar a Jesús en tu corazón como el Señor de tu vida y a abrir el corazón para que tu vida sea nueva.
Dile en este momento a Dios: “Señor lléname de tu Santo Espíritu, permíteme tomar conciencia de su presencia en mi vida y dejar que el me conduzca y me lleve hacia Ti. Si, Señor, quiero hoy poder experimentar la paz y la fuerza, el coraje y la ternura, la tenacidad y la prontitud, que tu Espíritu le da a todos aquellos que se dejan llenar por él”. ¡Animo! Hoy es tu día para ser feliz.
Me emociona pensar en un Jesús que tiene poder. No en un poder parecido al de Superman o de alguno de los héroes de las tiras cómicas, sino el poder del amor que transforma, sana, libera, perdona y renueva. Ese es el poder de Jesús, el hombre del Espíritu. Y es ese poder al que nosotros debemos dejar entrar en nuestra vida.
Hoy quiero pedirte a ti que lees esta columna semanal que te dispongas a ese amor y que le pidas que renueve todo tu ser, que renueve tu mente para que ya no haya pensamientos negativos que destruyen y te incapacitan para crecer en el amor y tener esperanza; que renueve tus palabras para que ellas tengan la capacidad de tender puentes, de expresar sentimientos de unidad y no sean nunca “golpes” que destruyen a aquel que está con nosotros; que renueve tu corazón para que se vayan el odio, el resentimiento, la envidia y todos aquellos sentimientos que nos hacen enemigos de nuestros propios hermanos.
Ábrete a ese Amor poderoso y dile que así como condujo a Jesús por las calles de Palestina lo haga hoy contigo. Te aseguro que con la fuerza del Espíritu en tu ser todo será más fácil, porque no te volverás a sentir sólo ni abandonado sino que sabrás que Dios está contigo bendiciéndote y dándote lo mejor. Es el momento para cerrar los ojos y hablar con el Padre y pedirle que te envíe el Espíritu defensor, nuestro abogado. No tendrás que andar suplicándole a otro que te valore, que te ame, que te quiera, sino que sabrás que eres valioso y podrás seguir adelante.
En una sociedad tan “inhumana” como la nuestra, -y digo esto porque no merecen otras palabras todas las locuras contra el ser humano que nosotros nos inventamos bajo cualquier excusa. Me duelen las violaciones de menores, las muertes de inocentes, la corrupción que hace que las inundaciones cada año por este tiempo sean la gran noticia, los desplazados, las madres llorando a sus hijos muertos, los “falsos positivos”, los huérfanos llorando a sus padres idos. Eso me duele. Y sé que eso no cambia si tú y yo no nos abrimos al amor de Dios. Es decir, la única posibilidad de que esto cambie es que a nosotros, como a Jesús, nos guíe y nos lleve el Espíritu Santo, el amor perfecto de Dios.
Por eso hoy otra vez te invito a abrir el corazón. No me canso de gritarlo y de predicarlo: Sólo el Amor de Dios puede ayudarnos a ser cada vez mejores seres humanos. Si seguimos viviendo tras del poder y haciendo de la envidia y del egoísmo los valores más importantes les aseguro que no tenemos futuro. Te invito a aceptar a Jesús en tu corazón como el Señor de tu vida y a abrir el corazón para que tu vida sea nueva.
Dile en este momento a Dios: “Señor lléname de tu Santo Espíritu, permíteme tomar conciencia de su presencia en mi vida y dejar que el me conduzca y me lleve hacia Ti. Si, Señor, quiero hoy poder experimentar la paz y la fuerza, el coraje y la ternura, la tenacidad y la prontitud, que tu Espíritu le da a todos aquellos que se dejan llenar por él”. ¡Animo! Hoy es tu día para ser feliz.
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viernes, 26 de noviembre de 2010
Lo importante es Amarlo
Me preocupa cuando algunos le hacen creer a las personas que si no son sanadas es porque no tienen fe o cuando otros siguen haciendo enfásis en la relación pecado enfermedad, esto es, si estás enfermo es porque tienes un pecado. Ambas posiciones no se comparecen del Dios que nos ha revelado Jesus en el Nuevo Testamento.
Tenemos que tener claro que los milagros son signos de la presencia del Reino. No son necesariamente demostraciones de fe ni garantizadores de una buena relación con Dios. Es más tengo que decir que los milagros no siempre producen fe. Si fuera así, todos se hubiera convertidos con la predicación y los milagros de Jesús. Mucha gente va a las "sesiones de milagros" a ver un espectáculo y vuelve igual a su casa. Eso si con su curiosidad satisfecha. La espiritualidad fundada en los milagros garantiza que mucha gente va a ir a ver y a estar pero no garantiza que sean muchos los corazones que se abra para iniciar un proceso de vida comprometido con el Señor.
También hay que decir que la no aparición de milagros no garantiza fe. Esto es, creo que las dificultades, los problemas, las enfermedades tienen su sentido en nuestra existencia y no siempre la acción de Dios tiene que ser quitarlas. Jesús le pide en Gatsemaní una acción poderosa a su Padre que quite el Caliz que ha de tomar, pero no oliga a su Padre a que lo haga, le dice que se Haga tu Voluntad. Igual tenemos que hacer nosotros orar por sanación pero sabiendo siempre que se hace la Voluntad de Dios y no la nuestra. Dios no está obligado a hacer lo que a nosotros se nos ocurra, que tal Dios prisionero de nuestros caprichos.
Lo importante no es si hay o no hay milagros en nuestra vida. Lo importante es que Jesús esté en nuestro corazón, que El sea el Dueño de nuestra vida y que sea el rey de nuestra existencia. Lo importante es entender es que el es el Cordero degollado puesto de pie que puede abrir el libro sellado (Apocalipsis 5,1-10) esto es, que sabiendo que El es el que da sentido a la vida, que El es la fuente de la felicidad y es el Señor nuestro.
Te invito a buscarlo a El no a los milagros. Te invito a amarlo con todas tus fuerzas y todo tu corazón para que El sea quien gobierne toda tu existencia. No dejes que la espiritualidad de Hollywood se aparque en tu corazón. Tú tienes que amarlo y vivir para El.
Te bendigo y te deseo lo mejor. Son muy importantes sus comentarios porque podemos interactuar. Animo.
Tenemos que tener claro que los milagros son signos de la presencia del Reino. No son necesariamente demostraciones de fe ni garantizadores de una buena relación con Dios. Es más tengo que decir que los milagros no siempre producen fe. Si fuera así, todos se hubiera convertidos con la predicación y los milagros de Jesús. Mucha gente va a las "sesiones de milagros" a ver un espectáculo y vuelve igual a su casa. Eso si con su curiosidad satisfecha. La espiritualidad fundada en los milagros garantiza que mucha gente va a ir a ver y a estar pero no garantiza que sean muchos los corazones que se abra para iniciar un proceso de vida comprometido con el Señor.
También hay que decir que la no aparición de milagros no garantiza fe. Esto es, creo que las dificultades, los problemas, las enfermedades tienen su sentido en nuestra existencia y no siempre la acción de Dios tiene que ser quitarlas. Jesús le pide en Gatsemaní una acción poderosa a su Padre que quite el Caliz que ha de tomar, pero no oliga a su Padre a que lo haga, le dice que se Haga tu Voluntad. Igual tenemos que hacer nosotros orar por sanación pero sabiendo siempre que se hace la Voluntad de Dios y no la nuestra. Dios no está obligado a hacer lo que a nosotros se nos ocurra, que tal Dios prisionero de nuestros caprichos.
Lo importante no es si hay o no hay milagros en nuestra vida. Lo importante es que Jesús esté en nuestro corazón, que El sea el Dueño de nuestra vida y que sea el rey de nuestra existencia. Lo importante es entender es que el es el Cordero degollado puesto de pie que puede abrir el libro sellado (Apocalipsis 5,1-10) esto es, que sabiendo que El es el que da sentido a la vida, que El es la fuente de la felicidad y es el Señor nuestro.
Te invito a buscarlo a El no a los milagros. Te invito a amarlo con todas tus fuerzas y todo tu corazón para que El sea quien gobierne toda tu existencia. No dejes que la espiritualidad de Hollywood se aparque en tu corazón. Tú tienes que amarlo y vivir para El.
Te bendigo y te deseo lo mejor. Son muy importantes sus comentarios porque podemos interactuar. Animo.
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Albert Linero,
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jueves, 11 de noviembre de 2010
Limitados pero no incapacitados
Me encanta “Bartimeo” y el proceso de sanación que se da en su vida, a partir del encuentro con Jesús de Nazareth (Marcos 10,46-52). Él un ciego, mendigo y achantado a la orilla del camino, escucha que viene Jesús y solicita misericordia. La obtiene por la constante disposición de Jesús de ayudar al necesitado. Muchas veces he comentado este relato con ustedes; pero hoy quiero centrarme en algo que me parece fundamental, tanto para la comprensión del relato, como para nuestra propia vida:
Bartimeo es ciego; pero su ceguera no le impide saber que Jesús está pasando por su vida. El tener una “incapacidad” no le incapacita para encontrarse con el Señor y dejar que lo sane. Es ciego pero no sordo. Tiene una limitación, pero también otras virtudes y posibilidades que son los propulsores de su proyecto de vida. Es alguien capaz de superar su limitación. No se queda en ella, sino que busca superarla. Sabe que esa es una buena oportunidad para “realizarse” y no va a dejarla escapar, está decidido y seguro de que nada se lo impedirá, ni sus propias deficiencias. Estoy pensando en aquellas personas que tienen una limitación y han dejado de luchar, de tratar de realizar sus sueños convirtiéndose en auténticas “víctimas” de su propia decisión. Pienso en aquellos que todavía viven atados a experiencias del ayer que los dañaron pero que ya no están y deben ser superadas; o en aquellos que se han dejado enfermar tanto que están convencidos de que no pueden salir adelante y han de resignarse a estar así.
No podemos volver el mendigar la manera de vivir. No hemos nacidos para ser esclavos, ni para estar tirados en el piso mendigando. Somos seres creados para vivir a Imagen y Semejanza de Dios. Creados para ser libres y dueños de nuestro destino. Creados para no dejarnos amilanar por las dificultades que se encuentran. No por ciego hay que ser mendigo. La misericordia que encuentra Bartimeo en Jesús es la de volverlo consciente de que puede hacer camino, que se debe levantar y salir a luchar, que no hay que resignarse a pedir limosna a la vera del camino sino que puede abrir su corazón, recibir el amor de Dios y ser sano mientras hace camino tras del Maestro.
Qué tristeza cuando me encuentro con hermanos que han vuelto su “incapacidad” la mejor de las excusas para no luchar más y hacerse auténticos parásitos de la vida. A veces la religión ayuda a que muchos se escondan tras de sus límites para no superarse; no faltan los predicadores que vuelven dependientes a sus “ovejas” –palabra que no me gusta porque tiene un sentido muy pasivo para el mundo de hoy- y no les invitan a ir más allá de sus límites para encontrarle sentido a sus vidas.
Sin duda éste ir más allá, es ir donde Jesús, que desde siempre, con su amor, nos está retando a dar lo mejor de nosotros. Su misericordia se expresa en un impulso para conquistar lo que deseamos. Sé que para muchos lo mejor es tener un ídolo en torno al cual arrodillarse o al que entregarle todo lo que se gana, esperando que él resuelva todo; pero esa no es la experiencia de Dios que Jesús nos ha revelado, la que nos invita a valernos por nosotros mismos, a preguntarnos, a buscar respuestas y, sobre todo, a no dejar que los límites de nuestra condición nos cercenen oportunidades.
Estoy seguro de que el primer paso es reconocer que se tiene una limitación; pero, al mismo tiempo, poder captar que esa limitación no tiene por qué quitarnos el sentido de la vida y obligarnos a ser “seres de segunda” que nada pueden hacer. Todos tenemos que trascender los límites de nuestras propias incapacidades y abrirnos a la oportunidad que nos da la vida. Es fácil creerse derrotado y recoger las banderas porque todo está perdido. Pero eso no es lo que quiere Dios de nosotros, ni lo que nos conviene hacer. Nosotros estamos invitados a ser luchadores, guerreros, que no se dejan amilanar por sus propias incapacidades.
Estoy seguro de que la sanación de Bartimeo arranca en el mismo instante que es capaz de percibir que Jesús va pasando cerca. En el momento en el que decide pedir ayuda, no quedarse para siempre mendigando. Entonces comienza su proceso de sanación. El hombre se sana cuando decide hacerlo, cuando todas sus fuerzas están en función de ese objetivo. No es una cuestión mágica sino una experiencia existencial de toma de conciencia de quién se es y de todo lo que se puede hacer.
P. Alberto Linero Gómez, Eudista
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Bartimeo es ciego; pero su ceguera no le impide saber que Jesús está pasando por su vida. El tener una “incapacidad” no le incapacita para encontrarse con el Señor y dejar que lo sane. Es ciego pero no sordo. Tiene una limitación, pero también otras virtudes y posibilidades que son los propulsores de su proyecto de vida. Es alguien capaz de superar su limitación. No se queda en ella, sino que busca superarla. Sabe que esa es una buena oportunidad para “realizarse” y no va a dejarla escapar, está decidido y seguro de que nada se lo impedirá, ni sus propias deficiencias. Estoy pensando en aquellas personas que tienen una limitación y han dejado de luchar, de tratar de realizar sus sueños convirtiéndose en auténticas “víctimas” de su propia decisión. Pienso en aquellos que todavía viven atados a experiencias del ayer que los dañaron pero que ya no están y deben ser superadas; o en aquellos que se han dejado enfermar tanto que están convencidos de que no pueden salir adelante y han de resignarse a estar así.
No podemos volver el mendigar la manera de vivir. No hemos nacidos para ser esclavos, ni para estar tirados en el piso mendigando. Somos seres creados para vivir a Imagen y Semejanza de Dios. Creados para ser libres y dueños de nuestro destino. Creados para no dejarnos amilanar por las dificultades que se encuentran. No por ciego hay que ser mendigo. La misericordia que encuentra Bartimeo en Jesús es la de volverlo consciente de que puede hacer camino, que se debe levantar y salir a luchar, que no hay que resignarse a pedir limosna a la vera del camino sino que puede abrir su corazón, recibir el amor de Dios y ser sano mientras hace camino tras del Maestro.
Qué tristeza cuando me encuentro con hermanos que han vuelto su “incapacidad” la mejor de las excusas para no luchar más y hacerse auténticos parásitos de la vida. A veces la religión ayuda a que muchos se escondan tras de sus límites para no superarse; no faltan los predicadores que vuelven dependientes a sus “ovejas” –palabra que no me gusta porque tiene un sentido muy pasivo para el mundo de hoy- y no les invitan a ir más allá de sus límites para encontrarle sentido a sus vidas.
Sin duda éste ir más allá, es ir donde Jesús, que desde siempre, con su amor, nos está retando a dar lo mejor de nosotros. Su misericordia se expresa en un impulso para conquistar lo que deseamos. Sé que para muchos lo mejor es tener un ídolo en torno al cual arrodillarse o al que entregarle todo lo que se gana, esperando que él resuelva todo; pero esa no es la experiencia de Dios que Jesús nos ha revelado, la que nos invita a valernos por nosotros mismos, a preguntarnos, a buscar respuestas y, sobre todo, a no dejar que los límites de nuestra condición nos cercenen oportunidades.
Estoy seguro de que el primer paso es reconocer que se tiene una limitación; pero, al mismo tiempo, poder captar que esa limitación no tiene por qué quitarnos el sentido de la vida y obligarnos a ser “seres de segunda” que nada pueden hacer. Todos tenemos que trascender los límites de nuestras propias incapacidades y abrirnos a la oportunidad que nos da la vida. Es fácil creerse derrotado y recoger las banderas porque todo está perdido. Pero eso no es lo que quiere Dios de nosotros, ni lo que nos conviene hacer. Nosotros estamos invitados a ser luchadores, guerreros, que no se dejan amilanar por sus propias incapacidades.
Estoy seguro de que la sanación de Bartimeo arranca en el mismo instante que es capaz de percibir que Jesús va pasando cerca. En el momento en el que decide pedir ayuda, no quedarse para siempre mendigando. Entonces comienza su proceso de sanación. El hombre se sana cuando decide hacerlo, cuando todas sus fuerzas están en función de ese objetivo. No es una cuestión mágica sino una experiencia existencial de toma de conciencia de quién se es y de todo lo que se puede hacer.
P. Alberto Linero Gómez, Eudista
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Minuto de Dios
martes, 2 de noviembre de 2010
Fortaleza de tu corazón
No sé si han tenido la sensación, que he sentido frente algunos problemas, de que definitivamente mis fuerzas y capacidades son muy pequeñas para el volumen de dificultades que contiene esa situación. Son los momentos en los que nos decimos: “no voy a poder resolverlo, es demasiado fuerte y grande para mí”. Pablo de Tarso era consciente de esta sensación que experimentamos los seres humanos en situaciones límites y por eso cuando le escribe a la Comunidad de Corinto les dice: “Ustedes no han pasado por ninguna prueba que no sea humanamente soportable. Y pueden confiar en Dios que no los dejará sufrir pruebas más duras de lo que pueden soportar. Por el contrario cuando llegue la prueba, Dios les dará también la manera de salir de ella, para que puedan soportarla” (1Corintios 10,13). Estoy convencido de esta Palabra. Lo he experimentado en mi vida. Por muy duro que sea el problema siempre se sale adelante, vencedor. Quiero que nos detengamos en tres énfasis:
1. Entiendo la “prueba” como la dificultad que pone en jaque nuestra fe, el sentido de nuestra vida y aún nuestras capacidades. No se trata de pruebas puestas por Dios para saber si le amamos o no, eso es propio de seres inseguros que no confían en la declaración del otro. ¿Acaso Dios no conoce el corazón humano? Entonces no tiene que probarnos, pues sabe quiénes somos y qué pensamos de Él. Por eso el sentido más bien es de tentación. Hay problemas que nos tientan porque nos hacen creer que somos incapaces y pensar en que es mejor no vivir.
2. Las “pruebas son soportables. Es una declaración que si entendemos nos puede generar mucha paz. Ninguno de nuestros problemas es más grande que la fuerza y la capacidad que Dios nos ha dado. Por muy duro, difícil, complicado, que parezca la situación, podemos soportarla y vencerla. Eso es tener fe. Estar seguro que si Dios nos ama, no va a permitir que seamos tentados más allá de nuestra fuerza. ¿Entonces por qué caemos o por qué somos derrotados? La respuesta es: porque no creemos, ni en nuestras fuerzas, ni en el amor de Dios. Cuando dejas que la situación te desespere tanto hasta perder el control, es porque no confías en que estás capacitado para manejarla; pero aún peor, es porque se te ha olvidado que Dios te ama y no va a permitir que seas derrotado por una situación. Dios es fiel. Eso no podemos olvidarlo.
3. El verbo soportar, aguantar, que se usa en el lenguaje de la Biblia (La palabra griega hypomeno: de meno= permanecer en un lugar; aguantar, permanecer firme ante la oposición; perseverar, durar) nos indica mantenernos firmes frente a la oposición que se nos está haciendo. Se trata de perseverar. La hypomeno es una perseverancia cargada de coraje. A diferencia de la paciencia, tiene el significado activo de una resistencia enérgica, aunque no necesariamente exitosa, por ejemplo, al soportar los heridos el dolor, al aceptar con serenidad los golpes del destino, el heroísmo de cara al castigo corporal, o el firme rechazo del soborno. La verdadera hypomeno no es motivada desde el exterior, ya sea por la opinión pública o por la recompensa, sino desde el interior, por el amor a Jesucristo el Señor. En el Nuevo Testamento se presenta como un “don” del Espíritu Santo (Gálatas 5,23). Por eso debemos hacer cada vez más íntima e intensa la relación con Jesús, El Señor. En la medida que lo amas y te compenetras más con Él tendrás más capacidad de aguante y resistencia.
Estos tres énfasis deben ayudarnos a estar serenos frente a cada una de las dificultades y problemas que tenemos. Es allí donde la fe se tiene que notar. Es en esos momentos tienes que mostrar que eres uno de los que cree en la Resurrección del Señor, y que sabe que las promesas de Dios se cumplirán. No te puedes angustiar hasta el extremo de enfermarte o perder el control de todo. Muéstrate como alguien que sabe que saldrá adelante de todas las dificultades y tendrás la perseverancia suficiente para no caer.
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1. Entiendo la “prueba” como la dificultad que pone en jaque nuestra fe, el sentido de nuestra vida y aún nuestras capacidades. No se trata de pruebas puestas por Dios para saber si le amamos o no, eso es propio de seres inseguros que no confían en la declaración del otro. ¿Acaso Dios no conoce el corazón humano? Entonces no tiene que probarnos, pues sabe quiénes somos y qué pensamos de Él. Por eso el sentido más bien es de tentación. Hay problemas que nos tientan porque nos hacen creer que somos incapaces y pensar en que es mejor no vivir.
2. Las “pruebas son soportables. Es una declaración que si entendemos nos puede generar mucha paz. Ninguno de nuestros problemas es más grande que la fuerza y la capacidad que Dios nos ha dado. Por muy duro, difícil, complicado, que parezca la situación, podemos soportarla y vencerla. Eso es tener fe. Estar seguro que si Dios nos ama, no va a permitir que seamos tentados más allá de nuestra fuerza. ¿Entonces por qué caemos o por qué somos derrotados? La respuesta es: porque no creemos, ni en nuestras fuerzas, ni en el amor de Dios. Cuando dejas que la situación te desespere tanto hasta perder el control, es porque no confías en que estás capacitado para manejarla; pero aún peor, es porque se te ha olvidado que Dios te ama y no va a permitir que seas derrotado por una situación. Dios es fiel. Eso no podemos olvidarlo.
3. El verbo soportar, aguantar, que se usa en el lenguaje de la Biblia (La palabra griega hypomeno: de meno= permanecer en un lugar; aguantar, permanecer firme ante la oposición; perseverar, durar) nos indica mantenernos firmes frente a la oposición que se nos está haciendo. Se trata de perseverar. La hypomeno es una perseverancia cargada de coraje. A diferencia de la paciencia, tiene el significado activo de una resistencia enérgica, aunque no necesariamente exitosa, por ejemplo, al soportar los heridos el dolor, al aceptar con serenidad los golpes del destino, el heroísmo de cara al castigo corporal, o el firme rechazo del soborno. La verdadera hypomeno no es motivada desde el exterior, ya sea por la opinión pública o por la recompensa, sino desde el interior, por el amor a Jesucristo el Señor. En el Nuevo Testamento se presenta como un “don” del Espíritu Santo (Gálatas 5,23). Por eso debemos hacer cada vez más íntima e intensa la relación con Jesús, El Señor. En la medida que lo amas y te compenetras más con Él tendrás más capacidad de aguante y resistencia.
Estos tres énfasis deben ayudarnos a estar serenos frente a cada una de las dificultades y problemas que tenemos. Es allí donde la fe se tiene que notar. Es en esos momentos tienes que mostrar que eres uno de los que cree en la Resurrección del Señor, y que sabe que las promesas de Dios se cumplirán. No te puedes angustiar hasta el extremo de enfermarte o perder el control de todo. Muéstrate como alguien que sabe que saldrá adelante de todas las dificultades y tendrás la perseverancia suficiente para no caer.
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